miércoles, 5 de agosto de 2015

Sierra con el Ramón

Cuando ya los tres éramos amigos inseparables decidimos ampliar nuestros recorridos de alpinismo. Nuestras aventuras habían sido bien intensas hasta el momento y de altas exigencias, empecé en primer año de U, cuando unos cabros nuevos del barrio allá por Solovera los pillé hablando del asunto e hicimos buenas migas. Subimos algunas veces hasta la cuesta Mallarauco y recorrimos los pseudo-senderos de la cumbre y me quedó gustando el asunto.

Después conocí al Ra que era experto en esta cuestión, pero hacía rutas un poco más exigentes. Así que empecé con los cabros de la Solovera a buscar nuevos desafíos. Con ellos subí el Provincia, recorrí el Cordón de los Españoles pasando por los cerros Conchalí y el Carpa. Incluso hicimos el Arqueado de Barrera. En otra ocasión subimos el Piuquenes por La Dehesa y ahí empecé a exigirme un poco más. Nos distanciamos un poco con los cabros del barrio, porque a ellos les gustaba caminar, pero no eran de acampar y hacer caminos de varios días.

Y con el Ramón empezó la travesía, escalamos juntos el Plomo y también recorrimos gran parte de Yerba Loca hacia el glaciar La Paloma y algunas otras rutas de trekking liviano.

Por su parte, la Domi se conocía el Chena al revés y al derecho, había sido parte de su vida desde su infancia, de manera que numerosas veces lo había subido por las distintas rutas que el majestuoso cerro ofrece. Además, también había subido el cerro Manquehue un par de veces. Hasta ahora no conozco este cerro, y me arrepiento un poco, porque es otro cerro que casi todo Santiaguino conoce, pero irónicamente, pocos saben cuál es y casi nadie conoce su nombre. Así llegó la gran idea de mi amigazo Ramón.

Ya habíamos subido el Plomo y de la Sierra conocíamos un poco de la quebrada de Macul y el Provincia. Pero esto era grande, al Ra se le ocurrió cruzar toda la Sierra de Ramón, desde el Provincia cruzando los cerros Tambor, de Ramón, Punta de Damas, bajando por el Minillas y llegando a los inicios del Cajón del Maipo cerca de las Vizcachas.

Corría el mes de Diciembre y los tres ya estabamos exentos de deberes académicos, haciendo ideal la excursión sabiendo que además de la libertad, había dejando caerse una de esas lluvias veraniegas 2 días antes del inicio de la excursión, por lo que contaríamos con agua durante el camino.

Lo que me emocionaba de este viaje -y también la razón por la que el Ramón nos convenció a mí y a la Domi- es que la Sierra de Ramón es un lugar que todo Santiaguino conoce, su majestuosa altura trasciende a cualquier discriminación que tanto existe en esta ciudad. Todo Santiaguino conoce esta Sierra viva donde viva, su nieve deleita a sus ciudadanos en los meses de invierno cuando toman desayuno. Los ricos viviendo a sus faldas y el resto de nosotros mirándola desde lejos, pero completa. Poder recorrer sus senderos y cumbres de seguro que iba a ser una experiencia muy bonita.

Estaba decidido, partiríamos un jueves y volveríamos un sábado. La vieja de la Domi nos iría a dejar al puente Ñilhue y nos iría a buscar a Las Vizcachas.

Esta fue una de las tantas veces que seguí el Mapocho hacia su cara oriente. El viaje empezó siendo bonito desde el principio. La suegra hablaba de cómo era Santiago antes y a mi me gustaba escuchar las historias. Mientras avanzábamos todos veíamos el cambio del color de sus aguas, que en El Monte son color "neutro", en Santiago son de color café, y camino a La Ermita son de color turquesa. Con el Mapocho y sus aguas de color paraíso empezaba nuestro viaje.

Corrían las 7.20 de la mañana y estábamos en el puente Ñilhue dispuestos a empezar nuestra aventura. Los tres agradecimos a la mamá de la Domi y le deseamos un buen día en el trabajo.

Enfilamos el rumbo teniendo como meta llegar a la cumbre del Provincia entre las 3 y 4 de la tarde. Y siendo tan temprano teníamos mucho tiempo por delante, así que camino a la cumbre salieron de los más variados temas: sudor, dificultad de la subida, sed, calor, infancia, chistes, entre otros. El camino se hizo bastante agradable, porque íbamos más bien calmados y a ritmo regular de acuerdo al camino.

Naturalmente, yo era el más cansado de los tres, pero no porque me faltaran ganas. Simone dice que el hombre tiende a querer poseer, violar las cosas, y que en ese sentido hace de la mujer un objeto. De la misma manera que el hombre posee a una mujer, cuando el hombre alcanza una cumbre de un cerro, posee la montaña, o a fierro pelao', la viola.

