No quiero que me fuercen a escuchar cierto tipo de música cuando mi ánimo rema hacia el otro lado.
Simplemente no puedo. No hay sintonía.
Un poco de caldo de cabeza sobre las localidades, pensamientos y viajes por las localidades del Mapocho: Santiago, Peñaflor, Talagante y El Monte.
lunes, 14 de noviembre de 2016
sábado, 8 de octubre de 2016
Aceptación
Llevo mucho tiempo diciéndole a un gran amigo que debe aceptarse tal como es. Que uno no debe disculparse por cómo es, que no es malo ser de cierta forma. Y siempre he creído que tengo razón.
Digo esto para introducir un tema que me hizo reflexionar, gatillado por una situación:
Me dijeron -muy sutilmente-, que la música que yo escucho es demasiado expresiva y en general es triste. Que no estoy alegre, y que pareciera que no tengo esperanza.
Y da la casualidad que también discutimos sobre la percepción de las cosas.
Hmm...
No quiero que esto parezca como un post enojado respecto a algo que podría interpretarse como ataque. Yo diría que más bien fue una situación que generó introspección y simplemente hizo salir una conclusión. Nada más.
Entonces, me di cuenta que sí. Fundamentalmente mi música es depresiva. Aunque haya palpeteos constantes, aunque parezca que más bien es música chill, sigue siendo depresiva, porque no muestra alegría y no muestra esperanza. Por otro lado, con la música clásica es lo mismo, ando buscando cuestiones que expresan tristeza, dolor y sentimientos relacionados. Y no, no creo que sea coincidencia, y tampoco creo que sea inconsciente y aún menos un tema involuntario.
El porqué de esto es un asunto no muy complicado. Nuestra percepción de la vida está condicionada por lo que hemos pasado y lo que hemos vivido. A estas alturas del partido no es secreto que mis últimos años no han sido de lo mejor, y de hecho, para describirlos se me vienen a la cabeza palabras como desesperación, soledad, tristeza, etcétera.
De lo anterior en adelante es directo que esos sentimientos son los que más entiendo. No me va muy bien lo de la alegría y pasarlo bien, porque simplemente no han sido un factor mayor en mi vida. No estoy diciendo que no soy capaz de hacerlo ni que soy un tipo triste. No me malentiendan. Puedo hacerlo como cualquier persona sobre la tierra. Lo que digo es que hay otros asuntos a los que les he dedicado más tiempo en mi vida.
¿Alegría? Bueno, pasada la tormenta, ¿no suena un panorama excelente sentarse en un sillón y tomarse una chela sin preocupaciones? Lo mismo con la esperanza: después de la soledad lo atractivo es la compañía y su trascendencia. No es la alegría tradicional, no es chico trujillo, ni la combo tortuga ni ninguna de esas weás.
Entonces, ¿depresivo? Puede ser, pero primero analicemos por qué escucho esa música y no otra.
Chopin era un tipo extremadamente talentoso. Y no voy a dejar de escuchar sus expresivas canciones porque puede ser que para otros no tengan una pizca de esperanza. Para mí sí lo tienen, porque mi esperanza y mi alegría están distorsionadas respecto del resto.
¿Es eso malo? No creo.
Digo esto para introducir un tema que me hizo reflexionar, gatillado por una situación:
Me dijeron -muy sutilmente-, que la música que yo escucho es demasiado expresiva y en general es triste. Que no estoy alegre, y que pareciera que no tengo esperanza.
Y da la casualidad que también discutimos sobre la percepción de las cosas.
Hmm...
No quiero que esto parezca como un post enojado respecto a algo que podría interpretarse como ataque. Yo diría que más bien fue una situación que generó introspección y simplemente hizo salir una conclusión. Nada más.
Entonces, me di cuenta que sí. Fundamentalmente mi música es depresiva. Aunque haya palpeteos constantes, aunque parezca que más bien es música chill, sigue siendo depresiva, porque no muestra alegría y no muestra esperanza. Por otro lado, con la música clásica es lo mismo, ando buscando cuestiones que expresan tristeza, dolor y sentimientos relacionados. Y no, no creo que sea coincidencia, y tampoco creo que sea inconsciente y aún menos un tema involuntario.
El porqué de esto es un asunto no muy complicado. Nuestra percepción de la vida está condicionada por lo que hemos pasado y lo que hemos vivido. A estas alturas del partido no es secreto que mis últimos años no han sido de lo mejor, y de hecho, para describirlos se me vienen a la cabeza palabras como desesperación, soledad, tristeza, etcétera.
De lo anterior en adelante es directo que esos sentimientos son los que más entiendo. No me va muy bien lo de la alegría y pasarlo bien, porque simplemente no han sido un factor mayor en mi vida. No estoy diciendo que no soy capaz de hacerlo ni que soy un tipo triste. No me malentiendan. Puedo hacerlo como cualquier persona sobre la tierra. Lo que digo es que hay otros asuntos a los que les he dedicado más tiempo en mi vida.
¿Alegría? Bueno, pasada la tormenta, ¿no suena un panorama excelente sentarse en un sillón y tomarse una chela sin preocupaciones? Lo mismo con la esperanza: después de la soledad lo atractivo es la compañía y su trascendencia. No es la alegría tradicional, no es chico trujillo, ni la combo tortuga ni ninguna de esas weás.
Entonces, ¿depresivo? Puede ser, pero primero analicemos por qué escucho esa música y no otra.
Chopin era un tipo extremadamente talentoso. Y no voy a dejar de escuchar sus expresivas canciones porque puede ser que para otros no tengan una pizca de esperanza. Para mí sí lo tienen, porque mi esperanza y mi alegría están distorsionadas respecto del resto.
¿Es eso malo? No creo.
viernes, 23 de septiembre de 2016
Terremoto
Preámbulo: A tí, que existes sin mí.
Oye, conchetumadre:
Primero, esa canallada de carta que leí, no puede haber sido del primer período, porque en ese entonces estabas demasiado deprimida como para tener algo. Además estaba en uno de tus cuadernos de la U.
Está bien, yo lo sabía por dentro, aunque en el momento no me importaba mucho. Hasta me lo contaste, ¿te acuerdas, conchetumadre?
Segundo, estoy hirviendo de rabia en este momento; yo que me desvelaba por tí, que salía de mis putos canones idiotas de niño nerd por tratar de ser dulce para tí, llegué a recibir de lo peor de tu parte. ¿Te acuerdas, mierda, del 2008? ¿Te acuerdas que viniste a verme, y sólo terminamos peleando por un asunto de menor calibre que éste? ¿Te acuerdas, conchetumadre, que me armaste una escena de celos el 2010? ¿Te acuerdas, por la concha facha, pinochetista y mormona de tu madre de todo lo que me hiciste llorar?
Tercero: sin perjuicio de lo anterior. Estoy al tanto de que no soy -ni fui- una blanca paloma. Sé que te hice daño, aunque nunca de manera intencional. Nunca al grado de confundir tu mente. No, no hice nunca nada como esta canallada.
Y si la cuestión tanto era así, ¿para qué conchetumadre me seguías buscando? ¿por qué tuve que ir a buscarte para que la tonterita terminara?
Sábelo: terminé hecho mierda cuando nos separamos. Lloré poco, sí, pero ello no implica ausencia de pena.
Hace algún tiempo también te maldecía. Nosotros, conchetumadre, podríamos haber sido felices si hubieses sido un poquito más estable, pero no. Y me sigo preguntando hasta el día de hoy, ¿por qué te enojabas tanto conmigo?
Tal vez acabo de encontrar la respuesta. Tú estabas buscando alguien con quien generar un lazo virtual. Algo fuera de la realidad, algo que realmente te conectara. Y no, no tuvimos nunca ese lazo, porque yo era -y aún soy- un ser mucho más virtual que tú. No había -y, de nuevo, tampoco hay- posibilidades de que nosotros entablaramos tal lazo.
Y de cierta manera, estoy de acuerdo con tu carta: ambos buscábamos ese lazo fuera de lo real que nos conectara, esa complicidad que hay entre aquellos que son socios. Cosas como engañar a otros, conocer algo muy bien y trabajar como equipo, incluso cosas como robar fueron asuntos que jamás hicimos, y que para ser francos, jamás las ibamos a hacer.
Pero, ¿por qué mierda tanto jugo, entonces? Si tenías una cuestión a espaldas mías, está bien; al menos en el sentido de que lo tenías y lo mantuviste escondido todo el tiempo. ¿No te carcomió la mente haberme arruinado una semana entera por un asunto menos grave? ¿O acosarme incesantemente acerca de mi relación de amistad con una canadiense con la que ni siquiera hablaba tanto?
¿No será, conchetumadre, que el origen de tus celos venía de tu relación a espaldas?
En fin, estaba ordenando y me encontré con esa carta. Al final del día, da lo mismo. Tú tienes tu vida, yo tengo la mía y avanzamos en paralelo cada uno. Espero que hoy seas arquitecto y que ayudes a construir una mejor ciudad. Por mi lado, parece que voy entendiendo algunas cosas.
Oye, conchetumadre:
Primero, esa canallada de carta que leí, no puede haber sido del primer período, porque en ese entonces estabas demasiado deprimida como para tener algo. Además estaba en uno de tus cuadernos de la U.
Está bien, yo lo sabía por dentro, aunque en el momento no me importaba mucho. Hasta me lo contaste, ¿te acuerdas, conchetumadre?
Segundo, estoy hirviendo de rabia en este momento; yo que me desvelaba por tí, que salía de mis putos canones idiotas de niño nerd por tratar de ser dulce para tí, llegué a recibir de lo peor de tu parte. ¿Te acuerdas, mierda, del 2008? ¿Te acuerdas que viniste a verme, y sólo terminamos peleando por un asunto de menor calibre que éste? ¿Te acuerdas, conchetumadre, que me armaste una escena de celos el 2010? ¿Te acuerdas, por la concha facha, pinochetista y mormona de tu madre de todo lo que me hiciste llorar?
Tercero: sin perjuicio de lo anterior. Estoy al tanto de que no soy -ni fui- una blanca paloma. Sé que te hice daño, aunque nunca de manera intencional. Nunca al grado de confundir tu mente. No, no hice nunca nada como esta canallada.
Y si la cuestión tanto era así, ¿para qué conchetumadre me seguías buscando? ¿por qué tuve que ir a buscarte para que la tonterita terminara?
Sábelo: terminé hecho mierda cuando nos separamos. Lloré poco, sí, pero ello no implica ausencia de pena.
Hace algún tiempo también te maldecía. Nosotros, conchetumadre, podríamos haber sido felices si hubieses sido un poquito más estable, pero no. Y me sigo preguntando hasta el día de hoy, ¿por qué te enojabas tanto conmigo?
Tal vez acabo de encontrar la respuesta. Tú estabas buscando alguien con quien generar un lazo virtual. Algo fuera de la realidad, algo que realmente te conectara. Y no, no tuvimos nunca ese lazo, porque yo era -y aún soy- un ser mucho más virtual que tú. No había -y, de nuevo, tampoco hay- posibilidades de que nosotros entablaramos tal lazo.
Y de cierta manera, estoy de acuerdo con tu carta: ambos buscábamos ese lazo fuera de lo real que nos conectara, esa complicidad que hay entre aquellos que son socios. Cosas como engañar a otros, conocer algo muy bien y trabajar como equipo, incluso cosas como robar fueron asuntos que jamás hicimos, y que para ser francos, jamás las ibamos a hacer.
Pero, ¿por qué mierda tanto jugo, entonces? Si tenías una cuestión a espaldas mías, está bien; al menos en el sentido de que lo tenías y lo mantuviste escondido todo el tiempo. ¿No te carcomió la mente haberme arruinado una semana entera por un asunto menos grave? ¿O acosarme incesantemente acerca de mi relación de amistad con una canadiense con la que ni siquiera hablaba tanto?
¿No será, conchetumadre, que el origen de tus celos venía de tu relación a espaldas?
En fin, estaba ordenando y me encontré con esa carta. Al final del día, da lo mismo. Tú tienes tu vida, yo tengo la mía y avanzamos en paralelo cada uno. Espero que hoy seas arquitecto y que ayudes a construir una mejor ciudad. Por mi lado, parece que voy entendiendo algunas cosas.
A tí, que existes sin mí
Deambulando y ordenando mi casa, encontré un texto que vale la pena citar completamente:
Tú eras la razón por la que me conectaba a msn. Con nadie he mantenido conversaciones más largas, chistosas, entretenidas y de tanta compañía. Pero todo era virtual, msn no es nada. Nada para los demás, porque yo echo de menos las tardes y noches hablando como si la vida se fuera a acabar. Después de toda la embarrada que me mandé, no puedo mostrarte esto y por eso te voy a escribir que te quiero mucho aún. Aquí viene lo que no te gustaría leer... lo que te quiero a tí, no cambia lo que siento por mi pololo, a él lo amo.
Te extraño.
jueves, 18 de agosto de 2016
Dudas, contracciones y enredos en tiempos de Olimpiadas
Antes que nada quiero declarar que me considero un eterno alumno.
No hablo, eso sí, de aquello que uno aprehende a través de experiencias. No. No estoy hablando de que me considero un alumno que aprende cosas como "No debo hacerle esto o aquello al prójimo" ni "Debo ser más audaz". Hablo de conocimiento científico: de Ingeniería, de Música, de Filosofía, de Medicina, de Historia, de Lenguajes, hablo de aquello que se aprende en la universidad, de aquello que requiere tiempo y dedicación. No de lo que se puede aprender en una noche tomando chela. Ese tipo de alumno me considero, y perpetuamente.
Llegué a mi casa un poco aburrido y cansado de los ramos sin motivación ni exigencia que curso por estos días y siendo franco, tomé una lista de los personajes tsundere de animé para ver algo nuevo. Sí, lo dije, y qué; veo animé y me gusta ese estereotipo. Demándenme.
Esta serie resultó ser grandiosa: se llama Nodame Cantabile y ví sus cuarentaytantos capítulos en algo así como tres días. A grandes rasgos trata sobre músicos, y se puede ver el pensamiento de los protagonistas en tópicos musicales. Terminé profundamente conmovido y sensibilizado con la música clásica, y este es un tema sobre el que quiero detenerme.
Al igual que muchos, yo también he tenido una progresión en la música que escucho. Partí con música un poco fuerte y poco a poco fui bajando el ritmo y la cantidad de letra, hasta llegar a un punto donde sólo escuché música instrumental, o en su defecto las voces sólo eran meros adornos melódicos. Mi razón era simple: la música y su melodía trataban de transmitir algo. No estaban ahí para ser nada, había un esfuerzo en decidir qué nota y qué instrumento iba en qué lugar. No era cuestión de azar, como se ve en mucha música moderna.
Después de eso escuchando algo de música clásica pensé en lo que podría haber sido yo. Quizás ahora estaría afuera de la U. Trabajando, teniendo otra vida, menos frustrado, quizás viajaría más, quizás estaría un poco más guatón, quizás comería mejor y tendría otro sueño.
Pero las cosas no son así, no quise yo seguir con eso. Y considero que está bien a pesar de todo lo malo que ha implicado.
Y quise (y quiero) tocar piano, al igual que aprendí a cocinar postres, al igual que conocí todo Santiago, al igual que quise retomar la bicicleta. Todos estos (y otras cosas como el animé) me distraen un poco de lo real y en cierto sentido me alejan de la normalidad. Mis temas de conversación son variados, pero al mismo tiempo se alejan del patrón común y me siento un poco solo por eso. Porque de las cosas que aprendo en general poco se puede conversar con el resto, aunque tengo que reconocer que en algunos temas he encontrado gente con la que puedo conversar sobre estos temas.
Qué pasará entonces? Viviré alejado de la realidad siempre tratando de esconder aquello que me gusta? Viviré pensando eternamente que soy un nerd encubierto?
Pienso que de a poco tengo que ir tranquilizándome respecto de estos temas. Todavía queda mucho trecho por delante como para echarse a morir, y las olimpiadas son un claro ejemplo de lo anterior. Qué habría pasado si Usain Bolt hubiera dejado de correr porque nadie quería correr con él? O, a modo general, con cualquier deportista (hoy) de elite que se hubiese rendido a medio camino en su adolescencia? Probablemente todos sabemos la respuesta, y no hay por qué justificar ni argumentar lo anterior.
Por lo pronto, voy a esforzarme para tocar piano y envolverme más de esta música, que en estos días me tiene un poquitín sensible respecto del pasado, pero que me ha servido para botar algunas emociones que tenía guardadas. Enfrentaré mi futuro con gracia y mucho esfuerzo por nunca abandonar aquello que me ha gustado, y asumiré dichos temas con orgullo, porque ello es quien soy yo.
Sí, es cierto, mi vida pudo ser de otro modo. Pero a pesar de todo el período oscuro que viví los últimos años, siento que he crecido mucho como persona. Quiero volver a recorrer el Mapocho y completar mis historias de las aventuras de los cuatro personajes que he dejado de lado por temas personales y en algún momento de tiempo. Quiero retomar la bicicleta y seguir recorriendo, tanto el valle del Mapocho como el valle de la vida.
En inglés diría I wouldn't have it any other way. En Español no sé, pero lo voy a averiguar. Esperen noticias de las historias del Mapocho!
No hablo, eso sí, de aquello que uno aprehende a través de experiencias. No. No estoy hablando de que me considero un alumno que aprende cosas como "No debo hacerle esto o aquello al prójimo" ni "Debo ser más audaz". Hablo de conocimiento científico: de Ingeniería, de Música, de Filosofía, de Medicina, de Historia, de Lenguajes, hablo de aquello que se aprende en la universidad, de aquello que requiere tiempo y dedicación. No de lo que se puede aprender en una noche tomando chela. Ese tipo de alumno me considero, y perpetuamente.
Llegué a mi casa un poco aburrido y cansado de los ramos sin motivación ni exigencia que curso por estos días y siendo franco, tomé una lista de los personajes tsundere de animé para ver algo nuevo. Sí, lo dije, y qué; veo animé y me gusta ese estereotipo. Demándenme.
Esta serie resultó ser grandiosa: se llama Nodame Cantabile y ví sus cuarentaytantos capítulos en algo así como tres días. A grandes rasgos trata sobre músicos, y se puede ver el pensamiento de los protagonistas en tópicos musicales. Terminé profundamente conmovido y sensibilizado con la música clásica, y este es un tema sobre el que quiero detenerme.
Al igual que muchos, yo también he tenido una progresión en la música que escucho. Partí con música un poco fuerte y poco a poco fui bajando el ritmo y la cantidad de letra, hasta llegar a un punto donde sólo escuché música instrumental, o en su defecto las voces sólo eran meros adornos melódicos. Mi razón era simple: la música y su melodía trataban de transmitir algo. No estaban ahí para ser nada, había un esfuerzo en decidir qué nota y qué instrumento iba en qué lugar. No era cuestión de azar, como se ve en mucha música moderna.
Después de eso escuchando algo de música clásica pensé en lo que podría haber sido yo. Quizás ahora estaría afuera de la U. Trabajando, teniendo otra vida, menos frustrado, quizás viajaría más, quizás estaría un poco más guatón, quizás comería mejor y tendría otro sueño.
Pero las cosas no son así, no quise yo seguir con eso. Y considero que está bien a pesar de todo lo malo que ha implicado.
Y quise (y quiero) tocar piano, al igual que aprendí a cocinar postres, al igual que conocí todo Santiago, al igual que quise retomar la bicicleta. Todos estos (y otras cosas como el animé) me distraen un poco de lo real y en cierto sentido me alejan de la normalidad. Mis temas de conversación son variados, pero al mismo tiempo se alejan del patrón común y me siento un poco solo por eso. Porque de las cosas que aprendo en general poco se puede conversar con el resto, aunque tengo que reconocer que en algunos temas he encontrado gente con la que puedo conversar sobre estos temas.
Qué pasará entonces? Viviré alejado de la realidad siempre tratando de esconder aquello que me gusta? Viviré pensando eternamente que soy un nerd encubierto?
Pienso que de a poco tengo que ir tranquilizándome respecto de estos temas. Todavía queda mucho trecho por delante como para echarse a morir, y las olimpiadas son un claro ejemplo de lo anterior. Qué habría pasado si Usain Bolt hubiera dejado de correr porque nadie quería correr con él? O, a modo general, con cualquier deportista (hoy) de elite que se hubiese rendido a medio camino en su adolescencia? Probablemente todos sabemos la respuesta, y no hay por qué justificar ni argumentar lo anterior.
Por lo pronto, voy a esforzarme para tocar piano y envolverme más de esta música, que en estos días me tiene un poquitín sensible respecto del pasado, pero que me ha servido para botar algunas emociones que tenía guardadas. Enfrentaré mi futuro con gracia y mucho esfuerzo por nunca abandonar aquello que me ha gustado, y asumiré dichos temas con orgullo, porque ello es quien soy yo.