Francamente, encontré por mucho tiempo que la vieja estaba equivocada cuando escribía estos textos, pero escalando la sierra hacia el Provincia me cambió la visión de lo que ella decía, nosotros íbamos con la ambición de cruzar la Sierra no sólo porque creíamos que era una posibilidad majestuosa que la cordillera nos brindaba, sino que también porque queríamos mirar el entreríos del Maipo y el Mapocho desde arriba, desde los lugares que de nuestras casas se ven a lo lejos (y bien a lo lejos, por la chucha). Metafóricamente, queríamos violar a Santiago admirándola desde la cumbre más alta que la ciudad ofrece para mirar, queríamos ser su monarquía, estar en el olimpo, en el lugar donde el poderoso debe estar y donde el indefenso debe subyugarse.

Más aún, si miramos la aventura fríamente, nos damos cuenta que esta aventura no es más que un pasatiempo de niñitos universitarios estresadamente aburridos. De pensar un poco en esta cuestión me dio un poco de vergüenza estar escalando el cerro. Sólo por estar aburridos, sólo porque podíamos, sólo por querer violar la sierra, sólo por querer mirar a todo Santiago desde arriba.

Irónicamente, la Domi discrepó de la idea y calificó a la vieja de loca, o algo así, pero me dijo que iba a leer el libro. El Ramón, por su parte, reafirmó un poco lo que yo pensaba.

Íbamos en esa conversación cuando llegamos a la cumbre del famoso Provincia. Desde ahí se veían majestuosos los cerros Del Medio, Alvarado, Manquehue, Calán, Apoquindo y quizás se me escapa alguno. Realmente es sublime la vista desde ese lugar. Se ve fundamentalmente la parte noreste de la capital, pero la vista es impagable.

En la tarde nos dedicamos a cocinar algo y a armar el campamento. Era tarde para poder seguir, porque el paso calmado de ascenso hizo que llegáramos un poco más tarde de lo pensado. Yo había estado en algunos lugares notables para relajarse y observar las cosas, pero ninguno tan especialmente bello como éste. Y lo mejor era que aun quedaba mucho más recorrido, porque sólo llevábamos cerca de un cuarto de la sierra, aquí soltamos la lengua y conversamos de algunas cosas profundas, como se hace en todo viaje.

De todas maneras, el pensamiento y la discusión con mis compañeros de viaje me había dejado medio mal. No por el tono, sino que por la significancia de lo que estábamos haciendo.

Al otro día fui sorpresivamente el primero en despertarme. Noté que era aún de noche y el reloj me marcaba un par de minutos antes de las 8 de la mañana. Me vestí rápidamente y salí a hervir agua y prepararme para ver el amanecer al otro lado de la cordillera. El ruido que hice, supongo, despertó al Ra, que me fue a acompañar en un espectáculo poco común para muchos.

Despertamos a la Domi, tomamos desayuno y partimos cerca de las 9 rumbo a la cumbre más alta: El Cerro de Ramón. En el camino seguimos dándole vuelta a la cuestión de ser unos cabritos estresados y etcétera.

La llegada al Morro del Tambor fue casi una sorpresa, el tiempo se me pasó volando, mayormente porque el camino es bastante cómodo, aunque corría un poco de viento. La conversa en este tramo fue silenciosa justamente porque corría el viento.

Aun así, la caminata fue muy agradable, el silencio es cómodo cuando hay algo que lo apacigua. De igual modo que el río puede emitir calma cuando el ánimo lo permite, el viento cordillerano puede hacer lo mismo con el viaje. En este momento que es de los mejores para la reflexión fue cuando dejé de sentir compasión por mí mismo: el ser humano necesita ocio y espacios para la distracción. Algunos van al parque, algunos van a la playa, algunos se toman chelas en el bella, algunos suben el San Cristóbal en bicicleta, algunos cruzan el Salar de Uyuni, y otros como nosotros cruzamos la Sierra de Ramón. Qué de malo puede haber en eso? Es condenable querer cruzar una sierra y querer admirar la mezcla naturaleza-hombre entre Santiago y sus cerros?

Es condenable querer ir a la altura y admirar el paisaje montañoso?

Eran como las doce y cuarto y estábamos en la cima del Tambor. Transmití mis reflexiones a mis compañeros montañistas y la Domi dió en el clavo: el asunto de la violación (en el sentido que en este texto he expuesto) no es del hombre, sino que del ser humano, todo aquello de lo que De Beauvoir habla no le es inherente al hombre. Probablemente es un hecho histórico que los hombres han sido así con la superioridad en general: el superior posee al inferior. Nosotros desde la montaña poseemos la ciudad de Santiago y su imponente Sierra. Empero, entre nosotros hay también una mujer, ella también está con nosotros, ella también está violando la montaña, ella también se hace dueña de todo lo que nosotros poseemos. No son sólo los hombres los que poseen a las mujeres en el acto sexual, sino que también es a la inversa. O al menos así debería ser.

Derretimos un poco de nieve para el camino al Ramón. La vista era buena, pero no excelente como en el Provincia, así que no nos quedamos mucho rato. Nos fumamos unos cigarros mirando el paisaje, después nos comimos unos pancitos y partimos rumbo al Ramón apertrechados de agua para el camino.

Hacia el Ramón el camino nos perdonó un poquito más, sin mucho viento y una temperatura agradable para la altura a la que estábamos, así que nos fuimos echando la talla y felices caminando por la "meseta" que hay en el tramo. Es raro en este tramo mirar hacia el sur y ver "el patio trasero" de Santiago, con su cordillera aún más imponente que lo que la Sierra ofrece a la ciudad.

Desde el Ramón la vista es francamente sobrecogedora, la disminución de esmog durante el verano hace la vista un poco mejor de lo que -supongo- sería en invierno sin lluvias. Alcanzamos a ver el cerro la Cruz desde donde estábamos, pero decidimos no ir, porque estábamos un poco atrasados debido al viento camino al Tambor.

En la cima les saqué una foto a la Domi con el Ramón. Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de esta famosa sierra, estábamos felices y llenos de energía, éramos jóvenes y teníamos toda la vida por delante. Un día el papá de la Domi nos contó que leyó un libro de un viejo que no recuerdo (Neruda, quizás?) que decía que si tuviera que cambiar algo de su vida, definitivamente haría más cosas por su vida y agotaría su juventud. Pues bien, nosotros estábamos construyendo nuestras vidas de modo que no tuviésemos este tipo de arrepentimientos, gastando nuestras energías, buscando nuevos rumbos y tratando de deleitar nuestros ojos con lo que Santiago nos ofrecía.

La Domi en esta foto sale muy bonita, la normal forma cóncava hacia abajo de su boca no se nota, el viento le echa su pelo relativamente largo hacia atrás y sonríe mientras abraza a mi mejor amigo que extrañamente también toma una buena foto, se le ve contento y feliz por estar ahí con nosotros.

Seguimos después camino al Punta de Damas. Este camino es como las huevas, lleno de rocas y con peligro de caidas debido a las pendientes que el filo forma. No hubo mucho tiempo para conversar ni reflexionar, pues naturalmente la conciencia la tienes puesta en no sacarte la mierda y salir vivo de ese lugar. Mientras avanzábamos por el implacable camino el sol se iba acercando al oeste y formó una imagen maravillosa: El antecrepúsculo era ineluctable y el cielo lo anunciaba con su color rojo tendiendo a rosado. Tampoco es que hubiese mucho tiempo para admirar el asunto, porque había que llegar rápido al Punta de Damas para armar el campamento, así que seguimos, con el Ramón marcando el sendero, la Domi en medio y yo atrás.

Armamos el campamento, ya cansados de tanto caminar y nos dedicamos a conversar de temas académicos, a enseñar y aprender de Derecho y Medicina, y a proyectarnos como futuros profesionales. Al Ramón le gustaba el derecho penal, a mí el derecho laboral y a la Domi la endocrinología. Extraño tema para conversar en la noche cordillerana, pero así fue. Nos tomamos cada uno una lata de cerveza, nos fumamos un par de cigarros y nos fuimos a dormir.

Al otro día nos levantamos bien temprano casi los tres al mismo tiempo y aún de noche para iniciar lo que sería el día más largo de esta travesía. Desayunamos un par de pancitos y partimos camino al Minillas.

Iniciamos la caminata por un pseudo-sendero bien generoso comparado con el último tramo del día anterior sin saber que nos esperaba un día de melancolía y/o nostalgia extrema. Todo empezó al ver el amanecer camino a la última cumbre de esta expedición.

Corrían cuatro años desde que yo y el Ra entramos a estudiar derecho en la pontificia y cinco desde que la Domi entró a estudiar medicina en la casa de bello. Para armar un poco de contexto iré contando la historia de cada uno según tengo recuerdos de sus palabras e historias.

La Domi siempre ha sido una persona más bien extrovertida. De esas personas a las que a nadie puede caerle mal, de esas que no son el alma de la fiesta, pero deben estar, que son queridas. Hasta estos días todavía se junta con sus eternas amigas del colegio, con sus amigas médicas y aquellos que ha ido conociendo a lo largo de su vida. En el colegio siempre le fue bien, asunto que finalmente me atrajo de ella.

Sus días del colegio fueron bastante normales si se les compara con los míos. Es la misma historia vieja de los que estudian metódicamente para obtener logros académicos, recordaba ella sus días de tercero medio resolviendo ecuaciones cuadráticas y haciendo ejercicios de optimización por horas en el colegio mientras conversaba con cualquier compañero que estuviera cerca de la vida, o de lo que fuera. El tema no era tan difícil en ese entonces.

Al entrar a la U, en cambio, el asunto se pone cuesta arriba. El estudio requiere más tiempo de lo que exige un colegio, los temas pueden ser complicados y quizás requieren varias lecturas para poder digerir lo que las cosas significan. Existen ramos cortacabezas que te pueden llegar a dejar en un estado depresivo con facilidad y aprobarlos significa un alivio tremendo, atrás quedan los días en que se podía hacer deporte libremente, los días en que podías estudiar mientras hablabas con tus compañeros, los días en que la vida era fácil.