Sí, es cierto, mi vida pudo ser de otro modo. Pero a pesar de todo el período oscuro que viví los últimos años, siento que he crecido mucho como persona. Quiero volver a recorrer el Mapocho y completar mis historias de las aventuras de los cuatro personajes que he dejado de lado por temas personales y en algún momento de tiempo. Quiero retomar la bicicleta y seguir recorriendo, tanto el valle del Mapocho como el valle de la vida.
En inglés diría I wouldn't have it any other way. En Español no sé, pero lo voy a averiguar. Esperen noticias de las historias del Mapocho!
lunes, 1 de agosto de 2016
Torcer
Todo empieza torciendo la flecha.
Y me pregunto: y si tomamos nuestras flechas que apuntan en sentidos opuestos y las torcemos? Seremos felices? Llegaremos allá donde el pasto es verde, donde no hay desigualdad, donde nos mueve el amor? Y si llegamos a ser cercanos?
Ciertamente es un pensamiento placentero. Me dan ganas de torcer mi flecha, pero al mismo tiempo desconozco qué pasa por su mente, y por lo tanto vacilo ante estas ganas que tengo.
Por qué no torcemos nuestras flechas, y en vez de apuntar hacia fuera de nosotros, las hacemos apuntar al otro? No sería entretenido? No sería interesante?
Y me pregunto: y si tomamos nuestras flechas que apuntan en sentidos opuestos y las torcemos? Seremos felices? Llegaremos allá donde el pasto es verde, donde no hay desigualdad, donde nos mueve el amor? Y si llegamos a ser cercanos?
Ciertamente es un pensamiento placentero. Me dan ganas de torcer mi flecha, pero al mismo tiempo desconozco qué pasa por su mente, y por lo tanto vacilo ante estas ganas que tengo.
Por qué no torcemos nuestras flechas, y en vez de apuntar hacia fuera de nosotros, las hacemos apuntar al otro? No sería entretenido? No sería interesante?
martes, 7 de junio de 2016
Reventar
Yo tengo una opinión muy fuerte sobre los moluscos.
Me encuentro, simplemente porque coincidimos de lugar, con usted, que aborrece los moluscos y, en cambio, prefiere los crustáceos.
La conversación gira en este momento en torno a las aves y su vuelo. Pero dentro de algunas horas el tema rotará hacia el mar y comenzaremos a hablar de crustáceos. Como usted aborrece los moluscos éstos saltarán a colación y -naturalmente- yo me veré forzado a expresar mi opinión. Mas usted, que siente una terrible animadversión por el objeto de mi deleite tratará de convencerme de lo contrario.
A este punto el grupo de discusión ya se ha reducido de 10 a 4 personas, dos de las cuales somos yo y usted.
La discusión comienza a elevar su tono y tanto yo como usted trataremos (ni siquiera de imponer) de manifestar nuestra opinión.
Hasta que la discusión revienta con usted desempeñando un sólido monólogo, en cuya mitad ninguno de nosotros ya escucha.
Cuando me tengo que ir me pregunto: Vale la pena?
Me encuentro, simplemente porque coincidimos de lugar, con usted, que aborrece los moluscos y, en cambio, prefiere los crustáceos.
La conversación gira en este momento en torno a las aves y su vuelo. Pero dentro de algunas horas el tema rotará hacia el mar y comenzaremos a hablar de crustáceos. Como usted aborrece los moluscos éstos saltarán a colación y -naturalmente- yo me veré forzado a expresar mi opinión. Mas usted, que siente una terrible animadversión por el objeto de mi deleite tratará de convencerme de lo contrario.
A este punto el grupo de discusión ya se ha reducido de 10 a 4 personas, dos de las cuales somos yo y usted.
La discusión comienza a elevar su tono y tanto yo como usted trataremos (ni siquiera de imponer) de manifestar nuestra opinión.
Hasta que la discusión revienta con usted desempeñando un sólido monólogo, en cuya mitad ninguno de nosotros ya escucha.
Cuando me tengo que ir me pregunto: Vale la pena?
domingo, 5 de junio de 2016
La última chispa
Corría el 2012 y yo venía saliendo de un momento particularmente complicado de la existencia. Las cosas iban bien, tenía la capacidad de mantener todo en orden. No parecía que hubiese nada que me pudiera vencer por esos días.
Llegó el invierno y ya no todo era tan colorido, pero mis ganas de vivir y de ir adelante no se habían esfumado. Ahí estaba yo, empezando a fumar producto de la inseguridad que tú me dabas, porque no sabía que hacer en las situaciones que tú me ponías.
Perdóname, y perdónenme aquellas que por ser buenas con la gente le caen pretendientes. Yo no pude evitar caer en ese juego que para ustedes puede sonar estúpido. No hay nada que se pueda hacer contra eso, yo no buscaba a nadie, pero tú apareciste y simplemente quisiste entablar una amistad. Congeniamos, hablamos mucho y mutuamente conocimos nuestros interiores. Perdón por soñar contigo.
Y después vino el desengaño, en gran parte orquestrado por mí mismo. Dejando entrever que soy un pelotudo inseguro tú quisiste alejarte de mí y ya no verme más. Años más tarde comprendí que eso es lo normal, y la cosa era que yo estaba equivocado.
Y tú.
Tú te quedaste conmigo, con lo mejor de mí, y no me dejaste nada, y de nada nunca hay restos. Yo soñaba con estar contigo, y nunca pude conocerte. Te llevaste mis ganas de vivir, mis ganas de pecar, mis ganas de soñar, mis ganas de sentir.
Después de eso me marchité, igual que las flores. Pero supongo que no como cualquiera que simplemente vuelve a renacer la próxima primavera, sino que como alguna que le toma años volver a florecer. Espero que mi interior reverdezca.
Y ojalá que sepas, que no te guardo ningún rencor.
Llegó el invierno y ya no todo era tan colorido, pero mis ganas de vivir y de ir adelante no se habían esfumado. Ahí estaba yo, empezando a fumar producto de la inseguridad que tú me dabas, porque no sabía que hacer en las situaciones que tú me ponías.
Perdóname, y perdónenme aquellas que por ser buenas con la gente le caen pretendientes. Yo no pude evitar caer en ese juego que para ustedes puede sonar estúpido. No hay nada que se pueda hacer contra eso, yo no buscaba a nadie, pero tú apareciste y simplemente quisiste entablar una amistad. Congeniamos, hablamos mucho y mutuamente conocimos nuestros interiores. Perdón por soñar contigo.
Y después vino el desengaño, en gran parte orquestrado por mí mismo. Dejando entrever que soy un pelotudo inseguro tú quisiste alejarte de mí y ya no verme más. Años más tarde comprendí que eso es lo normal, y la cosa era que yo estaba equivocado.
Y tú.
Tú te quedaste conmigo, con lo mejor de mí, y no me dejaste nada, y de nada nunca hay restos. Yo soñaba con estar contigo, y nunca pude conocerte. Te llevaste mis ganas de vivir, mis ganas de pecar, mis ganas de soñar, mis ganas de sentir.
Después de eso me marchité, igual que las flores. Pero supongo que no como cualquiera que simplemente vuelve a renacer la próxima primavera, sino que como alguna que le toma años volver a florecer. Espero que mi interior reverdezca.
Y ojalá que sepas, que no te guardo ningún rencor.
lunes, 30 de mayo de 2016
Mala suerte
Los que me conocen saben que no tengo mucha experiencia y siempre tiendo a decir que no sé nada. Al menos en la generalidad de temas que suelen salir, poco sé.
Y estoy yo aquí, en sequía, totalmente rendido frente a la posibilidad que cualquier cosa ocurra en mi vida. No necesariamente triste, y muchas veces sin siquiera deprimirme, sólo estoy yo y están mis amigos, y esa es la única verdad, porque de especulaciones no se llega a nada.
En fin, llegas tú y tengo la desgracia de conocerte, la mujer increíblemente más repulsiva que he conocido en mi vida. Tú representas todo aquello de lo que yo reniego, todo lo que yo no quiero ser en mi vida.
Yo hubiera esperado que la repulsión fuera mutua, pero desafortunadamente no fue así. Por alguna extraña razón tú no sientes animadversión hacia mí y, de hecho, yo sé que es todo lo contrario, sé que sientes curiosidad, que tienes ganas, y sé que cuando te curas te pones cargosa.
Y yo de tí no quiero absolutamente nada.
Y me da un poco de pena, porque tu pareja -que es un cabro que de huevón no tiene un pelo-, se da cuenta, y hasta te dice, y tú sigues con la cantinela estúpida. Como si para mí fuera importante el hecho de que tú no eres fea. Pero te falta, chiquita, saber que existimos algunos que actúan racionalmente.
Pero más que todo, lo que siento es que tengo mala suerte. Por qué carajo tenías que ser tú quien hiciera esto y no la que yo quería?
Y estoy yo aquí, en sequía, totalmente rendido frente a la posibilidad que cualquier cosa ocurra en mi vida. No necesariamente triste, y muchas veces sin siquiera deprimirme, sólo estoy yo y están mis amigos, y esa es la única verdad, porque de especulaciones no se llega a nada.
En fin, llegas tú y tengo la desgracia de conocerte, la mujer increíblemente más repulsiva que he conocido en mi vida. Tú representas todo aquello de lo que yo reniego, todo lo que yo no quiero ser en mi vida.
Yo hubiera esperado que la repulsión fuera mutua, pero desafortunadamente no fue así. Por alguna extraña razón tú no sientes animadversión hacia mí y, de hecho, yo sé que es todo lo contrario, sé que sientes curiosidad, que tienes ganas, y sé que cuando te curas te pones cargosa.
Y yo de tí no quiero absolutamente nada.
Y me da un poco de pena, porque tu pareja -que es un cabro que de huevón no tiene un pelo-, se da cuenta, y hasta te dice, y tú sigues con la cantinela estúpida. Como si para mí fuera importante el hecho de que tú no eres fea. Pero te falta, chiquita, saber que existimos algunos que actúan racionalmente.
Pero más que todo, lo que siento es que tengo mala suerte. Por qué carajo tenías que ser tú quien hiciera esto y no la que yo quería?
jueves, 12 de mayo de 2016
Influencia
No recuerdo exactamente el momento en que lo conocí. Lo veía algunas veces en el pan y otras veces caminando a la micro. Pocas veces tuve contacto con él, pero todos en el barrio lo conocían.
El momento en que empezamos a ser amigos sí que lo recuerdo. Yo andaba por la vida tratando de aprehender la mayor cantidad de cosas posibles, y algo de engreído había en mí, era de esos que creen que por estudiar algo y saber un poquito más cree que está por sobre el resto, de esos hijos de puta que te hablan en tono condescendiente, en tono patronal. En el más nefasto de los tonos en los que te pueden hablar.
Sí, hay pocas cosas que me desagradan de la gente, y tiendo más bien a tratar de ignorar este nefasto pensamiento, porque siento que me envenena. Pero no puedo soportar a los huevones que tratan a los demás (o a mí) en tono patronal, condescendiente, de ese modo que hace poco hizo surgir el término del inglés "mansplaining". Lo otro es esa actitud de los cuicos (se da más en las mujeres) en la que te tratan dulcemente en un tono obviamente falso, y más bien evitan hablarte con su frecuencia y tono natural de voz. Este -que sé que es difícil de notar-, es especialmente molesto cuando va acompañado de palabras como tierno o amoroso. Qué situación más nefasta, por la cresta!!
En fin, andaba en esa, cuando empecé a madurar mi capacidad de debate. Recuerdo que su primer gran aporte a mi vida fue cuando me dijo "oye, tienes una forma de discutir y de argumentación muy lógica". Yo creo que hasta el día de hoy R no sabe lo que significó eso en mí, la fuerza que me dio para nunca más quedarme callado cuando hay algo de lo que se está hablando. Es una cuestión difícil de explicar, porque todos cuando somos niños tendemos a discutir, tendemos a hablar sobre las cosas y a preguntar por éstas y por sus razones, y es sólo la retroalimentación positiva lo que nos hace que después nos sigamos preguntando y queramos seguir más allá. Dicho de otro modo, cuando tenemos respuestas, tenemos más preguntas.
Fue un momento particularmente especial, porque en ese momento yo me estaba dando por vencido, era el momento en el que me discutía una cuestión trascendental. Yo estaba decidiendo dejar de discutir por el resto de mi vida, por la cresta!
Pero R, sin quererlo, quizás, me enseñó que no, que a veces los malos estímulos no son tales, y lo que de verdad existe son malas interpretaciones.
Después de ello continué por la vida, sin mucho contacto, hasta que empecé a trabajar allá cerca del Club Hípico. Supe que R trabajaba cerca de la Peni, así que tomabamos la micro juntos, y en ese trayecto hablábamos mucho, a veces despues de la pega me invitaba a su casa y conversábamos con los invitados.
De él -y por influencia de otros, también, pero principalmente por R- saqué este extraño silencio que me invade cuando estoy en grupo, porque pese a que él era un excelente orador, entendía perfectamente el significado del silencio. Para mí ese silencio era, la mayoría de las veces, más significativo que cualquier palabra que esbozara en vez de callar.
Aprender eso significó un cambio radical en mi forma de actuar.
Querámoslo o no, y aunque a veces yo mismo lo niegue, todos necesitamos algún tipo de atención. Todos la buscamos. En esta nefasta era web 2.0 las selfies con comentarios son gritos desesperados de atención, pero como muchos ya saben, mi época de internet no es esta, sino una pasada (mi usuario de github @anachronic no es casual). En esta pasada época buscaba yo la atención de la forma nefasta en la que se hacía en ese tiempo, cambiando el nick del msn, reconectándome, poseando el género musical de moda, etc. Y me dí cuenta que funcionaba hasta que MSN se convirtió en una red social, y para infortunio mío, se acabó la atención. Porque la gente en esta era 2.0 habla con los que gustan, con los -digámoslo de una forma resentida- favorecidos.
Y yo no soy tal.
Comprendí que su silencio era una forma de llamar la atención, porque uno se pregunta qué hablará, que dirá, que pensará sobre el tema que se está hablando, y es una cuestión sutil, una cuestión que discrimina entre los que tienen la capacidad de participar y los que no. Era simplemente un método perfecto.
Después siguieron otras cosas, vino la cuestión más personal, qué se yo. Ya eramos amigos, ya la forma de vida estaba forjada y poco había que cambiar. Pero aprendí tanto que aquí no puedo detenerme en todo.
Al final me fui del barrio, pero a veces iba a la casa de R y, como siempre, ahí estábamos, en la mesa, con los que se podía hablar siempre, pero la frecuencia cada vez disminuyó más.
Hasta que un día perdí mi teléfono, su contacto y me volví a cambiar de casa, y no sé dónde está R, y el contacto se perdió, pero espero que allá donde sea que esté, R esté bien, y que aquellas promesas que nos hicimos, y las expectativas que teníamos el uno del otro se cumplan.
Porque es, a final de cuentas, una cuestión de lealtad.
miércoles, 14 de octubre de 2015
La importancia de la vejez
Cuando ya empezábamos a ser más viejos que jóvenes dentro de la U y nuestro pequeño grupito ya estaba consolidado -sobre todo después de lo de la Sierra-, empezó a ser natural que empezáramos a conocer a la familia de nuestros amigos, los viejos del Ra, los viejos de la Domi, mis viejos, nuestros abuelos, nuestros tíos, etcétera.
A estas alturas no me acuerdo si esta historia transcurre durante un verano, o semana santa, o a mediados de diciembre. Algo de calor hacía por esos días, eso sí.
En fin, con la Domi sabíamos que el Ra tenía sus demonios interiorizados, y que la época de desvelo e insomnio había pasado cuando empezamos a ser amigos. Ahora él seguía adelante persiguiendo la meta (sí, el Ra en ese momento perseguía más la meta que el sueño) de titularse y ser un abogado con todas sus letras. Yo también estaba cerca, pero la cuestión era más cuesta arriba, más difusa, o a lo mejor yo estaba distraído, o no me importaba tanto como a él, no me acuerdo. Así que veíamos bien al Ra, un poco más feliz que de costumbre y muy enfocado en su volada, incluso lo veíamos un poco menos, pero siempre había un tiempo, para fumar unos 333, o para tomar once, a veces nos íbamos en tren donde los viejos de la Domi por el día, para conversar y buscar otros puntos de vista en las problemáticas que teníamos.
Y nos pusimos de acuerdo para partir a Osorno, una ciudad que unos huevones dicen que es más fome que la cresta, pero se equivocan. La ciudad la hace la gente que vive en ella, y en ese sentido, Osorno es una ciudad muy distinta a Santiago.
Entiéndanme por favor, cuando afirmo que me cuesta mantener el foco al contar una historia.
Por esos días partimos a Osorno y resulta que la familia del Ra es una cuestión más loca que la cresta, y bien distinta a la mía (en ese sentido su familia se parece a la de la Domi). Hicieron algún animal al palo, no me acuerdo realmente cuál era (entre cordero y un cabrito era la cuestión, creo) y llegó casi toda la familia de mi amigo, muchos desde localidades cercanas. Sólo por decir algunas: Purranque, Entre Lagos, Río Bueno, Puerto Montt, Futrono, San José de La Mariquina, Futrono, Valdivia, entre otros. Un poco fácil entender por qué todos se juntan en Osorno después de decir eso.
Mi familia es buena para juntarse y bailar, hacer su asado loco a veces y tomar vino. Un clásico del valle en general, se habla poco de la inmortalidad del cangrejo y de asuntos que para otros no son importantes. La cuestión es bailar, pasarlo bien, conversar de la pega y las anécdotas del día a día.
La familia del Ra, en cambio, es lo más conversadora que existe, y en esta junta conversamos con un sinfín de gente de los temas más diversos imaginables. El baile es una cuestión de algunos, y se nota que lo más predominante entre ellos es la conversación, el compartir los pensamientos, la discusión. Y de un derepente entendí por qué el Ra era tan inteligente, por qué parecía que la U fuera tan fácil para él, la retórica, la discusión y el escuchar el punto de vista son cuestiones que -especialmente en el Derecho-, te curten y te forman para el desempeño tanto académico como laboral.
Y pasó el día, un día muy bonito, donde yo conversaba con algunos viejos, la Domi con algunas viejas, tías y qué se yo, hubo una mezcla muy grande de interlocutores que fue bonita. Yo creo que ese día fue uno de los que contribuyó a sellar nuestro andar. Las miradas y la complicidad que había entre los dos es una cuestión que no puedo explicar, no me exasperé al saber que ella no iba a estar conmigo todo el día, de hecho, ella siempre se ha valido por sí misma sin ningún problema, pero sólo recibir una simple mirada era suficiente para saber que estábamos juntos ahí, y que siempre íbamos a ir juntos, un al lado del otro, y al lado de nuestros amigos, caminando para vencer, para conquistar un mundo mejor.
Y cayó la noche casi junto con la ebriedad generalizada. Y me dio gusto que la cuestión fuera igualitaria, o sea, estábamos todos igual, los viejos, los jóvenes, los hombres, las mujeres.
Fue en ese momento que un tío que el Ra quiere mucho se puso a conversar con él, y le contó algunas anécdotas de vida, de esas que son difíciles de sonsacar a palabra simple, de las que la gente sin un copete jamás comentaría. Cosas de la vida de cuando vives en duda, en la incertidumbre, precisamente del proceso que se vive en la tercera década de la vida, del cuestionamiento interno y a veces externo. Al estar bien encaminado las cosas se van dando solas, no por arte de magia ni porque sí, sino porque hacer las cosas que hay que hacer te lleva a un estado de armonía, de tranquilidad, de una cuestión que es más bien inefable. Están los que no les gusta lo que hacen, los que los caminos de la vida los llevaron a hacer cuestiones que les son desagradables, y hay muchos otros casos más. Ahí entendimos que no todo estaba perdido, porque después de todo la Domi y el Ra aman lo que hacen, y ello en cierta manera hace su mundo. Allá en la cordillera eran ellos dos los que más conversaban de sus cuestiones, yo a veces también, pero no estoy seguro que las leyes y el derecho sean las materias que más me llenan como persona.
El reflejo que el viejo veía en su sobrino-nieto en cierta manera llegó a darle tranquilidad al Ramón, no esperanza, sino que tranquilidad. Él no era el único ni tampoco iba a ser el último con este tipo de dramas, que vienen desde hace mucho tiempo, aunque la globalización probablemente los ha hecho más agudos. El Ramón simplemente tenía que seguir haciendo lo que hacía: matar todos los ramos en la U, seguir yendo a los mismos lugares que iba, seguir subiendo cerros con nosotros, creer en sus convicciones. Después de todo, eso es lo que te define como persona.
Y estaba bien, y eso fue confirmado algunos meses después, cuando llegó la Lucía a nuestras vidas, probando que lo bueno trae más cosas buenas. De este tema nos acordamos allá en San Gabriel, y en el Embalse El Yeso, medios borrachos, medios llorones, porque la cuestión había llegado, y en ese momento habían otras preocupaciones. Como qué iba a pasar con nuestra amistad, por ejemplo.
Nueva York es otra historia. Y lo que pasó entre esta situación clave en Osorno y entre que llegó la Lucía también da harto de qué hablar, pero será para otro momento. Grande Ramón!
A estas alturas no me acuerdo si esta historia transcurre durante un verano, o semana santa, o a mediados de diciembre. Algo de calor hacía por esos días, eso sí.
En fin, con la Domi sabíamos que el Ra tenía sus demonios interiorizados, y que la época de desvelo e insomnio había pasado cuando empezamos a ser amigos. Ahora él seguía adelante persiguiendo la meta (sí, el Ra en ese momento perseguía más la meta que el sueño) de titularse y ser un abogado con todas sus letras. Yo también estaba cerca, pero la cuestión era más cuesta arriba, más difusa, o a lo mejor yo estaba distraído, o no me importaba tanto como a él, no me acuerdo. Así que veíamos bien al Ra, un poco más feliz que de costumbre y muy enfocado en su volada, incluso lo veíamos un poco menos, pero siempre había un tiempo, para fumar unos 333, o para tomar once, a veces nos íbamos en tren donde los viejos de la Domi por el día, para conversar y buscar otros puntos de vista en las problemáticas que teníamos.
Y nos pusimos de acuerdo para partir a Osorno, una ciudad que unos huevones dicen que es más fome que la cresta, pero se equivocan. La ciudad la hace la gente que vive en ella, y en ese sentido, Osorno es una ciudad muy distinta a Santiago.
Entiéndanme por favor, cuando afirmo que me cuesta mantener el foco al contar una historia.
Por esos días partimos a Osorno y resulta que la familia del Ra es una cuestión más loca que la cresta, y bien distinta a la mía (en ese sentido su familia se parece a la de la Domi). Hicieron algún animal al palo, no me acuerdo realmente cuál era (entre cordero y un cabrito era la cuestión, creo) y llegó casi toda la familia de mi amigo, muchos desde localidades cercanas. Sólo por decir algunas: Purranque, Entre Lagos, Río Bueno, Puerto Montt, Futrono, San José de La Mariquina, Futrono, Valdivia, entre otros. Un poco fácil entender por qué todos se juntan en Osorno después de decir eso.
Mi familia es buena para juntarse y bailar, hacer su asado loco a veces y tomar vino. Un clásico del valle en general, se habla poco de la inmortalidad del cangrejo y de asuntos que para otros no son importantes. La cuestión es bailar, pasarlo bien, conversar de la pega y las anécdotas del día a día.
La familia del Ra, en cambio, es lo más conversadora que existe, y en esta junta conversamos con un sinfín de gente de los temas más diversos imaginables. El baile es una cuestión de algunos, y se nota que lo más predominante entre ellos es la conversación, el compartir los pensamientos, la discusión. Y de un derepente entendí por qué el Ra era tan inteligente, por qué parecía que la U fuera tan fácil para él, la retórica, la discusión y el escuchar el punto de vista son cuestiones que -especialmente en el Derecho-, te curten y te forman para el desempeño tanto académico como laboral.
Y pasó el día, un día muy bonito, donde yo conversaba con algunos viejos, la Domi con algunas viejas, tías y qué se yo, hubo una mezcla muy grande de interlocutores que fue bonita. Yo creo que ese día fue uno de los que contribuyó a sellar nuestro andar. Las miradas y la complicidad que había entre los dos es una cuestión que no puedo explicar, no me exasperé al saber que ella no iba a estar conmigo todo el día, de hecho, ella siempre se ha valido por sí misma sin ningún problema, pero sólo recibir una simple mirada era suficiente para saber que estábamos juntos ahí, y que siempre íbamos a ir juntos, un al lado del otro, y al lado de nuestros amigos, caminando para vencer, para conquistar un mundo mejor.
Y cayó la noche casi junto con la ebriedad generalizada. Y me dio gusto que la cuestión fuera igualitaria, o sea, estábamos todos igual, los viejos, los jóvenes, los hombres, las mujeres.
Fue en ese momento que un tío que el Ra quiere mucho se puso a conversar con él, y le contó algunas anécdotas de vida, de esas que son difíciles de sonsacar a palabra simple, de las que la gente sin un copete jamás comentaría. Cosas de la vida de cuando vives en duda, en la incertidumbre, precisamente del proceso que se vive en la tercera década de la vida, del cuestionamiento interno y a veces externo. Al estar bien encaminado las cosas se van dando solas, no por arte de magia ni porque sí, sino porque hacer las cosas que hay que hacer te lleva a un estado de armonía, de tranquilidad, de una cuestión que es más bien inefable. Están los que no les gusta lo que hacen, los que los caminos de la vida los llevaron a hacer cuestiones que les son desagradables, y hay muchos otros casos más. Ahí entendimos que no todo estaba perdido, porque después de todo la Domi y el Ra aman lo que hacen, y ello en cierta manera hace su mundo. Allá en la cordillera eran ellos dos los que más conversaban de sus cuestiones, yo a veces también, pero no estoy seguro que las leyes y el derecho sean las materias que más me llenan como persona.
El reflejo que el viejo veía en su sobrino-nieto en cierta manera llegó a darle tranquilidad al Ramón, no esperanza, sino que tranquilidad. Él no era el único ni tampoco iba a ser el último con este tipo de dramas, que vienen desde hace mucho tiempo, aunque la globalización probablemente los ha hecho más agudos. El Ramón simplemente tenía que seguir haciendo lo que hacía: matar todos los ramos en la U, seguir yendo a los mismos lugares que iba, seguir subiendo cerros con nosotros, creer en sus convicciones. Después de todo, eso es lo que te define como persona.
Y estaba bien, y eso fue confirmado algunos meses después, cuando llegó la Lucía a nuestras vidas, probando que lo bueno trae más cosas buenas. De este tema nos acordamos allá en San Gabriel, y en el Embalse El Yeso, medios borrachos, medios llorones, porque la cuestión había llegado, y en ese momento habían otras preocupaciones. Como qué iba a pasar con nuestra amistad, por ejemplo.
Nueva York es otra historia. Y lo que pasó entre esta situación clave en Osorno y entre que llegó la Lucía también da harto de qué hablar, pero será para otro momento. Grande Ramón!
miércoles, 5 de agosto de 2015
Sierra con el Ramón
Cuando ya los tres éramos amigos inseparables decidimos ampliar nuestros recorridos de alpinismo. Nuestras aventuras habían sido bien intensas hasta el momento y de altas exigencias, empecé en primer año de U, cuando unos cabros nuevos del barrio allá por Solovera los pillé hablando del asunto e hicimos buenas migas. Subimos algunas veces hasta la cuesta Mallarauco y recorrimos los pseudo-senderos de la cumbre y me quedó gustando el asunto.
Después conocí al Ra que era experto en esta cuestión, pero hacía rutas un poco más exigentes. Así que empecé con los cabros de la Solovera a buscar nuevos desafíos. Con ellos subí el Provincia, recorrí el Cordón de los Españoles pasando por los cerros Conchalí y el Carpa. Incluso hicimos el Arqueado de Barrera. En otra ocasión subimos el Piuquenes por La Dehesa y ahí empecé a exigirme un poco más. Nos distanciamos un poco con los cabros del barrio, porque a ellos les gustaba caminar, pero no eran de acampar y hacer caminos de varios días.
Y con el Ramón empezó la travesía, escalamos juntos el Plomo y también recorrimos gran parte de Yerba Loca hacia el glaciar La Paloma y algunas otras rutas de trekking liviano.
Por su parte, la Domi se conocía el Chena al revés y al derecho, había sido parte de su vida desde su infancia, de manera que numerosas veces lo había subido por las distintas rutas que el majestuoso cerro ofrece. Además, también había subido el cerro Manquehue un par de veces. Hasta ahora no conozco este cerro, y me arrepiento un poco, porque es otro cerro que casi todo Santiaguino conoce, pero irónicamente, pocos saben cuál es y casi nadie conoce su nombre. Así llegó la gran idea de mi amigazo Ramón.
Ya habíamos subido el Plomo y de la Sierra conocíamos un poco de la quebrada de Macul y el Provincia. Pero esto era grande, al Ra se le ocurrió cruzar toda la Sierra de Ramón, desde el Provincia cruzando los cerros Tambor, de Ramón, Punta de Damas, bajando por el Minillas y llegando a los inicios del Cajón del Maipo cerca de las Vizcachas.
Corría el mes de Diciembre y los tres ya estabamos exentos de deberes académicos, haciendo ideal la excursión sabiendo que además de la libertad, había dejando caerse una de esas lluvias veraniegas 2 días antes del inicio de la excursión, por lo que contaríamos con agua durante el camino.
Lo que me emocionaba de este viaje -y también la razón por la que el Ramón nos convenció a mí y a la Domi- es que la Sierra de Ramón es un lugar que todo Santiaguino conoce, su majestuosa altura trasciende a cualquier discriminación que tanto existe en esta ciudad. Todo Santiaguino conoce esta Sierra viva donde viva, su nieve deleita a sus ciudadanos en los meses de invierno cuando toman desayuno. Los ricos viviendo a sus faldas y el resto de nosotros mirándola desde lejos, pero completa. Poder recorrer sus senderos y cumbres de seguro que iba a ser una experiencia muy bonita.
Estaba decidido, partiríamos un jueves y volveríamos un sábado. La vieja de la Domi nos iría a dejar al puente Ñilhue y nos iría a buscar a Las Vizcachas.
Esta fue una de las tantas veces que seguí el Mapocho hacia su cara oriente. El viaje empezó siendo bonito desde el principio. La suegra hablaba de cómo era Santiago antes y a mi me gustaba escuchar las historias. Mientras avanzábamos todos veíamos el cambio del color de sus aguas, que en El Monte son color "neutro", en Santiago son de color café, y camino a La Ermita son de color turquesa. Con el Mapocho y sus aguas de color paraíso empezaba nuestro viaje.
Corrían las 7.20 de la mañana y estábamos en el puente Ñilhue dispuestos a empezar nuestra aventura. Los tres agradecimos a la mamá de la Domi y le deseamos un buen día en el trabajo.
Enfilamos el rumbo teniendo como meta llegar a la cumbre del Provincia entre las 3 y 4 de la tarde. Y siendo tan temprano teníamos mucho tiempo por delante, así que camino a la cumbre salieron de los más variados temas: sudor, dificultad de la subida, sed, calor, infancia, chistes, entre otros. El camino se hizo bastante agradable, porque íbamos más bien calmados y a ritmo regular de acuerdo al camino.
Naturalmente, yo era el más cansado de los tres, pero no porque me faltaran ganas. Simone dice que el hombre tiende a querer poseer, violar las cosas, y que en ese sentido hace de la mujer un objeto. De la misma manera que el hombre posee a una mujer, cuando el hombre alcanza una cumbre de un cerro, posee la montaña, o a fierro pelao', la viola.
Francamente, encontré por mucho tiempo que la vieja estaba equivocada cuando escribía estos textos, pero escalando la sierra hacia el Provincia me cambió la visión de lo que ella decía, nosotros íbamos con la ambición de cruzar la Sierra no sólo porque creíamos que era una posibilidad majestuosa que la cordillera nos brindaba, sino que también porque queríamos mirar el entreríos del Maipo y el Mapocho desde arriba, desde los lugares que de nuestras casas se ven a lo lejos (y bien a lo lejos, por la chucha). Metafóricamente, queríamos violar a Santiago admirándola desde la cumbre más alta que la ciudad ofrece para mirar, queríamos ser su monarquía, estar en el olimpo, en el lugar donde el poderoso debe estar y donde el indefenso debe subyugarse.
Más aún, si miramos la aventura fríamente, nos damos cuenta que esta aventura no es más que un pasatiempo de niñitos universitarios estresadamente aburridos. De pensar un poco en esta cuestión me dio un poco de vergüenza estar escalando el cerro. Sólo por estar aburridos, sólo porque podíamos, sólo por querer violar la sierra, sólo por querer mirar a todo Santiago desde arriba.
Irónicamente, la Domi discrepó de la idea y calificó a la vieja de loca, o algo así, pero me dijo que iba a leer el libro. El Ramón, por su parte, reafirmó un poco lo que yo pensaba.
Íbamos en esa conversación cuando llegamos a la cumbre del famoso Provincia. Desde ahí se veían majestuosos los cerros Del Medio, Alvarado, Manquehue, Calán, Apoquindo y quizás se me escapa alguno. Realmente es sublime la vista desde ese lugar. Se ve fundamentalmente la parte noreste de la capital, pero la vista es impagable.
En la tarde nos dedicamos a cocinar algo y a armar el campamento. Era tarde para poder seguir, porque el paso calmado de ascenso hizo que llegáramos un poco más tarde de lo pensado. Yo había estado en algunos lugares notables para relajarse y observar las cosas, pero ninguno tan especialmente bello como éste. Y lo mejor era que aun quedaba mucho más recorrido, porque sólo llevábamos cerca de un cuarto de la sierra, aquí soltamos la lengua y conversamos de algunas cosas profundas, como se hace en todo viaje.
De todas maneras, el pensamiento y la discusión con mis compañeros de viaje me había dejado medio mal. No por el tono, sino que por la significancia de lo que estábamos haciendo.
Al otro día fui sorpresivamente el primero en despertarme. Noté que era aún de noche y el reloj me marcaba un par de minutos antes de las 8 de la mañana. Me vestí rápidamente y salí a hervir agua y prepararme para ver el amanecer al otro lado de la cordillera. El ruido que hice, supongo, despertó al Ra, que me fue a acompañar en un espectáculo poco común para muchos.
Despertamos a la Domi, tomamos desayuno y partimos cerca de las 9 rumbo a la cumbre más alta: El Cerro de Ramón. En el camino seguimos dándole vuelta a la cuestión de ser unos cabritos estresados y etcétera.
La llegada al Morro del Tambor fue casi una sorpresa, el tiempo se me pasó volando, mayormente porque el camino es bastante cómodo, aunque corría un poco de viento. La conversa en este tramo fue silenciosa justamente porque corría el viento.
Aun así, la caminata fue muy agradable, el silencio es cómodo cuando hay algo que lo apacigua. De igual modo que el río puede emitir calma cuando el ánimo lo permite, el viento cordillerano puede hacer lo mismo con el viaje. En este momento que es de los mejores para la reflexión fue cuando dejé de sentir compasión por mí mismo: el ser humano necesita ocio y espacios para la distracción. Algunos van al parque, algunos van a la playa, algunos se toman chelas en el bella, algunos suben el San Cristóbal en bicicleta, algunos cruzan el Salar de Uyuni, y otros como nosotros cruzamos la Sierra de Ramón. Qué de malo puede haber en eso? Es condenable querer cruzar una sierra y querer admirar la mezcla naturaleza-hombre entre Santiago y sus cerros?
Es condenable querer ir a la altura y admirar el paisaje montañoso?
Eran como las doce y cuarto y estábamos en la cima del Tambor. Transmití mis reflexiones a mis compañeros montañistas y la Domi dió en el clavo: el asunto de la violación (en el sentido que en este texto he expuesto) no es del hombre, sino que del ser humano, todo aquello de lo que De Beauvoir habla no le es inherente al hombre. Probablemente es un hecho histórico que los hombres han sido así con la superioridad en general: el superior posee al inferior. Nosotros desde la montaña poseemos la ciudad de Santiago y su imponente Sierra. Empero, entre nosotros hay también una mujer, ella también está con nosotros, ella también está violando la montaña, ella también se hace dueña de todo lo que nosotros poseemos. No son sólo los hombres los que poseen a las mujeres en el acto sexual, sino que también es a la inversa. O al menos así debería ser.
Derretimos un poco de nieve para el camino al Ramón. La vista era buena, pero no excelente como en el Provincia, así que no nos quedamos mucho rato. Nos fumamos unos cigarros mirando el paisaje, después nos comimos unos pancitos y partimos rumbo al Ramón apertrechados de agua para el camino.
Hacia el Ramón el camino nos perdonó un poquito más, sin mucho viento y una temperatura agradable para la altura a la que estábamos, así que nos fuimos echando la talla y felices caminando por la "meseta" que hay en el tramo. Es raro en este tramo mirar hacia el sur y ver "el patio trasero" de Santiago, con su cordillera aún más imponente que lo que la Sierra ofrece a la ciudad.
Desde el Ramón la vista es francamente sobrecogedora, la disminución de esmog durante el verano hace la vista un poco mejor de lo que -supongo- sería en invierno sin lluvias. Alcanzamos a ver el cerro la Cruz desde donde estábamos, pero decidimos no ir, porque estábamos un poco atrasados debido al viento camino al Tambor.
En la cima les saqué una foto a la Domi con el Ramón. Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de esta famosa sierra, estábamos felices y llenos de energía, éramos jóvenes y teníamos toda la vida por delante. Un día el papá de la Domi nos contó que leyó un libro de un viejo que no recuerdo (Neruda, quizás?) que decía que si tuviera que cambiar algo de su vida, definitivamente haría más cosas por su vida y agotaría su juventud. Pues bien, nosotros estábamos construyendo nuestras vidas de modo que no tuviésemos este tipo de arrepentimientos, gastando nuestras energías, buscando nuevos rumbos y tratando de deleitar nuestros ojos con lo que Santiago nos ofrecía.
La Domi en esta foto sale muy bonita, la normal forma cóncava hacia abajo de su boca no se nota, el viento le echa su pelo relativamente largo hacia atrás y sonríe mientras abraza a mi mejor amigo que extrañamente también toma una buena foto, se le ve contento y feliz por estar ahí con nosotros.
Seguimos después camino al Punta de Damas. Este camino es como las huevas, lleno de rocas y con peligro de caidas debido a las pendientes que el filo forma. No hubo mucho tiempo para conversar ni reflexionar, pues naturalmente la conciencia la tienes puesta en no sacarte la mierda y salir vivo de ese lugar. Mientras avanzábamos por el implacable camino el sol se iba acercando al oeste y formó una imagen maravillosa: El antecrepúsculo era ineluctable y el cielo lo anunciaba con su color rojo tendiendo a rosado. Tampoco es que hubiese mucho tiempo para admirar el asunto, porque había que llegar rápido al Punta de Damas para armar el campamento, así que seguimos, con el Ramón marcando el sendero, la Domi en medio y yo atrás.
Armamos el campamento, ya cansados de tanto caminar y nos dedicamos a conversar de temas académicos, a enseñar y aprender de Derecho y Medicina, y a proyectarnos como futuros profesionales. Al Ramón le gustaba el derecho penal, a mí el derecho laboral y a la Domi la endocrinología. Extraño tema para conversar en la noche cordillerana, pero así fue. Nos tomamos cada uno una lata de cerveza, nos fumamos un par de cigarros y nos fuimos a dormir.
Al otro día nos levantamos bien temprano casi los tres al mismo tiempo y aún de noche para iniciar lo que sería el día más largo de esta travesía. Desayunamos un par de pancitos y partimos camino al Minillas.
Iniciamos la caminata por un pseudo-sendero bien generoso comparado con el último tramo del día anterior sin saber que nos esperaba un día de melancolía y/o nostalgia extrema. Todo empezó al ver el amanecer camino a la última cumbre de esta expedición.
Corrían cuatro años desde que yo y el Ra entramos a estudiar derecho en la pontificia y cinco desde que la Domi entró a estudiar medicina en la casa de bello. Para armar un poco de contexto iré contando la historia de cada uno según tengo recuerdos de sus palabras e historias.
La Domi siempre ha sido una persona más bien extrovertida. De esas personas a las que a nadie puede caerle mal, de esas que no son el alma de la fiesta, pero deben estar, que son queridas. Hasta estos días todavía se junta con sus eternas amigas del colegio, con sus amigas médicas y aquellos que ha ido conociendo a lo largo de su vida. En el colegio siempre le fue bien, asunto que finalmente me atrajo de ella.
Sus días del colegio fueron bastante normales si se les compara con los míos. Es la misma historia vieja de los que estudian metódicamente para obtener logros académicos, recordaba ella sus días de tercero medio resolviendo ecuaciones cuadráticas y haciendo ejercicios de optimización por horas en el colegio mientras conversaba con cualquier compañero que estuviera cerca de la vida, o de lo que fuera. El tema no era tan difícil en ese entonces.
Al entrar a la U, en cambio, el asunto se pone cuesta arriba. El estudio requiere más tiempo de lo que exige un colegio, los temas pueden ser complicados y quizás requieren varias lecturas para poder digerir lo que las cosas significan. Existen ramos cortacabezas que te pueden llegar a dejar en un estado depresivo con facilidad y aprobarlos significa un alivio tremendo, atrás quedan los días en que se podía hacer deporte libremente, los días en que podías estudiar mientras hablabas con tus compañeros, los días en que la vida era fácil.