Ya habiendo pasado la mayoría de la carrera, sólo con un par de ramos y el internado por delante, la Domi había salido de los potenciales días de estrés de la universidad, estaba conmigo y ya el asunto académico era más cuesta abajo de lo que era cuesta arriba, y pasar por toda esa vorágine y llegar hasta este punto, donde podíamos ser libres y no tener mucho que perder por estar aquí era un logro. El arte de recordar depende mucho del estado anímico y de el entorno que te rodea. El estar cuesta abajo por sobre santiago supongo que la volvió romántica, o algo así, y la hizo acordarse de todo lo que ha pasado.

El Ramón, en cambio, era ese (no) estereotipo de persona que pocos hemos tenido la bendición de conocer. Es de esos que a los de afuera les parece que no les cuesta nada en la vida. Al contrario de la Domi, el Ra poco tiene de metódico y su proceso de estudio es más bien errático, aunque intenso.

Muchos proyectan sus dificultades y modo de vida sobre otros, pero pocas veces la gente se equivoca cuando dice que todos estamos cagados al menos en un aspecto de nuestras vidas. Si bien el Ramón es uno de los sujetos más impresionantemente inteligentes que conozco, durante este trayecto casi se desmorona. La búsqueda del amor es difícil para la mayoría, y mi amigo no es la excepción. Las cosas no son fáciles para los feos en los años de amores tempranos, y este es un asunto que puede llegar a traumar a cualquiera, porque todos llegamos a esta etapa en las (casi) mismas condiciones y en general con ninguna o pocas trabas en la mochila. Es el proceso de transformación de niño a hombre (también de niña-mujer) el que te puede aniquilar, el que te hace pensarte como un pelotudo, un incapaz, y cuántas otras cosas más.

Y la verdad es que el Ra era, aun con su escudo de persona antipática, una de las mejores personas que he conocido, porque los escudos finalmente cumplen la función de proteger de lo que hay atrás (que suele ser algo frágil). Camino abajo al Minillas nos contó la historia suya en el colegio, y no quiero, por respeto, contarla acá, pero quiero decir que me es difícil de entender, porque yo no sufro (ni sufrí) lo que él. Aunque eso es probablemente lo que explica su forma de ser.

Pero no olvidemos que el Ra finalmente conoció a la Lucía, una mujer que lo quiere más que la cresta, que lo siguió hasta el otro hemisferio del planeta.

Por último, con respecto a mí las cosas siempre fueron relativamente fáciles. No tenía muchos amigos del alma, pero no me faltaba la gente con quién conversar en el colegio. Mi sociabilidad siempre se vio mermada por el hecho de vivir en Talagante, de manera que pasaba gran tiempo de mis días viajando solo. Si no hubiese dedicado tanto tiempo diario a pensar no creo siquiera que habría entrado a la carrera, pero lo hice. El resto ustedes lo saben, la Sofía, la correspondencia, la sangre fría, el río, seguir viajando, el tren, la playa, el Plomo, etcétera.

Mi nostalgia en general es por la libertad de ir en el colegio. De la estabilidad que daba a mi vida, de lo difícil que era la U comparada con la época pingüina, de no sé. De mirar Santiago, de mirar el Maipo y sentir que me alejaba del Mapocho, de mirar a la Domi y al Ra y saber que los dos eran mis amigos del alma, que podíamos compartir momentos tan preciosos como el que vivíamos en el momento.

Al llegar al Minillas nos pusimos a llorar, pero estábamos felices, por tenernos en nuestras vidas, o qué se yo, la cosa terminó pareciendo final de teleserie con todos llorando. Miramos la zona sur de Santiago y nos emocionamos con las parcelas y fundos y divisiones de la tierra que se ven.

Seguimos más anímicamente calmados rumbo a la Hacienda el Peñón contando chistes gran parte del camino y agarrándonos pal hueveo, contando historias de patio de universidad y de barrio. Nos llegó el mediodía y tomamos un par de sopas que traíamos.

Finalmente seguimos por el tupido camino que nos lleva hacia la hacienda el peñón, aquí le sacamos algunas fotos a las aves del lugar. El camino fue más bien silencioso. La aventura llegaba a su final y estábamos cansados. Bueno, yo, al menos, porque no creo que la Domi y el Ra lo hayan estado tanto.

Llegamos a Las Vizcachas a eso de las 7 de la tarde de un Domingo. Llamamos a la mamá de la Domi y al poco tiempo llegó, nos invitó a tomar once en Las Vertientes, donde unos viejos que conocía, tomamos chocolate caliente y comimos kuchen, para reponer un poco el cansancio.

Después mi suegra nos llevó a mi casa por un camino bastante interesante. Nos fuimos por todo el Maipo, es decir, desde el Cajón del Maipo en dirección a Pirque-Alto Jahuel, de ahí a Buin en dirección a Maipo-Viluco, Cruzamos por Lonquén hacia Carampangue, pasamos Santa Ana de Trelbuco y finalmente nos llegamos al Mapocho en Talagante, para terminar en mi casa, allá en Solovera.