Ya habiendo pasado la mayoría de la carrera, sólo con un par de ramos y el internado por delante, la Domi había salido de los potenciales días de estrés de la universidad, estaba conmigo y ya el asunto académico era más cuesta abajo de lo que era cuesta arriba, y pasar por toda esa vorágine y llegar hasta este punto, donde podíamos ser libres y no tener mucho que perder por estar aquí era un logro. El arte de recordar depende mucho del estado anímico y de el entorno que te rodea. El estar cuesta abajo por sobre santiago supongo que la volvió romántica, o algo así, y la hizo acordarse de todo lo que ha pasado.
El Ramón, en cambio, era ese (no) estereotipo de persona que pocos hemos tenido la bendición de conocer. Es de esos que a los de afuera les parece que no les cuesta nada en la vida. Al contrario de la Domi, el Ra poco tiene de metódico y su proceso de estudio es más bien errático, aunque intenso.
Muchos proyectan sus dificultades y modo de vida sobre otros, pero pocas veces la gente se equivoca cuando dice que todos estamos cagados al menos en un aspecto de nuestras vidas. Si bien el Ramón es uno de los sujetos más impresionantemente inteligentes que conozco, durante este trayecto casi se desmorona. La búsqueda del amor es difícil para la mayoría, y mi amigo no es la excepción. Las cosas no son fáciles para los feos en los años de amores tempranos, y este es un asunto que puede llegar a traumar a cualquiera, porque todos llegamos a esta etapa en las (casi) mismas condiciones y en general con ninguna o pocas trabas en la mochila. Es el proceso de transformación de niño a hombre (también de niña-mujer) el que te puede aniquilar, el que te hace pensarte como un pelotudo, un incapaz, y cuántas otras cosas más.
Y la verdad es que el Ra era, aun con su escudo de persona antipática, una de las mejores personas que he conocido, porque los escudos finalmente cumplen la función de proteger de lo que hay atrás (que suele ser algo frágil). Camino abajo al Minillas nos contó la historia suya en el colegio, y no quiero, por respeto, contarla acá, pero quiero decir que me es difícil de entender, porque yo no sufro (ni sufrí) lo que él. Aunque eso es probablemente lo que explica su forma de ser.
Pero no olvidemos que el Ra finalmente conoció a la Lucía, una mujer que lo quiere más que la cresta, que lo siguió hasta el otro hemisferio del planeta.
Por último, con respecto a mí las cosas siempre fueron relativamente fáciles. No tenía muchos amigos del alma, pero no me faltaba la gente con quién conversar en el colegio. Mi sociabilidad siempre se vio mermada por el hecho de vivir en Talagante, de manera que pasaba gran tiempo de mis días viajando solo. Si no hubiese dedicado tanto tiempo diario a pensar no creo siquiera que habría entrado a la carrera, pero lo hice. El resto ustedes lo saben, la Sofía, la correspondencia, la sangre fría, el río, seguir viajando, el tren, la playa, el Plomo, etcétera.
Mi nostalgia en general es por la libertad de ir en el colegio. De la estabilidad que daba a mi vida, de lo difícil que era la U comparada con la época pingüina, de no sé. De mirar Santiago, de mirar el Maipo y sentir que me alejaba del Mapocho, de mirar a la Domi y al Ra y saber que los dos eran mis amigos del alma, que podíamos compartir momentos tan preciosos como el que vivíamos en el momento.
Al llegar al Minillas nos pusimos a llorar, pero estábamos felices, por tenernos en nuestras vidas, o qué se yo, la cosa terminó pareciendo final de teleserie con todos llorando. Miramos la zona sur de Santiago y nos emocionamos con las parcelas y fundos y divisiones de la tierra que se ven.
Seguimos más anímicamente calmados rumbo a la Hacienda el Peñón contando chistes gran parte del camino y agarrándonos pal hueveo, contando historias de patio de universidad y de barrio. Nos llegó el mediodía y tomamos un par de sopas que traíamos.
Finalmente seguimos por el tupido camino que nos lleva hacia la hacienda el peñón, aquí le sacamos algunas fotos a las aves del lugar. El camino fue más bien silencioso. La aventura llegaba a su final y estábamos cansados. Bueno, yo, al menos, porque no creo que la Domi y el Ra lo hayan estado tanto.
Llegamos a Las Vizcachas a eso de las 7 de la tarde de un Domingo. Llamamos a la mamá de la Domi y al poco tiempo llegó, nos invitó a tomar once en Las Vertientes, donde unos viejos que conocía, tomamos chocolate caliente y comimos kuchen, para reponer un poco el cansancio.
Después mi suegra nos llevó a mi casa por un camino bastante interesante. Nos fuimos por todo el Maipo, es decir, desde el Cajón del Maipo en dirección a Pirque-Alto Jahuel, de ahí a Buin en dirección a Maipo-Viluco, Cruzamos por Lonquén hacia Carampangue, pasamos Santa Ana de Trelbuco y finalmente nos llegamos al Mapocho en Talagante, para terminar en mi casa, allá en Solovera.
La mamá de la Domi siempre ha sido buena para hablar, y nos contaba de cómo era el sector de Buin-Maipo-Viluco antaño, y de la atrocidad de los hornos en Lonquén, del tren ahí en Carampangue y de que su mejor amiga de la vida vive ahí en Santa Ana de Trelbuco, y que iban a la playa, y tanto más que da para otra historia, porque esta me quedó larga.
Cuando llegamos a mi casa mis viejos nos recibieron bien, al otro día íbamos a ir a revelar las fotos. Después jugamos a las cartas por horas conversando de lo que el viaje significó, y de lo que había, y de que Santiago aquí y allá, etcétera.
Del Mapocho me crucé al Maipo, pero terminé volviendo al río que me ha visto desde chico y sin mentiras, el Mapocho.
Después conocí al Ra que era experto en esta cuestión, pero hacía rutas un poco más exigentes. Así que empecé con los cabros de la Solovera a buscar nuevos desafíos. Con ellos subí el Provincia, recorrí el Cordón de los Españoles pasando por los cerros Conchalí y el Carpa. Incluso hicimos el Arqueado de Barrera. En otra ocasión subimos el Piuquenes por La Dehesa y ahí empecé a exigirme un poco más. Nos distanciamos un poco con los cabros del barrio, porque a ellos les gustaba caminar, pero no eran de acampar y hacer caminos de varios días.
Y con el Ramón empezó la travesía, escalamos juntos el Plomo y también recorrimos gran parte de Yerba Loca hacia el glaciar La Paloma y algunas otras rutas de trekking liviano.
Por su parte, la Domi se conocía el Chena al revés y al derecho, había sido parte de su vida desde su infancia, de manera que numerosas veces lo había subido por las distintas rutas que el majestuoso cerro ofrece. Además, también había subido el cerro Manquehue un par de veces. Hasta ahora no conozco este cerro, y me arrepiento un poco, porque es otro cerro que casi todo Santiaguino conoce, pero irónicamente, pocos saben cuál es y casi nadie conoce su nombre. Así llegó la gran idea de mi amigazo Ramón.
Ya habíamos subido el Plomo y de la Sierra conocíamos un poco de la quebrada de Macul y el Provincia. Pero esto era grande, al Ra se le ocurrió cruzar toda la Sierra de Ramón, desde el Provincia cruzando los cerros Tambor, de Ramón, Punta de Damas, bajando por el Minillas y llegando a los inicios del Cajón del Maipo cerca de las Vizcachas.
Corría el mes de Diciembre y los tres ya estabamos exentos de deberes académicos, haciendo ideal la excursión sabiendo que además de la libertad, había dejando caerse una de esas lluvias veraniegas 2 días antes del inicio de la excursión, por lo que contaríamos con agua durante el camino.
Lo que me emocionaba de este viaje -y también la razón por la que el Ramón nos convenció a mí y a la Domi- es que la Sierra de Ramón es un lugar que todo Santiaguino conoce, su majestuosa altura trasciende a cualquier discriminación que tanto existe en esta ciudad. Todo Santiaguino conoce esta Sierra viva donde viva, su nieve deleita a sus ciudadanos en los meses de invierno cuando toman desayuno. Los ricos viviendo a sus faldas y el resto de nosotros mirándola desde lejos, pero completa. Poder recorrer sus senderos y cumbres de seguro que iba a ser una experiencia muy bonita.
Estaba decidido, partiríamos un jueves y volveríamos un sábado. La vieja de la Domi nos iría a dejar al puente Ñilhue y nos iría a buscar a Las Vizcachas.
Esta fue una de las tantas veces que seguí el Mapocho hacia su cara oriente. El viaje empezó siendo bonito desde el principio. La suegra hablaba de cómo era Santiago antes y a mi me gustaba escuchar las historias. Mientras avanzábamos todos veíamos el cambio del color de sus aguas, que en El Monte son color "neutro", en Santiago son de color café, y camino a La Ermita son de color turquesa. Con el Mapocho y sus aguas de color paraíso empezaba nuestro viaje.
Corrían las 7.20 de la mañana y estábamos en el puente Ñilhue dispuestos a empezar nuestra aventura. Los tres agradecimos a la mamá de la Domi y le deseamos un buen día en el trabajo.
Enfilamos el rumbo teniendo como meta llegar a la cumbre del Provincia entre las 3 y 4 de la tarde. Y siendo tan temprano teníamos mucho tiempo por delante, así que camino a la cumbre salieron de los más variados temas: sudor, dificultad de la subida, sed, calor, infancia, chistes, entre otros. El camino se hizo bastante agradable, porque íbamos más bien calmados y a ritmo regular de acuerdo al camino.
Naturalmente, yo era el más cansado de los tres, pero no porque me faltaran ganas. Simone dice que el hombre tiende a querer poseer, violar las cosas, y que en ese sentido hace de la mujer un objeto. De la misma manera que el hombre posee a una mujer, cuando el hombre alcanza una cumbre de un cerro, posee la montaña, o a fierro pelao', la viola.
Francamente, encontré por mucho tiempo que la vieja estaba equivocada cuando escribía estos textos, pero escalando la sierra hacia el Provincia me cambió la visión de lo que ella decía, nosotros íbamos con la ambición de cruzar la Sierra no sólo porque creíamos que era una posibilidad majestuosa que la cordillera nos brindaba, sino que también porque queríamos mirar el entreríos del Maipo y el Mapocho desde arriba, desde los lugares que de nuestras casas se ven a lo lejos (y bien a lo lejos, por la chucha). Metafóricamente, queríamos violar a Santiago admirándola desde la cumbre más alta que la ciudad ofrece para mirar, queríamos ser su monarquía, estar en el olimpo, en el lugar donde el poderoso debe estar y donde el indefenso debe subyugarse.
Más aún, si miramos la aventura fríamente, nos damos cuenta que esta aventura no es más que un pasatiempo de niñitos universitarios estresadamente aburridos. De pensar un poco en esta cuestión me dio un poco de vergüenza estar escalando el cerro. Sólo por estar aburridos, sólo porque podíamos, sólo por querer violar la sierra, sólo por querer mirar a todo Santiago desde arriba.
Irónicamente, la Domi discrepó de la idea y calificó a la vieja de loca, o algo así, pero me dijo que iba a leer el libro. El Ramón, por su parte, reafirmó un poco lo que yo pensaba.
Íbamos en esa conversación cuando llegamos a la cumbre del famoso Provincia. Desde ahí se veían majestuosos los cerros Del Medio, Alvarado, Manquehue, Calán, Apoquindo y quizás se me escapa alguno. Realmente es sublime la vista desde ese lugar. Se ve fundamentalmente la parte noreste de la capital, pero la vista es impagable.
En la tarde nos dedicamos a cocinar algo y a armar el campamento. Era tarde para poder seguir, porque el paso calmado de ascenso hizo que llegáramos un poco más tarde de lo pensado. Yo había estado en algunos lugares notables para relajarse y observar las cosas, pero ninguno tan especialmente bello como éste. Y lo mejor era que aun quedaba mucho más recorrido, porque sólo llevábamos cerca de un cuarto de la sierra, aquí soltamos la lengua y conversamos de algunas cosas profundas, como se hace en todo viaje.
De todas maneras, el pensamiento y la discusión con mis compañeros de viaje me había dejado medio mal. No por el tono, sino que por la significancia de lo que estábamos haciendo.
Al otro día fui sorpresivamente el primero en despertarme. Noté que era aún de noche y el reloj me marcaba un par de minutos antes de las 8 de la mañana. Me vestí rápidamente y salí a hervir agua y prepararme para ver el amanecer al otro lado de la cordillera. El ruido que hice, supongo, despertó al Ra, que me fue a acompañar en un espectáculo poco común para muchos.
Despertamos a la Domi, tomamos desayuno y partimos cerca de las 9 rumbo a la cumbre más alta: El Cerro de Ramón. En el camino seguimos dándole vuelta a la cuestión de ser unos cabritos estresados y etcétera.
La llegada al Morro del Tambor fue casi una sorpresa, el tiempo se me pasó volando, mayormente porque el camino es bastante cómodo, aunque corría un poco de viento. La conversa en este tramo fue silenciosa justamente porque corría el viento.
Aun así, la caminata fue muy agradable, el silencio es cómodo cuando hay algo que lo apacigua. De igual modo que el río puede emitir calma cuando el ánimo lo permite, el viento cordillerano puede hacer lo mismo con el viaje. En este momento que es de los mejores para la reflexión fue cuando dejé de sentir compasión por mí mismo: el ser humano necesita ocio y espacios para la distracción. Algunos van al parque, algunos van a la playa, algunos se toman chelas en el bella, algunos suben el San Cristóbal en bicicleta, algunos cruzan el Salar de Uyuni, y otros como nosotros cruzamos la Sierra de Ramón. Qué de malo puede haber en eso? Es condenable querer cruzar una sierra y querer admirar la mezcla naturaleza-hombre entre Santiago y sus cerros?
Es condenable querer ir a la altura y admirar el paisaje montañoso?
Eran como las doce y cuarto y estábamos en la cima del Tambor. Transmití mis reflexiones a mis compañeros montañistas y la Domi dió en el clavo: el asunto de la violación (en el sentido que en este texto he expuesto) no es del hombre, sino que del ser humano, todo aquello de lo que De Beauvoir habla no le es inherente al hombre. Probablemente es un hecho histórico que los hombres han sido así con la superioridad en general: el superior posee al inferior. Nosotros desde la montaña poseemos la ciudad de Santiago y su imponente Sierra. Empero, entre nosotros hay también una mujer, ella también está con nosotros, ella también está violando la montaña, ella también se hace dueña de todo lo que nosotros poseemos. No son sólo los hombres los que poseen a las mujeres en el acto sexual, sino que también es a la inversa. O al menos así debería ser.
Derretimos un poco de nieve para el camino al Ramón. La vista era buena, pero no excelente como en el Provincia, así que no nos quedamos mucho rato. Nos fumamos unos cigarros mirando el paisaje, después nos comimos unos pancitos y partimos rumbo al Ramón apertrechados de agua para el camino.
Hacia el Ramón el camino nos perdonó un poquito más, sin mucho viento y una temperatura agradable para la altura a la que estábamos, así que nos fuimos echando la talla y felices caminando por la "meseta" que hay en el tramo. Es raro en este tramo mirar hacia el sur y ver "el patio trasero" de Santiago, con su cordillera aún más imponente que lo que la Sierra ofrece a la ciudad.
Desde el Ramón la vista es francamente sobrecogedora, la disminución de esmog durante el verano hace la vista un poco mejor de lo que -supongo- sería en invierno sin lluvias. Alcanzamos a ver el cerro la Cruz desde donde estábamos, pero decidimos no ir, porque estábamos un poco atrasados debido al viento camino al Tambor.
En la cima les saqué una foto a la Domi con el Ramón. Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de esta famosa sierra, estábamos felices y llenos de energía, éramos jóvenes y teníamos toda la vida por delante. Un día el papá de la Domi nos contó que leyó un libro de un viejo que no recuerdo (Neruda, quizás?) que decía que si tuviera que cambiar algo de su vida, definitivamente haría más cosas por su vida y agotaría su juventud. Pues bien, nosotros estábamos construyendo nuestras vidas de modo que no tuviésemos este tipo de arrepentimientos, gastando nuestras energías, buscando nuevos rumbos y tratando de deleitar nuestros ojos con lo que Santiago nos ofrecía.
La Domi en esta foto sale muy bonita, la normal forma cóncava hacia abajo de su boca no se nota, el viento le echa su pelo relativamente largo hacia atrás y sonríe mientras abraza a mi mejor amigo que extrañamente también toma una buena foto, se le ve contento y feliz por estar ahí con nosotros.
Seguimos después camino al Punta de Damas. Este camino es como las huevas, lleno de rocas y con peligro de caidas debido a las pendientes que el filo forma. No hubo mucho tiempo para conversar ni reflexionar, pues naturalmente la conciencia la tienes puesta en no sacarte la mierda y salir vivo de ese lugar. Mientras avanzábamos por el implacable camino el sol se iba acercando al oeste y formó una imagen maravillosa: El antecrepúsculo era ineluctable y el cielo lo anunciaba con su color rojo tendiendo a rosado. Tampoco es que hubiese mucho tiempo para admirar el asunto, porque había que llegar rápido al Punta de Damas para armar el campamento, así que seguimos, con el Ramón marcando el sendero, la Domi en medio y yo atrás.
Armamos el campamento, ya cansados de tanto caminar y nos dedicamos a conversar de temas académicos, a enseñar y aprender de Derecho y Medicina, y a proyectarnos como futuros profesionales. Al Ramón le gustaba el derecho penal, a mí el derecho laboral y a la Domi la endocrinología. Extraño tema para conversar en la noche cordillerana, pero así fue. Nos tomamos cada uno una lata de cerveza, nos fumamos un par de cigarros y nos fuimos a dormir.
Al otro día nos levantamos bien temprano casi los tres al mismo tiempo y aún de noche para iniciar lo que sería el día más largo de esta travesía. Desayunamos un par de pancitos y partimos camino al Minillas.
Iniciamos la caminata por un pseudo-sendero bien generoso comparado con el último tramo del día anterior sin saber que nos esperaba un día de melancolía y/o nostalgia extrema. Todo empezó al ver el amanecer camino a la última cumbre de esta expedición.
Corrían cuatro años desde que yo y el Ra entramos a estudiar derecho en la pontificia y cinco desde que la Domi entró a estudiar medicina en la casa de bello. Para armar un poco de contexto iré contando la historia de cada uno según tengo recuerdos de sus palabras e historias.
La Domi siempre ha sido una persona más bien extrovertida. De esas personas a las que a nadie puede caerle mal, de esas que no son el alma de la fiesta, pero deben estar, que son queridas. Hasta estos días todavía se junta con sus eternas amigas del colegio, con sus amigas médicas y aquellos que ha ido conociendo a lo largo de su vida. En el colegio siempre le fue bien, asunto que finalmente me atrajo de ella.
Sus días del colegio fueron bastante normales si se les compara con los míos. Es la misma historia vieja de los que estudian metódicamente para obtener logros académicos, recordaba ella sus días de tercero medio resolviendo ecuaciones cuadráticas y haciendo ejercicios de optimización por horas en el colegio mientras conversaba con cualquier compañero que estuviera cerca de la vida, o de lo que fuera. El tema no era tan difícil en ese entonces.
Al entrar a la U, en cambio, el asunto se pone cuesta arriba. El estudio requiere más tiempo de lo que exige un colegio, los temas pueden ser complicados y quizás requieren varias lecturas para poder digerir lo que las cosas significan. Existen ramos cortacabezas que te pueden llegar a dejar en un estado depresivo con facilidad y aprobarlos significa un alivio tremendo, atrás quedan los días en que se podía hacer deporte libremente, los días en que podías estudiar mientras hablabas con tus compañeros, los días en que la vida era fácil.
Ya habiendo pasado la mayoría de la carrera, sólo con un par de ramos y el internado por delante, la Domi había salido de los potenciales días de estrés de la universidad, estaba conmigo y ya el asunto académico era más cuesta abajo de lo que era cuesta arriba, y pasar por toda esa vorágine y llegar hasta este punto, donde podíamos ser libres y no tener mucho que perder por estar aquí era un logro. El arte de recordar depende mucho del estado anímico y de el entorno que te rodea. El estar cuesta abajo por sobre santiago supongo que la volvió romántica, o algo así, y la hizo acordarse de todo lo que ha pasado.
El Ramón, en cambio, era ese (no) estereotipo de persona que pocos hemos tenido la bendición de conocer. Es de esos que a los de afuera les parece que no les cuesta nada en la vida. Al contrario de la Domi, el Ra poco tiene de metódico y su proceso de estudio es más bien errático, aunque intenso.
Muchos proyectan sus dificultades y modo de vida sobre otros, pero pocas veces la gente se equivoca cuando dice que todos estamos cagados al menos en un aspecto de nuestras vidas. Si bien el Ramón es uno de los sujetos más impresionantemente inteligentes que conozco, durante este trayecto casi se desmorona. La búsqueda del amor es difícil para la mayoría, y mi amigo no es la excepción. Las cosas no son fáciles para los feos en los años de amores tempranos, y este es un asunto que puede llegar a traumar a cualquiera, porque todos llegamos a esta etapa en las (casi) mismas condiciones y en general con ninguna o pocas trabas en la mochila. Es el proceso de transformación de niño a hombre (también de niña-mujer) el que te puede aniquilar, el que te hace pensarte como un pelotudo, un incapaz, y cuántas otras cosas más.
Y la verdad es que el Ra era, aun con su escudo de persona antipática, una de las mejores personas que he conocido, porque los escudos finalmente cumplen la función de proteger de lo que hay atrás (que suele ser algo frágil). Camino abajo al Minillas nos contó la historia suya en el colegio, y no quiero, por respeto, contarla acá, pero quiero decir que me es difícil de entender, porque yo no sufro (ni sufrí) lo que él. Aunque eso es probablemente lo que explica su forma de ser.
Pero no olvidemos que el Ra finalmente conoció a la Lucía, una mujer que lo quiere más que la cresta, que lo siguió hasta el otro hemisferio del planeta.
Por último, con respecto a mí las cosas siempre fueron relativamente fáciles. No tenía muchos amigos del alma, pero no me faltaba la gente con quién conversar en el colegio. Mi sociabilidad siempre se vio mermada por el hecho de vivir en Talagante, de manera que pasaba gran tiempo de mis días viajando solo. Si no hubiese dedicado tanto tiempo diario a pensar no creo siquiera que habría entrado a la carrera, pero lo hice. El resto ustedes lo saben, la Sofía, la correspondencia, la sangre fría, el río, seguir viajando, el tren, la playa, el Plomo, etcétera.
Mi nostalgia en general es por la libertad de ir en el colegio. De la estabilidad que daba a mi vida, de lo difícil que era la U comparada con la época pingüina, de no sé. De mirar Santiago, de mirar el Maipo y sentir que me alejaba del Mapocho, de mirar a la Domi y al Ra y saber que los dos eran mis amigos del alma, que podíamos compartir momentos tan preciosos como el que vivíamos en el momento.
Al llegar al Minillas nos pusimos a llorar, pero estábamos felices, por tenernos en nuestras vidas, o qué se yo, la cosa terminó pareciendo final de teleserie con todos llorando. Miramos la zona sur de Santiago y nos emocionamos con las parcelas y fundos y divisiones de la tierra que se ven.
Seguimos más anímicamente calmados rumbo a la Hacienda el Peñón contando chistes gran parte del camino y agarrándonos pal hueveo, contando historias de patio de universidad y de barrio. Nos llegó el mediodía y tomamos un par de sopas que traíamos.
Finalmente seguimos por el tupido camino que nos lleva hacia la hacienda el peñón, aquí le sacamos algunas fotos a las aves del lugar. El camino fue más bien silencioso. La aventura llegaba a su final y estábamos cansados. Bueno, yo, al menos, porque no creo que la Domi y el Ra lo hayan estado tanto.
Llegamos a Las Vizcachas a eso de las 7 de la tarde de un Domingo. Llamamos a la mamá de la Domi y al poco tiempo llegó, nos invitó a tomar once en Las Vertientes, donde unos viejos que conocía, tomamos chocolate caliente y comimos kuchen, para reponer un poco el cansancio.
Después mi suegra nos llevó a mi casa por un camino bastante interesante. Nos fuimos por todo el Maipo, es decir, desde el Cajón del Maipo en dirección a Pirque-Alto Jahuel, de ahí a Buin en dirección a Maipo-Viluco, Cruzamos por Lonquén hacia Carampangue, pasamos Santa Ana de Trelbuco y finalmente nos llegamos al Mapocho en Talagante, para terminar en mi casa, allá en Solovera.
La mamá de la Domi siempre ha sido buena para hablar, y nos contaba de cómo era el sector de Buin-Maipo-Viluco antaño, y de la atrocidad de los hornos en Lonquén, del tren ahí en Carampangue y de que su mejor amiga de la vida vive ahí en Santa Ana de Trelbuco, y que iban a la playa, y tanto más que da para otra historia, porque esta me quedó larga.
Cuando llegamos a mi casa mis viejos nos recibieron bien, al otro día íbamos a ir a revelar las fotos. Después jugamos a las cartas por horas conversando de lo que el viaje significó, y de lo que había, y de que Santiago aquí y allá, etcétera.
Del Mapocho me crucé al Maipo, pero terminé volviendo al río que me ha visto desde chico y sin mentiras, el Mapocho.
sábado, 25 de julio de 2015
Divagando
La Sofía ya venía pasando a ser un capítulo anterior cuando me vino la necesidad de replantearme, de pensar en quién era yo, qué esperaba y para dónde iba con mi vida. Es en este período cuando empiezo a darme cuenta que el río siempre iba a formar parte de mí, parte de mi personalidad.
Siempre me ha parecido mágico el río, probablemente porque vivía cerca, así que siempre estaba escuchando su sonido. Es francamente increíble como ese ruido se adecúa al estado anímico de la persona que lo escucha. Si estás triste el río emite el sonido más lúgubre que jamás se pueda escuchar, Si estás alegre, el río te acompaña, es tu amigo, es la alegría. Si buscas silencio ni la cueva más recóndita se le compara al silencio que proporciona el río.
Así pasé mucho tiempo pensando en que el amor era complicado, esuché millones de historias entre mis compañeros de la U, me acordaba de la Sofía y, sobre todo, de esa cuando me llamó borracha. Por la chucha, que me dolió esa mierda. Por qué yo estaba hasta el carajo y ella no?
En fin, entre tanta meditación y tránsito entre Talagante y El Paico desde casi cualquier forma terrestre o anfibia (no alcancé a nadar, porque, bueno, no alcanza el nivel del río) empecé a replantearme el tema amoroso.
Lo primero era saber quién era yo mismo, y de lo tergiversado que puede llegar a ser, escribo el recuerdo de mis conclusiones.
Yo era un cabro bueno para levantarme temprano, desayunar y ducharme con calma en la mañana, amaba la lluvia y no me molestaba el frío del invierno. Me gustaban las bufandas, los gorros y los abrigos. En invierno me dedicaba la mayor parte de mi tiempo en tránsito desde mi vivienda hasta la capital en mirar los atuendos de la gente por la calle.
Por otro lado, no tenía mucha dificultad en conocer gente, pero tampoco facilidad, porque pasaba gran parte de mi tiempo solo viajando, o escuchando el río, o caminando por él, así que tenía bastante tiempo para pensar. Quizás era un muchacho racional, quizás no. Esta parte no la tengo muy clara, porque a pesar de que gastaba mucha parte de mi tiempo en pensar cosas, el contexto cambia cuando te enfrentas de verdad a las cosas sobre las que piensas. Así que era racional la mayor parte del tiempo. Por eso fue que lo de la Sofía me marcó y me destrozó en cierto modo. Yo casi pensaba lo mismo, pero mis emociones me traicionaron.
Después, tenía que saber qué buscaba yo del amor, qué quería, cómo imaginaba que iba a terminar.
Antes de empezar todo esto quiero enfatizar que yo era el cabro más platónico que pueda recordar. Todo el día imaginando cosas, pensando cómo iba a ser mi vida, pensando todo el tiempo, sin jamás mover siquiera una célula mía para que las cosas que yo quería pasaran.
Si me hubieran preguntado por mis expectativas, ellas eran casi inexistentes. Yo casi esperaba que la obligación de ver a alguien todos los días en la U o en el colegio me llevara a una relación inesperada con alguna desventurada a la que le llamara la atención. El asunto con la Sofía había sido parecido, fue ella la que me buscaba, la que generó mi primera movida. Sin esfuerzo llegué a esa relación, que no olvidemos que devino en infelicidad.
Y así esperé en vano en la U conocer a alguien. Pero la cuestión siempre es diferente a lo que uno piensa. La compañera de mis sueños nunca llegó, no hubo romance, no existió persecución de felicidad, no llegó la mujer fuerte y estudiosa que yo quería conocer. La realidad me aterrizó de una manera que inefable sería poco decir.
Si me hubieran preguntado por lo etéreo y efímero, hubiese preferido una morena alta con nombre español que supiera el valor del trabajo, que supiera lo que cuesta ganarse un poroto. Hubiese preferido saltarme el principio, y llegar al final, tener una relación rutinaria donde no me costara nada, donde no hubiese tenido la necesidad de gastar energía.
En esa parada estaba cuando partí en dirección al litoral buscando encontrarme conmigo mismo, cuando renuncié a toda la cantinela que acabo de describir. Decidí que toda esa basura no lleva a nada, y me la jugué, y quise hacer algo de mi mismo.
Lo que siguió fue una de las épocas más intensamente aterrorizantes que he vivido, y sospecho que para la Domi también lo fue, porque le notaba su voz temblorosa las primeras veces que hablábamos por teléfono, pero con el riesgo gigante que tomé, también vino un gran premio.
Después de eso paseamos los dos juntos por el Mapocho, y a veces también por el Maipo, que queda un poco más cerca de su casa. Y el río nos acompaña siempre. Tomando decisiones y pensando lo que la vida nos depara.
Siempre me ha parecido mágico el río, probablemente porque vivía cerca, así que siempre estaba escuchando su sonido. Es francamente increíble como ese ruido se adecúa al estado anímico de la persona que lo escucha. Si estás triste el río emite el sonido más lúgubre que jamás se pueda escuchar, Si estás alegre, el río te acompaña, es tu amigo, es la alegría. Si buscas silencio ni la cueva más recóndita se le compara al silencio que proporciona el río.
Así pasé mucho tiempo pensando en que el amor era complicado, esuché millones de historias entre mis compañeros de la U, me acordaba de la Sofía y, sobre todo, de esa cuando me llamó borracha. Por la chucha, que me dolió esa mierda. Por qué yo estaba hasta el carajo y ella no?
En fin, entre tanta meditación y tránsito entre Talagante y El Paico desde casi cualquier forma terrestre o anfibia (no alcancé a nadar, porque, bueno, no alcanza el nivel del río) empecé a replantearme el tema amoroso.
Lo primero era saber quién era yo mismo, y de lo tergiversado que puede llegar a ser, escribo el recuerdo de mis conclusiones.
Yo era un cabro bueno para levantarme temprano, desayunar y ducharme con calma en la mañana, amaba la lluvia y no me molestaba el frío del invierno. Me gustaban las bufandas, los gorros y los abrigos. En invierno me dedicaba la mayor parte de mi tiempo en tránsito desde mi vivienda hasta la capital en mirar los atuendos de la gente por la calle.
Por otro lado, no tenía mucha dificultad en conocer gente, pero tampoco facilidad, porque pasaba gran parte de mi tiempo solo viajando, o escuchando el río, o caminando por él, así que tenía bastante tiempo para pensar. Quizás era un muchacho racional, quizás no. Esta parte no la tengo muy clara, porque a pesar de que gastaba mucha parte de mi tiempo en pensar cosas, el contexto cambia cuando te enfrentas de verdad a las cosas sobre las que piensas. Así que era racional la mayor parte del tiempo. Por eso fue que lo de la Sofía me marcó y me destrozó en cierto modo. Yo casi pensaba lo mismo, pero mis emociones me traicionaron.
Después, tenía que saber qué buscaba yo del amor, qué quería, cómo imaginaba que iba a terminar.
Antes de empezar todo esto quiero enfatizar que yo era el cabro más platónico que pueda recordar. Todo el día imaginando cosas, pensando cómo iba a ser mi vida, pensando todo el tiempo, sin jamás mover siquiera una célula mía para que las cosas que yo quería pasaran.
Si me hubieran preguntado por mis expectativas, ellas eran casi inexistentes. Yo casi esperaba que la obligación de ver a alguien todos los días en la U o en el colegio me llevara a una relación inesperada con alguna desventurada a la que le llamara la atención. El asunto con la Sofía había sido parecido, fue ella la que me buscaba, la que generó mi primera movida. Sin esfuerzo llegué a esa relación, que no olvidemos que devino en infelicidad.
Y así esperé en vano en la U conocer a alguien. Pero la cuestión siempre es diferente a lo que uno piensa. La compañera de mis sueños nunca llegó, no hubo romance, no existió persecución de felicidad, no llegó la mujer fuerte y estudiosa que yo quería conocer. La realidad me aterrizó de una manera que inefable sería poco decir.
Si me hubieran preguntado por lo etéreo y efímero, hubiese preferido una morena alta con nombre español que supiera el valor del trabajo, que supiera lo que cuesta ganarse un poroto. Hubiese preferido saltarme el principio, y llegar al final, tener una relación rutinaria donde no me costara nada, donde no hubiese tenido la necesidad de gastar energía.
En esa parada estaba cuando partí en dirección al litoral buscando encontrarme conmigo mismo, cuando renuncié a toda la cantinela que acabo de describir. Decidí que toda esa basura no lleva a nada, y me la jugué, y quise hacer algo de mi mismo.
Lo que siguió fue una de las épocas más intensamente aterrorizantes que he vivido, y sospecho que para la Domi también lo fue, porque le notaba su voz temblorosa las primeras veces que hablábamos por teléfono, pero con el riesgo gigante que tomé, también vino un gran premio.
Después de eso paseamos los dos juntos por el Mapocho, y a veces también por el Maipo, que queda un poco más cerca de su casa. Y el río nos acompaña siempre. Tomando decisiones y pensando lo que la vida nos depara.
domingo, 19 de julio de 2015
430
Se ve el crepúsculo, el maldito ocaso. Hace más frío que la reconchetumadre y estoy metido en ese tete que es avanzar por la ciudad en una micro en hora punta de un día de semana por Barnechea.
Llegué a esta situación por tener que ir a huevear a La Dehesa a una clínica porque tenía la rodilla mala. No es difícil entender y saber que la vuelta desde ese lugar hasta un punto más o menos cercano al centro es un culo. Demasiadas combinaciones, demasiado tiempo, demasiado caminar, demasiado frío, demasiada humedad, demasiadas hojas caídas de árboles lindantes con el camino, o cualquier (mejor) excusa que estoy seguro que ustedes se las arreglarán para inventar hacen que la vuelta sea tortuosa. Así que decido ver si tengo suerte y que una 426 me lleve directo al centro de vuelta.
No tuve suerte.
Como era hora punta, había cerca de 10 micros esperando su horario de salida, y como ya había tomado la famosa 426 por llegar hasta ahí me vi en la obligación de abordar cualquier otra cosa que pasara por ahí. Mi error de cálculo además me llevaba a pagar un pasaje más.
Mala onda.
El lugar lo recuerdo bien, había pasado cerca de ahí con mi amigo Pipe un día que subimos hasta San Carlos y volvimos por Barnechea viéndonos obligados a pasar por el Pueblito de Barnechea. Este recorrido partía casi al final del pueblo. En el límite de las casas de gente normal con las casas de gente, bueno, anormal.
Abordo finalmente esta línea por primera vez para aventurarme en la batalla por llegar a mi casa. La micro cada vez se llena más, hasta que llegamos al cruce del río Mapocho cerca de Cantagallo, en el límite comunal con Las Condes, y recuerdo un momento en que pensé (probablemente sólo para mí) que la situación era sublime: Después del Río (hacia las Condes) hay una pequeña subida, con el ineluctable ocaso y la próxima venida de la noche veo una micro bajar hacia el otro lado, con sus luces interiores a medio encender y el infaltable letrero que ilumina todo "426 LA DEHESA". Iba llena, como si fuera el último bus que por ese día va a pasar por ahí, me acordé de una entrada que escribí hace ya algún tiempo sobre el fenómeno de las micros en las noches y calles vacías o poco transitadas.
Después de esa pseudo epifanía que tuve dejé de patear la perra por tener que pagar otro pasaje y decidí disfrutar del viaje por la ciudad en vez de amurrarme por $210.
Para los que no saben. La 430 va en dirección a Quilicura dando opción a la gente de esta comuna llegar rápidamente a los sectores de oriente profundo (cota 800-900) en Santiago, por lo que para hacer esto (rápidamente) se ve en la "obligación" del Túnel San Cristóbal. Y como tenía ganas de viajar, pero no tanto tiempo, decidí bajarme en el Metro Alcántara y decidir mi viaje desde ahí.
Aproveché de cargar la tarjeta bip y observar un poco la ropa de las minas (en general puras viejas) que pasaban por ahí hasta que decidí hacer el viejo eje Los Leones - Macul - Grecia - Matta.
En el eje Grecia-Matta siempre han circulado buenas minas, no sé por qué.
Llegué a esta situación por tener que ir a huevear a La Dehesa a una clínica porque tenía la rodilla mala. No es difícil entender y saber que la vuelta desde ese lugar hasta un punto más o menos cercano al centro es un culo. Demasiadas combinaciones, demasiado tiempo, demasiado caminar, demasiado frío, demasiada humedad, demasiadas hojas caídas de árboles lindantes con el camino, o cualquier (mejor) excusa que estoy seguro que ustedes se las arreglarán para inventar hacen que la vuelta sea tortuosa. Así que decido ver si tengo suerte y que una 426 me lleve directo al centro de vuelta.
No tuve suerte.
Como era hora punta, había cerca de 10 micros esperando su horario de salida, y como ya había tomado la famosa 426 por llegar hasta ahí me vi en la obligación de abordar cualquier otra cosa que pasara por ahí. Mi error de cálculo además me llevaba a pagar un pasaje más.
Mala onda.
El lugar lo recuerdo bien, había pasado cerca de ahí con mi amigo Pipe un día que subimos hasta San Carlos y volvimos por Barnechea viéndonos obligados a pasar por el Pueblito de Barnechea. Este recorrido partía casi al final del pueblo. En el límite de las casas de gente normal con las casas de gente, bueno, anormal.
Abordo finalmente esta línea por primera vez para aventurarme en la batalla por llegar a mi casa. La micro cada vez se llena más, hasta que llegamos al cruce del río Mapocho cerca de Cantagallo, en el límite comunal con Las Condes, y recuerdo un momento en que pensé (probablemente sólo para mí) que la situación era sublime: Después del Río (hacia las Condes) hay una pequeña subida, con el ineluctable ocaso y la próxima venida de la noche veo una micro bajar hacia el otro lado, con sus luces interiores a medio encender y el infaltable letrero que ilumina todo "426 LA DEHESA". Iba llena, como si fuera el último bus que por ese día va a pasar por ahí, me acordé de una entrada que escribí hace ya algún tiempo sobre el fenómeno de las micros en las noches y calles vacías o poco transitadas.
Después de esa pseudo epifanía que tuve dejé de patear la perra por tener que pagar otro pasaje y decidí disfrutar del viaje por la ciudad en vez de amurrarme por $210.
Para los que no saben. La 430 va en dirección a Quilicura dando opción a la gente de esta comuna llegar rápidamente a los sectores de oriente profundo (cota 800-900) en Santiago, por lo que para hacer esto (rápidamente) se ve en la "obligación" del Túnel San Cristóbal. Y como tenía ganas de viajar, pero no tanto tiempo, decidí bajarme en el Metro Alcántara y decidir mi viaje desde ahí.
Aproveché de cargar la tarjeta bip y observar un poco la ropa de las minas (en general puras viejas) que pasaban por ahí hasta que decidí hacer el viejo eje Los Leones - Macul - Grecia - Matta.
En el eje Grecia-Matta siempre han circulado buenas minas, no sé por qué.
viernes, 10 de julio de 2015
Una semana significativa
Hablo de este semestre culeado que te dan para estudiar para el grado.
Recuerdo esta semana no sé si con especial cariño u odio, pero más que por esas dos cosas, por lo significativa que fue para mí. Ya íbamos por el final de Junio, el Ramón se había ido. La Domi tenía un turno de mierda en el Hospital. De 4 a 2 (de la mañana) o algo así. Mi horario de sueño estaba -naturalmente- desfasado, así que la iba a dejar al hospital a regañadientes y con una pinta que no quiero ni recordar.
Por supuesto, en este semestre se estudia más que nunca, pero no puedo sostener que el estudio es constante y con frecuencia fija sin empezar a sonar cínico. Todos lo que han pasado por algún proceso parecido lo saben, sobre todo mis colegas de la Chile, que además del grado tienen que hacer su tesis.
En fin, íbamos en la última semana de Junio y había estudiado poco. Me pasaba el día entre ver películas, comer sandwiches, escuchar música "espacial" o algo así. Con la Domi estábamos en el punto en el que las cosas empiezan a empeorar y vienen las pintadas de monos, ese tipo de hueás. El Domingo anterior a esa semana había retomado el estudio. Partí con Procesal, porque lo pasé, pero apenas, y no me acordaba de niuna huevá.
En fin, el partir siempre es la parte más difícil, y cuando estás en medio de la cuestión si tienes tiempo se vuelve re fácil, e intenso al mismo tiempo, de manera que también te sientes super cansado. Y al final lo único que te salva es una chelita.
Siguió la semana, yo estaba en la trancisión de Procesal y Penal, haciendo un poco el juego entre las dos cosas, para avanzar más rápido. Arreglé mi desfase horario, dejé de comer como las huevas y partía todos los días a la biblioteca a estudiar bien temprano, de manera que no pude ir ningún día a dejar (ni a buscar) a la Domi.