La mamá de la Domi siempre ha sido buena para hablar, y nos contaba de cómo era el sector de Buin-Maipo-Viluco antaño, y de la atrocidad de los hornos en Lonquén, del tren ahí en Carampangue y de que su mejor amiga de la vida vive ahí en Santa Ana de Trelbuco, y que iban a la playa, y tanto más que da para otra historia, porque esta me quedó larga.

Cuando llegamos a mi casa mis viejos nos recibieron bien, al otro día íbamos a ir a revelar las fotos. Después jugamos a las cartas por horas conversando de lo que el viaje significó, y de lo que había, y de que Santiago aquí y allá, etcétera.

Del Mapocho me crucé al Maipo, pero terminé volviendo al río que me ha visto desde chico y sin mentiras, el Mapocho.

sábado, 25 de julio de 2015

Divagando

La Sofía ya venía pasando a ser un capítulo anterior cuando me vino la necesidad de replantearme, de pensar en quién era yo, qué esperaba y para dónde iba con mi vida. Es en este período cuando empiezo a darme cuenta que el río siempre iba a formar parte de mí, parte de mi personalidad.

Siempre me ha parecido mágico el río, probablemente porque vivía cerca, así que siempre estaba escuchando su sonido. Es francamente increíble como ese ruido se adecúa al estado anímico de la persona que lo escucha. Si estás triste el río emite el sonido más lúgubre que jamás se pueda escuchar, Si estás alegre, el río te acompaña, es tu amigo, es la alegría. Si buscas silencio ni la cueva más recóndita se le compara al silencio que proporciona el río.

Así pasé mucho tiempo pensando en que el amor era complicado, esuché millones de historias entre mis compañeros de la U, me acordaba de la Sofía y, sobre todo, de esa cuando me llamó borracha. Por la chucha, que me dolió esa mierda. Por qué yo estaba hasta el carajo y ella no?

En fin, entre tanta meditación y tránsito entre Talagante y El Paico desde casi cualquier forma terrestre o anfibia (no alcancé a nadar, porque, bueno, no alcanza el nivel del río) empecé a replantearme el tema amoroso.

Lo primero era saber quién era yo mismo, y de lo tergiversado que puede llegar a ser, escribo el recuerdo de mis conclusiones.

Yo era un cabro bueno para levantarme temprano, desayunar y ducharme con calma en la mañana, amaba la lluvia y no me molestaba el frío del invierno. Me gustaban las bufandas, los gorros y los abrigos. En invierno me dedicaba la mayor parte de mi tiempo en tránsito desde mi vivienda hasta la capital en mirar los atuendos de la gente por la calle.

Por otro lado, no tenía mucha dificultad en conocer gente, pero tampoco facilidad, porque pasaba gran parte de mi tiempo solo viajando, o escuchando el río, o caminando por él, así que tenía bastante tiempo para pensar. Quizás era un muchacho racional, quizás no. Esta parte no la tengo muy clara, porque a pesar de que gastaba mucha parte de mi tiempo en pensar cosas, el contexto cambia cuando te enfrentas de verdad a las cosas sobre las que piensas. Así que era racional la mayor parte del tiempo. Por eso fue que lo de la Sofía me marcó y me destrozó en cierto modo. Yo casi pensaba lo mismo, pero mis emociones me traicionaron.

Después, tenía que saber qué buscaba yo del amor, qué quería, cómo imaginaba que iba a terminar.

Antes de empezar todo esto quiero enfatizar que yo era el cabro más platónico que pueda recordar. Todo el día imaginando cosas, pensando cómo iba a ser mi vida, pensando todo el tiempo, sin jamás mover siquiera una célula mía para que las cosas que yo quería pasaran.

Si me hubieran preguntado por mis expectativas, ellas eran casi inexistentes. Yo casi esperaba que la obligación de ver a alguien todos los días en la U o en el colegio me llevara a una relación inesperada con alguna desventurada a la que le llamara la atención. El asunto con la Sofía había sido parecido, fue ella la que me buscaba, la que generó mi primera movida. Sin esfuerzo llegué a esa relación, que no olvidemos que devino en infelicidad.

Y así esperé en vano en la U conocer a alguien. Pero la cuestión siempre es diferente a lo que uno piensa. La compañera de mis sueños nunca llegó, no hubo romance, no existió persecución de felicidad, no llegó la mujer fuerte y estudiosa que yo quería conocer. La realidad me aterrizó de una manera que inefable sería poco decir.

Si me hubieran preguntado por lo etéreo y efímero, hubiese preferido una morena alta con nombre español que supiera el valor del trabajo, que supiera lo que cuesta ganarse un poroto. Hubiese preferido saltarme el principio, y llegar al final, tener una relación rutinaria donde no me costara nada, donde no hubiese tenido la necesidad de gastar energía.

En esa parada estaba cuando partí en dirección al litoral buscando encontrarme conmigo mismo, cuando renuncié a toda la cantinela que acabo de describir. Decidí que toda esa basura no lleva a nada, y me la jugué, y quise hacer algo de mi mismo.