Menos mal que no tenía problemas en andar sola por la calle.
Así y todo, las cosas siguieron empeorando, porque pasamos de la fase de "no haces niuna hueá, flojo culiao" a "ya no tienes tiempo para mí porque pasas puro estudiando". Por supuesto, todos sabemos que esta hueá deviene ineluctablemente en "te farreaste todo el semestre (año) y ahora andas todo apurado haciendo lo que no hiciste antes".
Así que ese jueves me puse a pensar en qué era yo en la media, o cuando entré a la U. Pensé en mis sueños, en mis ambiciones y me di cuenta que no quería este tipo de vida. Yo a esta altura iba a ser un tipo más bien metódico, sin problemas con la Universidad y con tiempo para todo. Nunca me imaginé siendo brujeado de la manera en la que estaba en ese tiempo, nunca me imaginé que iba a estar hasta el cogote de asustado con un examen que mataba y mató a muchos a su paso.
El viernes anduve bien esquivo, porque quería pensar en las cosas, y el estudio me servía de distracción. No sé si en alguna época de mi vida habré estado tan concentrado como en ese momento, no me costaba enfocarme, no había absolutamente nada que me pudiera perturbar mientras pensaba o estudiaba. Era como si súbitamente todo lo pudiera entender, me sentía como el Ra, como si el examen fuera una estupidez, la prueba más fácil del mundo ante mí.
El sábado contrapuse las cosas, llamé a mis viejos para contarles mi dilema actual: lo típico, expectativas versus realidad. Me explicaron algunas cosas, pero no me hicieron caer la teja, así que me despedí y seguí pensando.
Cerca de la 1 de la mañana salí a caminar para despejar la mente del estudio y de la Domi. Veía pasar las micros en la noche con la gente "contenta", hasta que en un momento pasó una con un viejo mirándo al vacío por la ventana, y me acordé de mi viaje, de las dudas, de cómo estaba, y caché que toda esta pelea era necesaria e innecesaria a la vez. Me acordé de cómo yo miraba al vacío en el tren, me acordé de su cara de tristeza que tanto me gusta, y partí a buscarla al Jota.
Nos fuimos caminando. Desde ese momento supe que ya era abogado, y que el examen iba a ser un mero trámite. No lo fue, pero la confianza que me dió ese paseo era justo lo que necesitaba para sacarme tanto estrés de encima, y de mi polola también.
Recuerdo esta semana no sé si con especial cariño u odio, pero más que por esas dos cosas, por lo significativa que fue para mí. Ya íbamos por el final de Junio, el Ramón se había ido. La Domi tenía un turno de mierda en el Hospital. De 4 a 2 (de la mañana) o algo así. Mi horario de sueño estaba -naturalmente- desfasado, así que la iba a dejar al hospital a regañadientes y con una pinta que no quiero ni recordar.
Por supuesto, en este semestre se estudia más que nunca, pero no puedo sostener que el estudio es constante y con frecuencia fija sin empezar a sonar cínico. Todos lo que han pasado por algún proceso parecido lo saben, sobre todo mis colegas de la Chile, que además del grado tienen que hacer su tesis.
En fin, íbamos en la última semana de Junio y había estudiado poco. Me pasaba el día entre ver películas, comer sandwiches, escuchar música "espacial" o algo así. Con la Domi estábamos en el punto en el que las cosas empiezan a empeorar y vienen las pintadas de monos, ese tipo de hueás. El Domingo anterior a esa semana había retomado el estudio. Partí con Procesal, porque lo pasé, pero apenas, y no me acordaba de niuna huevá.
En fin, el partir siempre es la parte más difícil, y cuando estás en medio de la cuestión si tienes tiempo se vuelve re fácil, e intenso al mismo tiempo, de manera que también te sientes super cansado. Y al final lo único que te salva es una chelita.
Siguió la semana, yo estaba en la trancisión de Procesal y Penal, haciendo un poco el juego entre las dos cosas, para avanzar más rápido. Arreglé mi desfase horario, dejé de comer como las huevas y partía todos los días a la biblioteca a estudiar bien temprano, de manera que no pude ir ningún día a dejar (ni a buscar) a la Domi.
Menos mal que no tenía problemas en andar sola por la calle.
Así y todo, las cosas siguieron empeorando, porque pasamos de la fase de "no haces niuna hueá, flojo culiao" a "ya no tienes tiempo para mí porque pasas puro estudiando". Por supuesto, todos sabemos que esta hueá deviene ineluctablemente en "te farreaste todo el semestre (año) y ahora andas todo apurado haciendo lo que no hiciste antes".
Así que ese jueves me puse a pensar en qué era yo en la media, o cuando entré a la U. Pensé en mis sueños, en mis ambiciones y me di cuenta que no quería este tipo de vida. Yo a esta altura iba a ser un tipo más bien metódico, sin problemas con la Universidad y con tiempo para todo. Nunca me imaginé siendo brujeado de la manera en la que estaba en ese tiempo, nunca me imaginé que iba a estar hasta el cogote de asustado con un examen que mataba y mató a muchos a su paso.
El viernes anduve bien esquivo, porque quería pensar en las cosas, y el estudio me servía de distracción. No sé si en alguna época de mi vida habré estado tan concentrado como en ese momento, no me costaba enfocarme, no había absolutamente nada que me pudiera perturbar mientras pensaba o estudiaba. Era como si súbitamente todo lo pudiera entender, me sentía como el Ra, como si el examen fuera una estupidez, la prueba más fácil del mundo ante mí.
El sábado contrapuse las cosas, llamé a mis viejos para contarles mi dilema actual: lo típico, expectativas versus realidad. Me explicaron algunas cosas, pero no me hicieron caer la teja, así que me despedí y seguí pensando.
Cerca de la 1 de la mañana salí a caminar para despejar la mente del estudio y de la Domi. Veía pasar las micros en la noche con la gente "contenta", hasta que en un momento pasó una con un viejo mirándo al vacío por la ventana, y me acordé de mi viaje, de las dudas, de cómo estaba, y caché que toda esta pelea era necesaria e innecesaria a la vez. Me acordé de cómo yo miraba al vacío en el tren, me acordé de su cara de tristeza que tanto me gusta, y partí a buscarla al Jota.
Nos fuimos caminando. Desde ese momento supe que ya era abogado, y que el examen iba a ser un mero trámite. No lo fue, pero la confianza que me dió ese paseo era justo lo que necesitaba para sacarme tanto estrés de encima, y de mi polola también.
lunes, 8 de junio de 2015
Noche
Comienza a entrar la noche. Mañana tengo examen de Procesal. Para ser franco, estoy tranquilo y no me molesta adentrarme en el monstruo nocturno. Ya he pasado noches ocupado y muchas muchas no tan ocupado con asuntos académicos. Estoy acostumbrado, así que no tengo miedo.
Los apuntes avanzan a una velocidad promedio, no tengo muchas ganas de seguir leyendo. De todas maneras, me ha ido bien en el ramo y tengo confianza, porque sé la materia, así que no estoy urgido por seguir leyendo.
Entre lecturas y lecturas ya son las 1 AM, el café me acompaña y mi boca huele como la mierda, me tomo un pequeño descanso, bajo con la idea de ir al "Gardelito" a comprar una empanada y algunas papas fritas para matar el hambre y la ansiedad. En el descenso compruebo que no hacía tanto frío como yo pensaba, pero está lloviendo, así que me veo obligado a subir a buscar un paraguas.
Es Julio, y ha llovido bastante en el último tiempo. Fenómeno sublime, pienso, pero esta lluvia de hoy parece que da para mucho rato, Carmen ya es un río y me cuesta cruzar la calle, al dar el salto para cruzar el mini río que se formó piso mal y quedo con los zapatos mojados.
No hago otra cosa que gritar "Conchetumadre" en voz baja. No importa, porque de cualquier manera no hay gente en la calle, después de todo nadie sale a pasear bajo la lluvia un martes de Julio en Santiago. Sobre todo cuando llueve a cántaros, como hoy.
A Don Pedro le compro lo pensado y una pequeña petaca de pisco barato, para matar el frío y quizás alguna otra cosa que me pase.
Cuando llego a la casa me saco los zapatos y calcetines mojados para pasar a dejar el paraguas. Por la cresta que están mal diseñadas las casas en esta ciudad para la lluvia. No se puede entrar a una casa sin tener que dejar todo mojado.
En fin, el estudio sigue. La frase "Normas Procesales" se apodera de mi cabeza, tanto así que las palabras empiezan a sonar raro de tanto repetirlas. Cerca de las 2:30 me llega un mensaje del Diego, que me pregunta si estoy estudiando. Le respondo que sí, pero que no tengo idea de nada. No tengo ganas de explicar nada por Messenger, de todas maneras le propongo que nos juntemos a las 7:30 en mi casa para repasar todo.
Sigo leyendo y leyendo, ya la velocidad de lectura es muy inferior al promedio. Me siento cansado y sin ganas de mucho. Estoy solo, como muchas veces he estado. Por alguna razón prefiero la soledad, no quiero abandonarla, porque así me siento sin miedo, o qué se yo. No entiendo por qué prefiero estar así que de otra forma.
Son las 4:50. El sueño me mata, afuera sigue lloviendo incesantemente. Voy a tomar una ducha, para ver si se me pasa.
No se me pasó el sueño, así que decido preparar un mate mientras sigo leyendo y leyendo, parece que estoy de vuelta. Ahora leo más rapido, pero no por eso aprehendo lo que leo. De todas maneras, ya lo sabía.
Ya empieza a amanecer y llega el Diego con cara de poto, parecida a la que debo tener, pero no quiero ir a mirarme en el espejo.
Mientras estudiamos me doy cuenta que estamos listos para pasar el ramo. Así que nos dirigimos a la panadería en Lira para comprar desayuno. Buenos panes con mortadela y aún más té.
A las 9:40 partimos a la facultad. El cielo está negro y sigue lloviendo a cántaros, mis zapatos todavía están húmedos. Maldita sea.
El examen es oral y dura cerca de 20 minutos. Al Diego le toca justo después que yo. Aquí voy. Hurtado me tiene buenas, así que estoy de suerte.
Salgo confiado y el Diego parece que se va a quebrar de los nervios.
-Tranquilo, huevón. Estai listo pa pasar.
-Sí, sí.
[......]
Finalmente, ambos pasamos el ramo.
----
Este es un extracto de un cuaderno que me regaló el Ramón. Por la cresta que estaba nervioso cuando dí ese examen.
Los apuntes avanzan a una velocidad promedio, no tengo muchas ganas de seguir leyendo. De todas maneras, me ha ido bien en el ramo y tengo confianza, porque sé la materia, así que no estoy urgido por seguir leyendo.
Entre lecturas y lecturas ya son las 1 AM, el café me acompaña y mi boca huele como la mierda, me tomo un pequeño descanso, bajo con la idea de ir al "Gardelito" a comprar una empanada y algunas papas fritas para matar el hambre y la ansiedad. En el descenso compruebo que no hacía tanto frío como yo pensaba, pero está lloviendo, así que me veo obligado a subir a buscar un paraguas.
Es Julio, y ha llovido bastante en el último tiempo. Fenómeno sublime, pienso, pero esta lluvia de hoy parece que da para mucho rato, Carmen ya es un río y me cuesta cruzar la calle, al dar el salto para cruzar el mini río que se formó piso mal y quedo con los zapatos mojados.
No hago otra cosa que gritar "Conchetumadre" en voz baja. No importa, porque de cualquier manera no hay gente en la calle, después de todo nadie sale a pasear bajo la lluvia un martes de Julio en Santiago. Sobre todo cuando llueve a cántaros, como hoy.
A Don Pedro le compro lo pensado y una pequeña petaca de pisco barato, para matar el frío y quizás alguna otra cosa que me pase.
Cuando llego a la casa me saco los zapatos y calcetines mojados para pasar a dejar el paraguas. Por la cresta que están mal diseñadas las casas en esta ciudad para la lluvia. No se puede entrar a una casa sin tener que dejar todo mojado.
En fin, el estudio sigue. La frase "Normas Procesales" se apodera de mi cabeza, tanto así que las palabras empiezan a sonar raro de tanto repetirlas. Cerca de las 2:30 me llega un mensaje del Diego, que me pregunta si estoy estudiando. Le respondo que sí, pero que no tengo idea de nada. No tengo ganas de explicar nada por Messenger, de todas maneras le propongo que nos juntemos a las 7:30 en mi casa para repasar todo.
Sigo leyendo y leyendo, ya la velocidad de lectura es muy inferior al promedio. Me siento cansado y sin ganas de mucho. Estoy solo, como muchas veces he estado. Por alguna razón prefiero la soledad, no quiero abandonarla, porque así me siento sin miedo, o qué se yo. No entiendo por qué prefiero estar así que de otra forma.
Son las 4:50. El sueño me mata, afuera sigue lloviendo incesantemente. Voy a tomar una ducha, para ver si se me pasa.
No se me pasó el sueño, así que decido preparar un mate mientras sigo leyendo y leyendo, parece que estoy de vuelta. Ahora leo más rapido, pero no por eso aprehendo lo que leo. De todas maneras, ya lo sabía.
Ya empieza a amanecer y llega el Diego con cara de poto, parecida a la que debo tener, pero no quiero ir a mirarme en el espejo.
Mientras estudiamos me doy cuenta que estamos listos para pasar el ramo. Así que nos dirigimos a la panadería en Lira para comprar desayuno. Buenos panes con mortadela y aún más té.
A las 9:40 partimos a la facultad. El cielo está negro y sigue lloviendo a cántaros, mis zapatos todavía están húmedos. Maldita sea.
El examen es oral y dura cerca de 20 minutos. Al Diego le toca justo después que yo. Aquí voy. Hurtado me tiene buenas, así que estoy de suerte.
Salgo confiado y el Diego parece que se va a quebrar de los nervios.
-Tranquilo, huevón. Estai listo pa pasar.
-Sí, sí.
[......]
Finalmente, ambos pasamos el ramo.
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Este es un extracto de un cuaderno que me regaló el Ramón. Por la cresta que estaba nervioso cuando dí ese examen.
martes, 19 de mayo de 2015
Olvidando a la Sofía en Isla de Maipo
Esta es una historia de colegio.
Con la Sofía pololeamos cerca de un año y medio. Los dos éramos mojigatos y hogareños, la época la recuerdo como si hubiese sido viejo, y en retrospectiva siento que no tenía energías, que estaba cansado todo el tiempo. Que no había nada que hacer, que los paseos a la Plaza o al río ya eran demasiado. Incluso ver el mítico tren era algo que me desgastaba.
La historia empezó en Segundo Medio, con el típico momento en el que te armas de valor, que te da miedo y tiritas y le dices finalmente: Oye, me gustas. Y por supuesto, ella te corresponde, y te sientes feliz, y la besas, y todo está bien en el universo.
Como describía antes, no hacíamos mucho. Yo vivía en Talagante, ella vivía en El Monte, estudiábamos en un colegio que ya no existe cerca de Agustinas con Brasil. Highland School o algo así creo que se llamaba. Por esos años estaba de moda ofender al Español cuando de poner nombres a escuelas se trata. Cosa de darse una vuelta por Avenida La Florida para confirmar lo que digo.
Y es que ni desde Talagante ni desde El Monte era muy agradable viajar a Santiago todos los días. El taco en Vicuña, después el taco en Pedro Aguirre Cerda para finalmente llegar al taco en el centro. Era horrible, y lo siguió siendo después cuando entré a la U.
Con la Sofía paseábamos de la Mano por el Barrio Brasil y el Yungay después de la escuela, y en los findes a veces nos juntabamos en mi casa o en la suya. Pero lo cierto es que siempre estábamos en la casa, y salíamos poco, y en realidad siento que no hacíamos nada, que todo era el amor, qué se yo. No me puedo mirar objetivamente en retrospectiva, porque he cambiado mucho desde aquellos tiempos.
Para contar la verdad, peleábamos poco y la relación parecía que era perfecta: cuando yo quería juntarme con mis amigos a jugar N64, Super Nintendo, o ir a jugar DDR a las maquinitas ella me dejaba que fuera sin poner problemas, y lo mismo hacía yo cuando ella salía con sus amigas a hacer quizás qué. Siempre me imaginé que se juntaban a maquillarse y a pelar, pero no sé. Sus amigas ni siquiera me caían mal, pero tampoco ansiaba conocerlas, porque por la cresta, cuando uno tiene esa edad, quién ansía conocer a las amigas de su polola?
O acaso ya estaba cagado desde entonces?
Un día me llamó a la casa y me dijo que fueramos al río a El Monte, la conversación fue muy breve, yo acepté. Nos juntamos en el puente y yo ya la veía que tenía mala cara, que venía mal, que estaba seria, que venía decidida. Lo que no sabía era lo que había decidido.
Y sin chistar, yo mirando el río y ella con mis manos entre las suyas me dijo que se acabó, que ya no quería que siguieramos, porque no había diversión entre nosotros, que no salíamos juntos a ninguna parte, que no conocíamos a gente en común, que éramos demasiado iguales para estar juntos, que me deseaba lo mejor, que le dolía tener que hacer lo que hizo, pero que ya había tomado la decisión.
Eran las 16:15, o algo así, de una tarde de Noviembre. Yo me quedé mudo y ella se fue casi de inmediato, como si supiera de antemano que yo no iba a responder, que me iba a quedar mudo. Me quedé mirando el río hasta las 8 de la tarde y me fui caminando a mi casa. Llegué tarde y no quise hablar con nadie.
En los examenes de tercero medio me fue como el forro, no porque no supiera lo que me preguntaban, sino que porque me pasaba casi la mitad del tiempo de la prueba pensando en qué chucha fue lo que me dijo, por qué me quedé mudo, por qué no respondí nada, por qué terminó conmigo si yo pensaba que todo estaba bien.
En retrospectiva la Sofía tenía razón, pero fue sangre fría. Ni siquiera hay derecho a réplica?!
En fin. Entre el asunto del río y lo que siguió después no la busqué, porque tampoco tenía claro qué le iba a decir. Hasta que me decidí, y partí dos días antes de navidad a su casa, para preguntarle qué chucha. No había nadie.
Vacaciones.
Teléfono habría sido acobardarse, y las cartas no son mi estilo, así que sumido en el pensamiento de que había que esperar hasta Marzo desistí de la idea y caí en depresión.
En las vacaciones fuimos a Entre Lagos. Un lugar al interior de Osorno que recuerdo que era hermoso, pero me resulta difícil describirlo, porque honestamente el paisaje lo miré a la ligera. Me di cuenta que había cambiado, que prefería mi silencio a mi habla, empecé a darme cuenta de cómo me miraban raro, casi como si me tuvieran miedo. Como si supieran mi estado.
Tampoco es que alguien quisiese hablarme sobre eso, porque cómo se empieza ese tipo de conversaciones?
Hacia fines de Enero recibí la llamada de una ebria Sofía, que me trataba de decir que sus amigas estaban en lo correcto, y que yo era un flojo de mierda, o algo así. No entendí muy bien y corté yo antes de que lo hiciera ella, por dignidad, por respeto a mí mismo.
Bah...
Y me di cuenta que no tenía amigos. Así que partí a Puerto Montt, donde vive un tío y me dediqué a alcoholizarme casi a diario con mi primo, que tenía dos años más que yo. Pelluco era la mejor distracción para esta dolencia. Nunca pensé en mi primo, pero ahora me pregunto: Por qué habrá estado tan quebrado? Por qué alcoholizarse a diario? Irónico es, por decir lo menos, que nunca hayamos hablado del tema en un mes
Después volví a Talagante, y mis viejos me preguntaron qué me pasaba, que por qué estaba tan distinto, tan alejado, tan mudo. Y como buen cabro de 17, les dije que no pasaba nada. Quién no se ha hecho esa?
Pasé casi todo Marzo en silencio, hablando sólo lo justo y necesario, porque de cualquier manera no tenía amigos en el colegio por haber pasado tanto tiempo con la Sofía. Ella era más sociable, así que parecía que ella lo sobrellevaba de buena manera, no como yo.
Y un día en Abril hablamos, y me pidió perdón por haber terminado conmigo de manera tan abrupta, me habló de su verano, que Zapallar, que el litoral, que Viña, qué se yo. Ya no me importaba, porque había cambiado. Ahora era simplemente un muchacho silencioso que no hablaba nada. Le agradecí su conversación como políticamente se debe hacer y me puse a caminar. Me sentía con un nudo en la garganta apretado, quería llorar, no quería llegar a mi casa.
Se me hizo de noche y partí al ritual diario de ir a la Estación Central y esperar la Talagante que me llevaba a casa cuando tuve la epifanía.