Lo que siguió fue una de las épocas más intensamente aterrorizantes que he vivido, y sospecho que para la Domi también lo fue, porque le notaba su voz temblorosa las primeras veces que hablábamos por teléfono, pero con el riesgo gigante que tomé, también vino un gran premio.

Después de eso paseamos los dos juntos por el Mapocho, y a veces también por el Maipo, que queda un poco más cerca de su casa. Y el río nos acompaña siempre. Tomando decisiones y pensando lo que la vida nos depara.

domingo, 19 de julio de 2015

430

Se ve el crepúsculo, el maldito ocaso. Hace más frío que la reconchetumadre y estoy metido en ese tete que es avanzar por la ciudad en una micro en hora punta de un día de semana por Barnechea.

Llegué a esta situación por tener que ir a huevear a La Dehesa a una clínica porque tenía la rodilla mala. No es difícil entender y saber que la vuelta desde ese lugar hasta un punto más o menos cercano al centro es un culo. Demasiadas combinaciones, demasiado tiempo, demasiado caminar, demasiado frío, demasiada humedad, demasiadas hojas caídas de árboles lindantes con el camino, o cualquier (mejor) excusa que estoy seguro que ustedes se las arreglarán para inventar hacen que la vuelta sea tortuosa. Así que decido ver si tengo suerte y que una 426 me lleve directo al centro de vuelta.

No tuve suerte.

Como era hora punta, había cerca de 10 micros esperando su horario de salida, y como ya había tomado la famosa 426 por llegar hasta ahí me vi en la obligación de abordar cualquier otra cosa que pasara por ahí. Mi error de cálculo además me llevaba a pagar un pasaje más.

Mala onda.

El lugar lo recuerdo bien, había pasado cerca de ahí con mi amigo Pipe un día que subimos hasta San Carlos y volvimos por Barnechea viéndonos obligados a pasar por el Pueblito de Barnechea. Este recorrido partía casi al final del pueblo. En el límite de las casas de gente normal con las casas de gente, bueno, anormal.

Abordo finalmente esta línea por primera vez para aventurarme en la batalla por llegar a mi casa. La micro cada vez se llena más, hasta que llegamos al cruce del río Mapocho cerca de Cantagallo, en el límite comunal con Las Condes, y recuerdo un momento en que pensé (probablemente sólo para mí) que la situación era sublime: Después del Río (hacia las Condes) hay una pequeña subida, con el ineluctable ocaso y la próxima venida de la noche veo una micro bajar hacia el otro lado, con sus luces interiores a medio encender y el infaltable letrero que ilumina todo "426 LA DEHESA". Iba llena, como si fuera el último bus que por ese día va a pasar por ahí, me acordé de una entrada que escribí hace ya algún tiempo sobre el fenómeno de las micros en las noches y calles vacías o poco transitadas.

Después de esa pseudo epifanía que tuve dejé de patear la perra por tener que pagar otro pasaje y decidí disfrutar del viaje por la ciudad en vez de amurrarme por $210.

Para los que no saben. La 430 va en dirección a Quilicura dando opción a la gente de esta comuna llegar rápidamente a los sectores de oriente profundo (cota 800-900) en Santiago, por lo que para hacer esto (rápidamente) se ve en la "obligación" del Túnel San Cristóbal. Y como tenía ganas de viajar, pero no tanto tiempo, decidí bajarme en el Metro Alcántara y decidir mi viaje desde ahí.

Aproveché de cargar la tarjeta bip y observar un poco la ropa de las minas (en general puras viejas) que pasaban por ahí hasta que decidí hacer el viejo eje Los Leones - Macul - Grecia - Matta.

En el eje Grecia-Matta siempre han circulado buenas minas, no sé por qué.

viernes, 10 de julio de 2015

Una semana significativa

Hablo de este semestre culeado que te dan para estudiar para el grado.

Recuerdo esta semana no sé si con especial cariño u odio, pero más que por esas dos cosas, por lo significativa que fue para mí. Ya íbamos por el final de Junio, el Ramón se había ido. La Domi tenía un turno de mierda en el Hospital. De 4 a 2 (de la mañana) o algo así. Mi horario de sueño estaba -naturalmente- desfasado, así que la iba a dejar al hospital a regañadientes y con una pinta que no quiero ni recordar.

Por supuesto, en este semestre se estudia más que nunca, pero no puedo sostener que el estudio es constante y con frecuencia fija sin empezar a sonar cínico. Todos lo que han pasado por algún proceso parecido lo saben, sobre todo mis colegas de la Chile, que además del grado tienen que hacer su tesis.

En fin, íbamos en la última semana de Junio y había estudiado poco. Me pasaba el día entre ver películas, comer sandwiches, escuchar música "espacial" o algo así. Con la Domi estábamos en el punto en el que las cosas empiezan a empeorar y vienen las pintadas de monos, ese tipo de hueás. El Domingo anterior a esa semana había retomado el estudio. Partí con Procesal, porque lo pasé, pero apenas, y no me acordaba de niuna huevá.

En fin, el partir siempre es la parte más difícil, y cuando estás en medio de la cuestión si tienes tiempo se vuelve re fácil, e intenso al mismo tiempo, de manera que también te sientes super cansado. Y al final lo único que te salva es una chelita.

Siguió la semana, yo estaba en la trancisión de Procesal y Penal, haciendo un poco el juego entre las dos cosas, para avanzar más rápido. Arreglé mi desfase horario, dejé de comer como las huevas y partía todos los días a la biblioteca a estudiar bien temprano, de manera que no pude ir ningún día a dejar (ni a buscar) a la Domi.

Menos mal que no tenía problemas en andar sola por la calle.

Así y todo, las cosas siguieron empeorando, porque pasamos de la fase de "no haces niuna hueá, flojo culiao" a "ya no tienes tiempo para mí porque pasas puro estudiando". Por supuesto, todos sabemos que esta hueá deviene ineluctablemente en "te farreaste todo el semestre (año) y ahora andas todo apurado haciendo lo que no hiciste antes".

Así que ese jueves me puse a pensar en qué era yo en la media, o cuando entré a la U. Pensé en mis sueños, en mis ambiciones y me di cuenta que no quería este tipo de vida. Yo a esta altura iba a ser un tipo más bien metódico, sin problemas con la Universidad y con tiempo para todo. Nunca me imaginé siendo brujeado de la manera en la que estaba en ese tiempo, nunca me imaginé que iba a estar hasta el cogote de asustado con un examen que mataba y mató a muchos a su paso.

El viernes anduve bien esquivo, porque quería pensar en las cosas, y el estudio me servía de distracción. No sé si en alguna época de mi vida habré estado tan concentrado como en ese momento, no me costaba enfocarme, no había absolutamente nada que me pudiera perturbar mientras pensaba o estudiaba. Era como si súbitamente todo lo pudiera entender, me sentía como el Ra, como si el examen fuera una estupidez, la prueba más fácil del mundo ante mí.

El sábado contrapuse las cosas, llamé a mis viejos para contarles mi dilema actual: lo típico, expectativas versus realidad. Me explicaron algunas cosas, pero no me hicieron caer la teja, así que me despedí y seguí pensando.

Cerca de la 1 de la mañana salí a caminar para despejar la mente del estudio y de la Domi. Veía pasar las micros en la noche con la gente "contenta", hasta que en un momento pasó una con un viejo mirándo al vacío por la ventana, y me acordé de mi viaje, de las dudas, de cómo estaba, y caché que toda esta pelea era necesaria e innecesaria a la vez. Me acordé de cómo yo miraba al vacío en el tren, me acordé de su cara de tristeza que tanto me gusta, y partí a buscarla al Jota.

Nos fuimos caminando. Desde ese momento supe que ya era abogado, y que el examen iba a ser un mero trámite. No lo fue, pero la confianza que me dió ese paseo era justo lo que necesitaba para sacarme tanto estrés de encima, y de mi polola también.

lunes, 8 de junio de 2015

Noche

Comienza a entrar la noche. Mañana tengo examen de Procesal. Para ser franco, estoy tranquilo y no me molesta adentrarme en el monstruo nocturno. Ya he pasado noches ocupado  y muchas muchas no tan ocupado con asuntos académicos. Estoy acostumbrado, así que no tengo miedo.

Los apuntes avanzan a una velocidad promedio, no tengo muchas ganas de seguir leyendo. De todas maneras, me ha ido bien en el ramo y tengo confianza, porque sé la materia, así que no estoy urgido por seguir leyendo.

Entre lecturas y lecturas ya son las 1 AM, el café me acompaña y mi boca huele como la mierda, me tomo un pequeño descanso, bajo con la idea de ir al "Gardelito" a comprar una empanada y algunas papas fritas para matar el hambre y la ansiedad. En el descenso compruebo que no hacía tanto frío como yo pensaba, pero está lloviendo, así que me veo obligado a subir a buscar un paraguas.

Es Julio, y ha llovido bastante en el último tiempo. Fenómeno sublime, pienso, pero esta lluvia de hoy parece que da para mucho rato, Carmen ya es un río y me cuesta cruzar la calle, al dar el salto para cruzar el mini río que se formó piso mal y quedo con los zapatos mojados.

No hago otra cosa que gritar "Conchetumadre" en voz baja. No importa, porque de cualquier manera no hay gente en la calle, después de todo nadie sale a pasear bajo la lluvia un martes de Julio en Santiago. Sobre todo cuando llueve a cántaros, como hoy.

A Don Pedro le compro lo pensado y una pequeña petaca de pisco barato, para matar el frío y quizás alguna otra cosa que me pase.

Cuando llego a la casa me saco los zapatos y calcetines mojados para pasar a dejar el paraguas. Por la cresta que están mal diseñadas las casas en esta ciudad para la lluvia. No se puede entrar a una casa sin tener que dejar todo mojado.