No sé si toda la gente que viaja lo nota, pero cuando se toma esta micro en el terminal hay un montón de gente esperando en la cola para las micros. Los andenes marcan recorridos distintos, de manera que uno espera en la fila de la micro que corresponde. Finalmente casi todas llegan a Talagante o El Monte, incluso hasta El Paico, pero hay distintas formas de llegar, incluso hay recorridos que no van donde debiesen ir. Como la micro que va por Camino a Lonquén, por ejemplo.
Y mirando la fila, y la cantidad de gente que parte en la micro desde que comienza el recorrido no es difícil darse cuenta de que el recorrido "C. LONQUEN - ISLA DE MAIPO - CAPERANA" es lejos el que se lleva la mayor cantidad de pasajeros en la Talagante. De las Peñaflor no tengo idea, porque eso está muy cerca de Santiago.
Y concluí que aunque tenía una inmensa rabia con la Sofía por haberme puesto en esta situación depresiva terrible, en algunas cosas tenía razón. Sobre todo en la de explorar cosas, así que decidí mostrarle que estaba equivocada, que yo sí podía explorar si me lo proponía.
Me dieron las 8 y media.
Asustado, me hice paso en la fila para la micro que va a Isla de Maipo. Y como siempre, hay gente que queda en la fila para irse sentada y después de eso las personas que llegan son libres de subirse o no. Me subí con una ansiedad que no había sentido nunca antes y me quedé parado en el pasillo porque no habían más asientos.
Debo haber tenido una expresión facial horrible porque una vieja me dió el asiento por ahí por Departamental con Pedro Aguirre Cerda. Me senté a la ventana y llorando iba mirando hacia afuera. Me sentía asustado y libre. No sabía dónde cresta iba a ir a parar. Mucho menos tenía mapa ni nada de esas cosas.
Pero no me importaba.
La oscuridad en Camino a Lonquén puede ser desesperante, pero yo calculaba que iba a ser más tiempo hasta Isla de Maipo que hasta Talagante, así que sabía más o menos cuánto me iba a demorar. Me pasé mil rollos de la situación en la que estaba la Sofía cuando me llamó. Música fuerte, gente gritando al lado del teléfono y ella borracha. Lo comparé con lo que hice después en Pelluco durante Febrero y seguí llorando otro rato más.
Por qué me parecía que yo estaba infinitamente sumido en la miseria y ella lo estaba pasando bien? Por qué cresta siempre se tiene que hacer este tipo de comparaciones después de terminar una relación?!!!!
La micro iba fuerte y derecho, muy rápido hasta que disminuyó su velocidad y dobló en una bifurcación. Pasamos por una especie de Iglesia y una Plaza. Estaba mal iluminado y bien oscuro.
Desde ahí me fui pensando que estaba loco, que toda esta basura no podía ser así, que si ella después me buscó para pedirme disculpas es porque simplemente buscaba una distracción durante el verano, igual que lo hice yo. Después de todo no eramos tan distintos.
Había tomado la micro con la intención de saber qué mierda era "Caperana", pero eran ya un cuarto para las 10 y decidí bajarme cuando se bajó un gran pelotón de gente en Isla de Maipo. Bueno, supongo que era Isla de Maipo. Me bajé muy calmado y me quedé viendo cómo se iba la micro a la distancia.
Hacía frío, pero ya estaba tranquilo, ya no tenía pena. Le pregunté a un viejo que iba caminando cómo podía irme a Talagante y me dió indicaciones que tomara la micro pal otro lado y que me bajara en Calera de Tango y ahí podía tomar una micro a Talagante.
No me importó que fuera tarde. Ya estaba calmado. Ya había olvidado a la Sofía. Ya se había acabado el tormento.
Llegué a la casa tarde y feliz.
Con la Sofía pololeamos cerca de un año y medio. Los dos éramos mojigatos y hogareños, la época la recuerdo como si hubiese sido viejo, y en retrospectiva siento que no tenía energías, que estaba cansado todo el tiempo. Que no había nada que hacer, que los paseos a la Plaza o al río ya eran demasiado. Incluso ver el mítico tren era algo que me desgastaba.
La historia empezó en Segundo Medio, con el típico momento en el que te armas de valor, que te da miedo y tiritas y le dices finalmente: Oye, me gustas. Y por supuesto, ella te corresponde, y te sientes feliz, y la besas, y todo está bien en el universo.
Como describía antes, no hacíamos mucho. Yo vivía en Talagante, ella vivía en El Monte, estudiábamos en un colegio que ya no existe cerca de Agustinas con Brasil. Highland School o algo así creo que se llamaba. Por esos años estaba de moda ofender al Español cuando de poner nombres a escuelas se trata. Cosa de darse una vuelta por Avenida La Florida para confirmar lo que digo.
Y es que ni desde Talagante ni desde El Monte era muy agradable viajar a Santiago todos los días. El taco en Vicuña, después el taco en Pedro Aguirre Cerda para finalmente llegar al taco en el centro. Era horrible, y lo siguió siendo después cuando entré a la U.
Con la Sofía paseábamos de la Mano por el Barrio Brasil y el Yungay después de la escuela, y en los findes a veces nos juntabamos en mi casa o en la suya. Pero lo cierto es que siempre estábamos en la casa, y salíamos poco, y en realidad siento que no hacíamos nada, que todo era el amor, qué se yo. No me puedo mirar objetivamente en retrospectiva, porque he cambiado mucho desde aquellos tiempos.
Para contar la verdad, peleábamos poco y la relación parecía que era perfecta: cuando yo quería juntarme con mis amigos a jugar N64, Super Nintendo, o ir a jugar DDR a las maquinitas ella me dejaba que fuera sin poner problemas, y lo mismo hacía yo cuando ella salía con sus amigas a hacer quizás qué. Siempre me imaginé que se juntaban a maquillarse y a pelar, pero no sé. Sus amigas ni siquiera me caían mal, pero tampoco ansiaba conocerlas, porque por la cresta, cuando uno tiene esa edad, quién ansía conocer a las amigas de su polola?
O acaso ya estaba cagado desde entonces?
Un día me llamó a la casa y me dijo que fueramos al río a El Monte, la conversación fue muy breve, yo acepté. Nos juntamos en el puente y yo ya la veía que tenía mala cara, que venía mal, que estaba seria, que venía decidida. Lo que no sabía era lo que había decidido.
Y sin chistar, yo mirando el río y ella con mis manos entre las suyas me dijo que se acabó, que ya no quería que siguieramos, porque no había diversión entre nosotros, que no salíamos juntos a ninguna parte, que no conocíamos a gente en común, que éramos demasiado iguales para estar juntos, que me deseaba lo mejor, que le dolía tener que hacer lo que hizo, pero que ya había tomado la decisión.
Eran las 16:15, o algo así, de una tarde de Noviembre. Yo me quedé mudo y ella se fue casi de inmediato, como si supiera de antemano que yo no iba a responder, que me iba a quedar mudo. Me quedé mirando el río hasta las 8 de la tarde y me fui caminando a mi casa. Llegué tarde y no quise hablar con nadie.
En los examenes de tercero medio me fue como el forro, no porque no supiera lo que me preguntaban, sino que porque me pasaba casi la mitad del tiempo de la prueba pensando en qué chucha fue lo que me dijo, por qué me quedé mudo, por qué no respondí nada, por qué terminó conmigo si yo pensaba que todo estaba bien.
En retrospectiva la Sofía tenía razón, pero fue sangre fría. Ni siquiera hay derecho a réplica?!
En fin. Entre el asunto del río y lo que siguió después no la busqué, porque tampoco tenía claro qué le iba a decir. Hasta que me decidí, y partí dos días antes de navidad a su casa, para preguntarle qué chucha. No había nadie.
Vacaciones.
Teléfono habría sido acobardarse, y las cartas no son mi estilo, así que sumido en el pensamiento de que había que esperar hasta Marzo desistí de la idea y caí en depresión.
En las vacaciones fuimos a Entre Lagos. Un lugar al interior de Osorno que recuerdo que era hermoso, pero me resulta difícil describirlo, porque honestamente el paisaje lo miré a la ligera. Me di cuenta que había cambiado, que prefería mi silencio a mi habla, empecé a darme cuenta de cómo me miraban raro, casi como si me tuvieran miedo. Como si supieran mi estado.
Tampoco es que alguien quisiese hablarme sobre eso, porque cómo se empieza ese tipo de conversaciones?
Hacia fines de Enero recibí la llamada de una ebria Sofía, que me trataba de decir que sus amigas estaban en lo correcto, y que yo era un flojo de mierda, o algo así. No entendí muy bien y corté yo antes de que lo hiciera ella, por dignidad, por respeto a mí mismo.
Bah...
Y me di cuenta que no tenía amigos. Así que partí a Puerto Montt, donde vive un tío y me dediqué a alcoholizarme casi a diario con mi primo, que tenía dos años más que yo. Pelluco era la mejor distracción para esta dolencia. Nunca pensé en mi primo, pero ahora me pregunto: Por qué habrá estado tan quebrado? Por qué alcoholizarse a diario? Irónico es, por decir lo menos, que nunca hayamos hablado del tema en un mes
Después volví a Talagante, y mis viejos me preguntaron qué me pasaba, que por qué estaba tan distinto, tan alejado, tan mudo. Y como buen cabro de 17, les dije que no pasaba nada. Quién no se ha hecho esa?
Pasé casi todo Marzo en silencio, hablando sólo lo justo y necesario, porque de cualquier manera no tenía amigos en el colegio por haber pasado tanto tiempo con la Sofía. Ella era más sociable, así que parecía que ella lo sobrellevaba de buena manera, no como yo.
Y un día en Abril hablamos, y me pidió perdón por haber terminado conmigo de manera tan abrupta, me habló de su verano, que Zapallar, que el litoral, que Viña, qué se yo. Ya no me importaba, porque había cambiado. Ahora era simplemente un muchacho silencioso que no hablaba nada. Le agradecí su conversación como políticamente se debe hacer y me puse a caminar. Me sentía con un nudo en la garganta apretado, quería llorar, no quería llegar a mi casa.
Se me hizo de noche y partí al ritual diario de ir a la Estación Central y esperar la Talagante que me llevaba a casa cuando tuve la epifanía.
No sé si toda la gente que viaja lo nota, pero cuando se toma esta micro en el terminal hay un montón de gente esperando en la cola para las micros. Los andenes marcan recorridos distintos, de manera que uno espera en la fila de la micro que corresponde. Finalmente casi todas llegan a Talagante o El Monte, incluso hasta El Paico, pero hay distintas formas de llegar, incluso hay recorridos que no van donde debiesen ir. Como la micro que va por Camino a Lonquén, por ejemplo.
Y mirando la fila, y la cantidad de gente que parte en la micro desde que comienza el recorrido no es difícil darse cuenta de que el recorrido "C. LONQUEN - ISLA DE MAIPO - CAPERANA" es lejos el que se lleva la mayor cantidad de pasajeros en la Talagante. De las Peñaflor no tengo idea, porque eso está muy cerca de Santiago.
Y concluí que aunque tenía una inmensa rabia con la Sofía por haberme puesto en esta situación depresiva terrible, en algunas cosas tenía razón. Sobre todo en la de explorar cosas, así que decidí mostrarle que estaba equivocada, que yo sí podía explorar si me lo proponía.
Me dieron las 8 y media.
Asustado, me hice paso en la fila para la micro que va a Isla de Maipo. Y como siempre, hay gente que queda en la fila para irse sentada y después de eso las personas que llegan son libres de subirse o no. Me subí con una ansiedad que no había sentido nunca antes y me quedé parado en el pasillo porque no habían más asientos.
Debo haber tenido una expresión facial horrible porque una vieja me dió el asiento por ahí por Departamental con Pedro Aguirre Cerda. Me senté a la ventana y llorando iba mirando hacia afuera. Me sentía asustado y libre. No sabía dónde cresta iba a ir a parar. Mucho menos tenía mapa ni nada de esas cosas.
Pero no me importaba.
La oscuridad en Camino a Lonquén puede ser desesperante, pero yo calculaba que iba a ser más tiempo hasta Isla de Maipo que hasta Talagante, así que sabía más o menos cuánto me iba a demorar. Me pasé mil rollos de la situación en la que estaba la Sofía cuando me llamó. Música fuerte, gente gritando al lado del teléfono y ella borracha. Lo comparé con lo que hice después en Pelluco durante Febrero y seguí llorando otro rato más.
Por qué me parecía que yo estaba infinitamente sumido en la miseria y ella lo estaba pasando bien? Por qué cresta siempre se tiene que hacer este tipo de comparaciones después de terminar una relación?!!!!
La micro iba fuerte y derecho, muy rápido hasta que disminuyó su velocidad y dobló en una bifurcación. Pasamos por una especie de Iglesia y una Plaza. Estaba mal iluminado y bien oscuro.
Desde ahí me fui pensando que estaba loco, que toda esta basura no podía ser así, que si ella después me buscó para pedirme disculpas es porque simplemente buscaba una distracción durante el verano, igual que lo hice yo. Después de todo no eramos tan distintos.
Había tomado la micro con la intención de saber qué mierda era "Caperana", pero eran ya un cuarto para las 10 y decidí bajarme cuando se bajó un gran pelotón de gente en Isla de Maipo. Bueno, supongo que era Isla de Maipo. Me bajé muy calmado y me quedé viendo cómo se iba la micro a la distancia.
Hacía frío, pero ya estaba tranquilo, ya no tenía pena. Le pregunté a un viejo que iba caminando cómo podía irme a Talagante y me dió indicaciones que tomara la micro pal otro lado y que me bajara en Calera de Tango y ahí podía tomar una micro a Talagante.
No me importó que fuera tarde. Ya estaba calmado. Ya había olvidado a la Sofía. Ya se había acabado el tormento.
Llegué a la casa tarde y feliz.
jueves, 14 de mayo de 2015
Como conocí a la Lucía
Yo era amigo del Ramón ya hace cinco años. Una amistad honesta. Con la Domi habiamos empezado a compartir nuestras vidas hace hacía unos 3 años, o algo así.
Por esos días el clima político estaba denso, por decir lo menos. Se había empezado a discutir reformas educacionales con el gobierno, pero nada salía. Que diálogo, que mesa, que el GANE, que el FE, etcétera. Finalmente por esos días todo estaba en desacuerdo entre nosotros (los estudiantes) y el Gobierno.
Todo esto sucedió en Agosto. Uno de los meses más agitados del conflicto. Pero déjenme retroceder un mes.
Estamos en Julio y en la Católica la cosa no era fácil. Yo era de esa izquierda que se mezcla a veces nomás, que se moja el potito, pero la mitad no más. El Ra tenía más convicción. O sea, le costaba involucrarse, pero cuando lo hacía, era todo o nada. Yo me acuerdo que sentía que estábamos acorralados entre tanto imbécil que ronda la U. Sobre todo en la Casa Central. Era un ambiente nefasto, porque salían palabras que odio, como "resentidos", "upelientos", "hippies" y algunas otras más, que no merecen mención.
Por su parte la Domi decidió irse a la toma de su U. Ahí conoció un sinfín de gente que por transitividad conocí yo. Muchos cabros súper preparados, y otros que se notaba que el entusiasmo era sólo para figurar, porque no tenían contenido.
Con el Ra discutimos varias veces sobre qué podíamos hacer nosotros a la interna e independientemente. Varias veces llegamos a que era buena idea formar un colectivo anónimo, pero nunca concretamos la idea.
El 4 de Agosto quedó la cagada. La Domi se fue presa, la pillaron en Bustamante y no pudo hacerlo. Puta que fue huevona. Con el Ra mirábamos atónitos lo que pasaba, era un ambiente casi surreal. Hasta el día de hoy no he visto algo parecido.
Yo pensaba que después de irse presa la Domi iba a ser más calmada, pero finalmente resultó lo contrario. Salió con más convicción que nunca. Me acuerdo que se veía bella todos esos días, supongo que por esos días fue cuando finalmente decidí que no quería estar con nadie más. Qué extraña es la vida.
Antes del Paro de la CUT la Domi me dijo que marcharía con sus amigos de la Toma, que no iban a marchar con sus facultades, así que le propuse que fueramos juntos, y que podía llevar algunos huevones de la Católica. Accedió.
Fuimos yo, el Pancho, el Ra, el Pedro Cox y el Damián Schwarze y ahí fue cuando conocimos a un grupo de cabros de La Chile. Con algunos de ellos mantuve contacto después, todos buena onda. Pero fue este día cuando yo y el Ra conocimos a la Lucía, quien sería su futura polola.
Nosotros ya estábamos grandes, íbamos en quinto, la Domi también. Nos acompañaban puros personajes desde primero a tercero, así que éramos como los papás del grupo. La Domi sabía más de las marchas y qué hacer, así que ella era como la mamá. La Lucía era de la misma onda, así que se hicieron buenas amigas. Qué raro que es hacerse amigo de alguien en una marcha, con toda la paranoia que invocaba en ese tiempo la marcha. Todos pensaban que todos eran sapos, así que siempre había que ir con alguien que por lo menos supiera quién eras. Tiempos difíciles, supongo.
Después de eso seguimos juntándonos con ellos, los 4 éramos siempre constantes: Yo, la Domi, el Ra y la Lucía. A veces venía el Damián, a veces el Pancho, a veces la Cata, o alguna combinación de ellos. Nos juntábamos a tomar Mate y conversar mientras jugábamos cartas o dados. Es lo mejor para pasar el frío, si me preguntan, conversa, ocio e interesantes brebajes, como Mate, Navegado, o incluso un Té.
Me acuerdo que no me gustaba la Lucía, porque siempre estaba agarrando pal hueveo al Ra, como si quisiera dejarlo en ridículo o algo así, pero tanto yo como la Domi sabíamos quién era nuestro amigo. Al Ra parecía que la cuestión no le afectara, era como si este huevón fuera de fierro. Nada lo sacaba de sus casillas. Bien por él.
El año siguiente en Mayo, o por ahí el Ra nos contó que estaba pololeando con la Lucía.
Nos quedamos perplejos. Supusimos que toda la supuesta hostilidad parece que no era tal. Quizás él ya sabía que a ella le gustaba?
Después de eso dejamos de ver tan seguido al Ra, y cuando tomábamos once ya no venía tanta gente a vernos. Recuerdo que nos sentíamos solos. Mala onda, porque ahora eramos dos parejas.
La Lucía era extraña, con alcohol era muy extrovertida, risueña y despreocupada, mientras que sobria era totalmente distinta: observadora, seria, introvertida, casi siempre parecía que estaba calculando o algo así. Yo no sé, los huevones de Beauchef siempre me han parecido raros, creo que por eso se pelean con los de Derecho en La Chile. En fin, me parecía rara, porque su carácter cambiaba radicalmente con el alcohol, aunque para darle justicia, a todos nos cambia un poco.
Después, cuando el Ra estaba estudiando para su examen de grado la Lucía fue con una lista para el Centro de Estudiantes, salió electa como encargada del Área de Comunicaciones. A mi me parecía raro que hubiesen elegido una persona naturalmente observadora e introvertida para el cargo, pero supongo que estaba feliz por ella, creo.
En fin, recuerdo muchas cosas que pasaron, la mayoría son una lata, porque casi todas son de crítica. La Domi me dijo un día que yo estaba celoso de ella porque acaparaba a mi amigo, y tenía razón, porque después (esto ya lo conté una vez) me invitó a tomar un café para contarme lo mismo que la Domi ya me había dicho.
Después de eso la cosa cambió, porque volvimos a vernos los tres, más que nunca, como ya saben, e incluso tuvimos la re-adición de la Lucía a nuestro pequeño grupo.
Todavía creo que la Lucía es un poco altanera y escaladora, pero me cae bien, porque después de eso mi amigo nunca se vio tan infeliz como yo lo conocía.
Por esos días el clima político estaba denso, por decir lo menos. Se había empezado a discutir reformas educacionales con el gobierno, pero nada salía. Que diálogo, que mesa, que el GANE, que el FE, etcétera. Finalmente por esos días todo estaba en desacuerdo entre nosotros (los estudiantes) y el Gobierno.
Todo esto sucedió en Agosto. Uno de los meses más agitados del conflicto. Pero déjenme retroceder un mes.
Estamos en Julio y en la Católica la cosa no era fácil. Yo era de esa izquierda que se mezcla a veces nomás, que se moja el potito, pero la mitad no más. El Ra tenía más convicción. O sea, le costaba involucrarse, pero cuando lo hacía, era todo o nada. Yo me acuerdo que sentía que estábamos acorralados entre tanto imbécil que ronda la U. Sobre todo en la Casa Central. Era un ambiente nefasto, porque salían palabras que odio, como "resentidos", "upelientos", "hippies" y algunas otras más, que no merecen mención.
Por su parte la Domi decidió irse a la toma de su U. Ahí conoció un sinfín de gente que por transitividad conocí yo. Muchos cabros súper preparados, y otros que se notaba que el entusiasmo era sólo para figurar, porque no tenían contenido.
Con el Ra discutimos varias veces sobre qué podíamos hacer nosotros a la interna e independientemente. Varias veces llegamos a que era buena idea formar un colectivo anónimo, pero nunca concretamos la idea.
El 4 de Agosto quedó la cagada. La Domi se fue presa, la pillaron en Bustamante y no pudo hacerlo. Puta que fue huevona. Con el Ra mirábamos atónitos lo que pasaba, era un ambiente casi surreal. Hasta el día de hoy no he visto algo parecido.
Yo pensaba que después de irse presa la Domi iba a ser más calmada, pero finalmente resultó lo contrario. Salió con más convicción que nunca. Me acuerdo que se veía bella todos esos días, supongo que por esos días fue cuando finalmente decidí que no quería estar con nadie más. Qué extraña es la vida.
Antes del Paro de la CUT la Domi me dijo que marcharía con sus amigos de la Toma, que no iban a marchar con sus facultades, así que le propuse que fueramos juntos, y que podía llevar algunos huevones de la Católica. Accedió.
Fuimos yo, el Pancho, el Ra, el Pedro Cox y el Damián Schwarze y ahí fue cuando conocimos a un grupo de cabros de La Chile. Con algunos de ellos mantuve contacto después, todos buena onda. Pero fue este día cuando yo y el Ra conocimos a la Lucía, quien sería su futura polola.
Nosotros ya estábamos grandes, íbamos en quinto, la Domi también. Nos acompañaban puros personajes desde primero a tercero, así que éramos como los papás del grupo. La Domi sabía más de las marchas y qué hacer, así que ella era como la mamá. La Lucía era de la misma onda, así que se hicieron buenas amigas. Qué raro que es hacerse amigo de alguien en una marcha, con toda la paranoia que invocaba en ese tiempo la marcha. Todos pensaban que todos eran sapos, así que siempre había que ir con alguien que por lo menos supiera quién eras. Tiempos difíciles, supongo.
Después de eso seguimos juntándonos con ellos, los 4 éramos siempre constantes: Yo, la Domi, el Ra y la Lucía. A veces venía el Damián, a veces el Pancho, a veces la Cata, o alguna combinación de ellos. Nos juntábamos a tomar Mate y conversar mientras jugábamos cartas o dados. Es lo mejor para pasar el frío, si me preguntan, conversa, ocio e interesantes brebajes, como Mate, Navegado, o incluso un Té.
Me acuerdo que no me gustaba la Lucía, porque siempre estaba agarrando pal hueveo al Ra, como si quisiera dejarlo en ridículo o algo así, pero tanto yo como la Domi sabíamos quién era nuestro amigo. Al Ra parecía que la cuestión no le afectara, era como si este huevón fuera de fierro. Nada lo sacaba de sus casillas. Bien por él.
El año siguiente en Mayo, o por ahí el Ra nos contó que estaba pololeando con la Lucía.
Nos quedamos perplejos. Supusimos que toda la supuesta hostilidad parece que no era tal. Quizás él ya sabía que a ella le gustaba?
Después de eso dejamos de ver tan seguido al Ra, y cuando tomábamos once ya no venía tanta gente a vernos. Recuerdo que nos sentíamos solos. Mala onda, porque ahora eramos dos parejas.
La Lucía era extraña, con alcohol era muy extrovertida, risueña y despreocupada, mientras que sobria era totalmente distinta: observadora, seria, introvertida, casi siempre parecía que estaba calculando o algo así. Yo no sé, los huevones de Beauchef siempre me han parecido raros, creo que por eso se pelean con los de Derecho en La Chile. En fin, me parecía rara, porque su carácter cambiaba radicalmente con el alcohol, aunque para darle justicia, a todos nos cambia un poco.
Después, cuando el Ra estaba estudiando para su examen de grado la Lucía fue con una lista para el Centro de Estudiantes, salió electa como encargada del Área de Comunicaciones. A mi me parecía raro que hubiesen elegido una persona naturalmente observadora e introvertida para el cargo, pero supongo que estaba feliz por ella, creo.
En fin, recuerdo muchas cosas que pasaron, la mayoría son una lata, porque casi todas son de crítica. La Domi me dijo un día que yo estaba celoso de ella porque acaparaba a mi amigo, y tenía razón, porque después (esto ya lo conté una vez) me invitó a tomar un café para contarme lo mismo que la Domi ya me había dicho.
Después de eso la cosa cambió, porque volvimos a vernos los tres, más que nunca, como ya saben, e incluso tuvimos la re-adición de la Lucía a nuestro pequeño grupo.
Todavía creo que la Lucía es un poco altanera y escaladora, pero me cae bien, porque después de eso mi amigo nunca se vio tan infeliz como yo lo conocía.
Series
Los mejores por serie, para cortar la ficción, para variar, qué se yo:
House: Remy Hadley
Drop Dead Diva: Teri (gana por lejos)
Californication: Lew Ashby
How I Met Your Mother: Lily Aldrin (en verdad no sé, no me gusta ningún personaje)
Gossip Girl: Charles Bass (es el menos maricón de todos, aunque tampoco lo admiro...)
Breaking Bad: Gus Fring (La elegancia de este sujeto es magnífica)
Game of Thrones: Ygritte
Weeds: Nancy Botwin
The Bing Bang Theory: Leonard (es el más tranqui..)
Better Call Saul: Mike
The Good Wife: Kalinda (aún estoy viendo esta serie :O)
comentarios?
House: Remy Hadley
Drop Dead Diva: Teri (gana por lejos)
Californication: Lew Ashby
How I Met Your Mother: Lily Aldrin (en verdad no sé, no me gusta ningún personaje)
Gossip Girl: Charles Bass (es el menos maricón de todos, aunque tampoco lo admiro...)
Breaking Bad: Gus Fring (La elegancia de este sujeto es magnífica)
Game of Thrones: Ygritte
Weeds: Nancy Botwin
The Bing Bang Theory: Leonard (es el más tranqui..)
Better Call Saul: Mike
The Good Wife: Kalinda (aún estoy viendo esta serie :O)
comentarios?
lunes, 11 de mayo de 2015
Ferrocarril a la Playa
Cuando era chico vivía en un barrio donde había una línea del tren cerca y a unos 800 metros de mi casa además había un puente.
Eramos tan imprudentes que a veces nos colgábamos de los durmientes mientras el tren pasaba por arriba de nosotros. Una caída hubiese significado irse río abajo, derechito a El Monte, pero afortunadamente nunca nos pasó nada, quizás porque eramos ágiles, o quizás sólo teníamos suerte.
Siempre recordé con nostalgia ese tren hasta que un día decidí abordarlo, tan solo para viajar. Los autos y buses me tenían loco. Incluso en Talagante puede ser abrumador el panorama...
Así que hice una mochila con un par de mudas y partí a la Estacion Central bien temprano a tomar el tren. No es irónico que viviera por 19 años al lado de la línea del tren y que nunca me hubiese dignado a siquiera andar en uno?
Partimos a la hora esperada, el tren avanzaba rápido, pero las paradas en las estaciones lo hacían un viaje bastante más lento de lo que hubiera esperado.
En la estación Santa Ana de Chena se subió una mina de más o menos mi edad. Se sentó en la columna opuesta y mirando hacia "atrás" del tren (yo miraba hacia adelante), iba muy seria y con el ceño entrefruncido. Leía un libro, ya no recuerdo cual, pero no era largo. Recuerdo que me llamó la atención, y que la miré durante gran parte del viaje.
Cuando pasamos la estación Arturo Prat, empecé a mirar hacia afuera un momento para ver el río. Se veía majestuoso, desde El Monte hasta El Paico la vista era verdaderamente sublime. Pocas veces he vuelto a ver algo tan hermoso. Después volvimos al valle y yo me mantenía absorto en mis pensamientos. A veces miraba a la muchacha que se había subido algunas estaciones atrás, pero ella iba concentrada.
Al llegar a Cartagena me bajé y comencé a buscar un lugar donde quedarme. Encontré una residencial dentro de mi presupuesto, dejé mis cosas ahí y partí a caminar un rato. Cartagena en Agosto no es el mejor panorama, para ser honesto, pero ciertamente es una buena distracción del maldito estudio.
Estaba comiéndome una paila marina en un sucucho cerca de la playa cuando aparece El Pancho, un compañero de la U y mientras comíamos me cuenta que van a hacer una fiesta en la casa de un tal Pedro Cox.
El precio de estudiar Derecho en la Cato era que tenía que lidiar con este tipo de gente, que en verdad no me agradaban mucho, porque eran... no sé. No tengo palabras para describirlos, porque difícilmente existen, y aquellos que los conocen están en sus mismos círculos. Es por eso que estos personajes me caían algo mal, los conocía poco y eran un grupo cerrado, así que había poco espacio para la semiología y el arte de conocerlos. Llegar de paracaídas a un sarao de esos era una terrible idea si consideramos que además mi predisposición era negativa.
De todas maneras me armé de valor y accedí a ir. La razón ulterior de ir a a la playa en tren era hacer algo distinto, así que por qué no?
En la tarde caminé por la playa nostálgico de la Media y mis compañeros, me acordé de la sangre fría de la Sofía y cómo me rompió el corazón. Al final terminamos siendo amigos, pero igual me hizo daño. De todas maneras todo estaba bien, la media la recuerdo como un buen momento. Estaba nublado y el cielo así siempre me ha puesto excepcionalmente nostálgico, la Universidad iba bien, pero no excelente y tenía en general poco tiempo para mí mismo y descubrir lo que me da curiosidad.
De tanto pensar en épocas me dió la noche en la playa, compré una cerveza chica y me la tomé en la playa mirando la luna: Menguante, lo suficientemente bonita como para observarla a través de las nubes, pero no sublime.
Partí después de tomar la chela al punto de encuentro con el Pancho y nos fuimos conversando de lo que teníamos que estudiar para Historia del Derecho. A decir verdad no tenía muchas ganas de conversar de la U, había venido a la playa a otra cosa, pero a fin de cuentas, conversar es bueno para capear el frío.
En la casa del famoso Cox había mucha gente, reconocí quizás a la mitad, eran de la facultad. Los demás no sé de donde salieron. En general todos bien vestidos.
Empezamos a hablar de puras hueás con los compañeros de la U, descubrí que en general venían de sectores acomodados (era de esperar), les gustaba andar en auto y tomar en bares cerca de sus casas. A veces iban a discos, razón por la que supongo la música estaba un poco fuerte, asunto que en general me agrada, pero esta vez no, porque música fuerte significa que no estás obligado a hablar. Bien por mí, me dije.
En un momento decidí cortar las apariencias y la pasividad-agresividad, así que salí al patio. Hacía un frío de mierda, de esos que te hacen retorcerte apenas lo sientes y te hielan las manos en cuestión de segundos. La Luna seguía igual de "no tan mal" que hace unas horas atrás, el tiempo estaba espectacular para fumar.
Prendí un "333" y empecé a concluir que no toda iba tan mal, que la forma de la luna en ese momento representaba mi situación: No estaba del todo bien, pero sin duda que se veía más bien que mal, este viaje era lo que necesitaba, y me di cuenta que la presión cedió, y que no estaba tan tapado de trabajo como pensaba. Así que paré la nostalgia y decidí mirar a mi alrededor. Después de todo, esa es la forma de actuar cuando se está "decente".
Fue entonces cuando la vi de nuevo. También estaba fumando y miraba un árbol que había, creo que era un álamo, pero no me acuerdo. Se veía excepcionalmente hermosa. Bueno, al menos para mí. Su cara formaba esa expresión que sólo alguna gente tiene. Al estar con los músculos faciales relajados sus labios se curvaban hacia abajo, haciéndola parecer que está triste. Cuestión que todos sabemos que no es generalmente así, porque sólo es una expresión facial.
Todos esos pensamientos, y algunos otros que me reservo sucedieron en cuestión de segundos. Sin pensarlo un segundo fui a meterle conversa. No tenía ganas de estar solo.
Así que terminamos fumando juntos, me contó que venía por el fin de semana donde su amiga Margarita, que los papás le habían prestado la casa, o no se qué. Ella se llamaba Dominique, estudiaba Medicina y le gustaba la Endocrinología. Es chistoso, pero fue ése el momento en que aprendí qué era la endocrinología.
La famosa Margarita era una amiga de la infancia de este Cox, que llegó un rato después a unirse a nuestra conversación con un par de vasos de piscola. Nos contó qué onda la famosa Margarita, al parecer sus familias eran amigas del alma porque vivieron siempre en un sector de Los Domínicos o algo así. El Cox resultó bastante menos pesado de lo que parecía, así que buena onda. Estuve afuera casi toda la noche conversando, en un momento la Dominique se fue, así que conversé con otra gente también, amigos de amigos y todo ese chiste. Era casi irónico que todos parecían más simpáticos de lo que se veía desde fuera.
Antes de irme le dije a la Domi si podía llamarla a su casa. Me propuso que nos fueramos juntos de vuelta en el tren. Sus amigos se iban en auto y ella no tenía ganas. Acepté sin meditarlo.
Me habló del cerro Chena y de que odiaba vivir tan lejos de Santiago, que en un par de años pensaba trabajar en algún sucucho de mala muerte y cambiarse a la capital. Le gustaba leer y ayudar a la gente. Parecía muy inteligente. Íbamos hablando de política y de la dictadura cuando llegamos a la famosa estación Santa Ana de Chena y se tuvo que bajar. Me dió su número y me dijo que la llamara, para que tomaramos once o algo así.
Llegué a la casa muerto. Eran las 9 de la noche y me sentía agotado, pero feliz. Fue un excelente fin de semana.
La Domi es uno de los mejores regalos que me ha dado la vida.
Eramos tan imprudentes que a veces nos colgábamos de los durmientes mientras el tren pasaba por arriba de nosotros. Una caída hubiese significado irse río abajo, derechito a El Monte, pero afortunadamente nunca nos pasó nada, quizás porque eramos ágiles, o quizás sólo teníamos suerte.
Siempre recordé con nostalgia ese tren hasta que un día decidí abordarlo, tan solo para viajar. Los autos y buses me tenían loco. Incluso en Talagante puede ser abrumador el panorama...
Así que hice una mochila con un par de mudas y partí a la Estacion Central bien temprano a tomar el tren. No es irónico que viviera por 19 años al lado de la línea del tren y que nunca me hubiese dignado a siquiera andar en uno?
Partimos a la hora esperada, el tren avanzaba rápido, pero las paradas en las estaciones lo hacían un viaje bastante más lento de lo que hubiera esperado.
En la estación Santa Ana de Chena se subió una mina de más o menos mi edad. Se sentó en la columna opuesta y mirando hacia "atrás" del tren (yo miraba hacia adelante), iba muy seria y con el ceño entrefruncido. Leía un libro, ya no recuerdo cual, pero no era largo. Recuerdo que me llamó la atención, y que la miré durante gran parte del viaje.
Cuando pasamos la estación Arturo Prat, empecé a mirar hacia afuera un momento para ver el río. Se veía majestuoso, desde El Monte hasta El Paico la vista era verdaderamente sublime. Pocas veces he vuelto a ver algo tan hermoso. Después volvimos al valle y yo me mantenía absorto en mis pensamientos. A veces miraba a la muchacha que se había subido algunas estaciones atrás, pero ella iba concentrada.
Al llegar a Cartagena me bajé y comencé a buscar un lugar donde quedarme. Encontré una residencial dentro de mi presupuesto, dejé mis cosas ahí y partí a caminar un rato. Cartagena en Agosto no es el mejor panorama, para ser honesto, pero ciertamente es una buena distracción del maldito estudio.
Estaba comiéndome una paila marina en un sucucho cerca de la playa cuando aparece El Pancho, un compañero de la U y mientras comíamos me cuenta que van a hacer una fiesta en la casa de un tal Pedro Cox.
El precio de estudiar Derecho en la Cato era que tenía que lidiar con este tipo de gente, que en verdad no me agradaban mucho, porque eran... no sé. No tengo palabras para describirlos, porque difícilmente existen, y aquellos que los conocen están en sus mismos círculos. Es por eso que estos personajes me caían algo mal, los conocía poco y eran un grupo cerrado, así que había poco espacio para la semiología y el arte de conocerlos. Llegar de paracaídas a un sarao de esos era una terrible idea si consideramos que además mi predisposición era negativa.
De todas maneras me armé de valor y accedí a ir. La razón ulterior de ir a a la playa en tren era hacer algo distinto, así que por qué no?
En la tarde caminé por la playa nostálgico de la Media y mis compañeros, me acordé de la sangre fría de la Sofía y cómo me rompió el corazón. Al final terminamos siendo amigos, pero igual me hizo daño. De todas maneras todo estaba bien, la media la recuerdo como un buen momento. Estaba nublado y el cielo así siempre me ha puesto excepcionalmente nostálgico, la Universidad iba bien, pero no excelente y tenía en general poco tiempo para mí mismo y descubrir lo que me da curiosidad.
De tanto pensar en épocas me dió la noche en la playa, compré una cerveza chica y me la tomé en la playa mirando la luna: Menguante, lo suficientemente bonita como para observarla a través de las nubes, pero no sublime.
Partí después de tomar la chela al punto de encuentro con el Pancho y nos fuimos conversando de lo que teníamos que estudiar para Historia del Derecho. A decir verdad no tenía muchas ganas de conversar de la U, había venido a la playa a otra cosa, pero a fin de cuentas, conversar es bueno para capear el frío.
En la casa del famoso Cox había mucha gente, reconocí quizás a la mitad, eran de la facultad. Los demás no sé de donde salieron. En general todos bien vestidos.
Empezamos a hablar de puras hueás con los compañeros de la U, descubrí que en general venían de sectores acomodados (era de esperar), les gustaba andar en auto y tomar en bares cerca de sus casas. A veces iban a discos, razón por la que supongo la música estaba un poco fuerte, asunto que en general me agrada, pero esta vez no, porque música fuerte significa que no estás obligado a hablar. Bien por mí, me dije.
En un momento decidí cortar las apariencias y la pasividad-agresividad, así que salí al patio. Hacía un frío de mierda, de esos que te hacen retorcerte apenas lo sientes y te hielan las manos en cuestión de segundos. La Luna seguía igual de "no tan mal" que hace unas horas atrás, el tiempo estaba espectacular para fumar.
Prendí un "333" y empecé a concluir que no toda iba tan mal, que la forma de la luna en ese momento representaba mi situación: No estaba del todo bien, pero sin duda que se veía más bien que mal, este viaje era lo que necesitaba, y me di cuenta que la presión cedió, y que no estaba tan tapado de trabajo como pensaba. Así que paré la nostalgia y decidí mirar a mi alrededor. Después de todo, esa es la forma de actuar cuando se está "decente".
Fue entonces cuando la vi de nuevo. También estaba fumando y miraba un árbol que había, creo que era un álamo, pero no me acuerdo. Se veía excepcionalmente hermosa. Bueno, al menos para mí. Su cara formaba esa expresión que sólo alguna gente tiene. Al estar con los músculos faciales relajados sus labios se curvaban hacia abajo, haciéndola parecer que está triste. Cuestión que todos sabemos que no es generalmente así, porque sólo es una expresión facial.
Todos esos pensamientos, y algunos otros que me reservo sucedieron en cuestión de segundos. Sin pensarlo un segundo fui a meterle conversa. No tenía ganas de estar solo.
Así que terminamos fumando juntos, me contó que venía por el fin de semana donde su amiga Margarita, que los papás le habían prestado la casa, o no se qué. Ella se llamaba Dominique, estudiaba Medicina y le gustaba la Endocrinología. Es chistoso, pero fue ése el momento en que aprendí qué era la endocrinología.
La famosa Margarita era una amiga de la infancia de este Cox, que llegó un rato después a unirse a nuestra conversación con un par de vasos de piscola. Nos contó qué onda la famosa Margarita, al parecer sus familias eran amigas del alma porque vivieron siempre en un sector de Los Domínicos o algo así. El Cox resultó bastante menos pesado de lo que parecía, así que buena onda. Estuve afuera casi toda la noche conversando, en un momento la Dominique se fue, así que conversé con otra gente también, amigos de amigos y todo ese chiste. Era casi irónico que todos parecían más simpáticos de lo que se veía desde fuera.
Antes de irme le dije a la Domi si podía llamarla a su casa. Me propuso que nos fueramos juntos de vuelta en el tren. Sus amigos se iban en auto y ella no tenía ganas. Acepté sin meditarlo.
Me habló del cerro Chena y de que odiaba vivir tan lejos de Santiago, que en un par de años pensaba trabajar en algún sucucho de mala muerte y cambiarse a la capital. Le gustaba leer y ayudar a la gente. Parecía muy inteligente. Íbamos hablando de política y de la dictadura cuando llegamos a la famosa estación Santa Ana de Chena y se tuvo que bajar. Me dió su número y me dijo que la llamara, para que tomaramos once o algo así.
Llegué a la casa muerto. Eran las 9 de la noche y me sentía agotado, pero feliz. Fue un excelente fin de semana.
La Domi es uno de los mejores regalos que me ha dado la vida.
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