En fin, el estudio sigue. La frase "Normas Procesales" se apodera de mi cabeza, tanto así que las palabras empiezan a sonar raro de tanto repetirlas. Cerca de las 2:30 me llega un mensaje del Diego, que me pregunta si estoy estudiando. Le respondo que sí, pero que no tengo idea de nada. No tengo ganas de explicar nada por Messenger, de todas maneras le propongo que nos juntemos a las 7:30 en mi casa para repasar todo.

Sigo leyendo y leyendo, ya la velocidad de lectura es muy inferior al promedio. Me siento cansado y sin ganas de mucho. Estoy solo, como muchas veces he estado. Por alguna razón prefiero la soledad, no quiero abandonarla, porque así me siento sin miedo, o qué se yo. No entiendo por qué prefiero estar así que de otra forma.

Son las 4:50. El sueño me mata, afuera sigue lloviendo incesantemente. Voy a tomar una ducha, para ver si se me pasa.

No se me pasó el sueño, así que decido preparar un mate mientras sigo leyendo y leyendo, parece que estoy de vuelta. Ahora leo más rapido, pero no por eso aprehendo lo que leo. De todas maneras, ya lo sabía.

Ya empieza a amanecer y llega el Diego con cara de poto, parecida a la que debo tener, pero no quiero ir a mirarme en el espejo.

Mientras estudiamos me doy cuenta que estamos listos para pasar el ramo. Así que nos dirigimos a la panadería en Lira para comprar desayuno. Buenos panes con mortadela y aún más té.

A las 9:40 partimos a la facultad. El cielo está negro y sigue lloviendo a cántaros, mis zapatos todavía están húmedos. Maldita sea.

El examen es oral y dura cerca de 20 minutos. Al Diego le toca justo después que yo. Aquí voy. Hurtado me tiene buenas, así que estoy de suerte.

Salgo confiado y el Diego parece que se va a quebrar de los nervios.

-Tranquilo, huevón. Estai listo pa pasar.
-Sí, sí.

[......]

Finalmente, ambos pasamos el ramo.

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Este es un extracto de un cuaderno que me regaló el Ramón. Por la cresta que estaba nervioso cuando dí ese examen.

martes, 19 de mayo de 2015

Olvidando a la Sofía en Isla de Maipo

Esta es una historia de colegio.

Con la Sofía pololeamos cerca de un año y medio. Los dos éramos mojigatos y hogareños, la época la recuerdo como si hubiese sido viejo, y en retrospectiva siento que no tenía energías, que estaba cansado todo el tiempo. Que no había nada que hacer, que los paseos a la Plaza o al río ya eran demasiado. Incluso ver el mítico tren era algo que me desgastaba.

La historia empezó en Segundo Medio, con el típico momento en el que te armas de valor, que te da miedo y tiritas y le dices finalmente: Oye, me gustas. Y por supuesto, ella te corresponde, y te sientes feliz, y la besas, y todo está bien en el universo.

Como describía antes, no hacíamos mucho. Yo vivía en Talagante, ella vivía en El Monte, estudiábamos en un colegio que ya no existe cerca de Agustinas con Brasil. Highland School o algo así creo que se llamaba. Por esos años estaba de moda ofender al Español cuando de poner nombres a escuelas se trata. Cosa de darse una vuelta por Avenida La Florida para confirmar lo que digo.

Y es que ni desde Talagante ni desde El Monte era muy agradable viajar a Santiago todos los días. El taco en Vicuña, después el taco en Pedro Aguirre Cerda para finalmente llegar al taco en el centro. Era horrible, y lo siguió siendo después cuando entré a la U.

Con la Sofía paseábamos de la Mano por el Barrio Brasil y el Yungay después de la escuela, y en los findes a veces nos juntabamos en mi casa o en la suya. Pero lo cierto es que siempre estábamos en la casa, y salíamos poco, y en realidad siento que no hacíamos nada, que todo era el amor, qué se yo. No me puedo mirar objetivamente en retrospectiva, porque he cambiado mucho desde aquellos tiempos.

Para contar la verdad, peleábamos poco y la relación parecía que era perfecta: cuando yo quería juntarme con mis amigos a jugar N64, Super Nintendo, o ir a jugar DDR a las maquinitas ella me dejaba que fuera sin poner problemas, y lo mismo hacía yo cuando ella salía con sus amigas a hacer quizás qué. Siempre me imaginé que se juntaban a maquillarse y a pelar, pero no sé. Sus amigas ni siquiera me caían mal, pero tampoco ansiaba conocerlas, porque por la cresta, cuando uno tiene esa edad, quién ansía conocer a las amigas de su polola?

O acaso ya estaba cagado desde entonces?

Un día me llamó a la casa y me dijo que fueramos al río a El Monte, la conversación fue muy breve, yo acepté. Nos juntamos en el puente y yo ya la veía que tenía mala cara, que venía mal, que estaba seria, que venía decidida. Lo que no sabía era lo que había decidido.

Y sin chistar, yo mirando el río y ella con mis manos entre las suyas me dijo que se acabó, que ya no quería que siguieramos, porque no había diversión entre nosotros, que no salíamos juntos a ninguna parte, que no conocíamos a gente en común, que éramos demasiado iguales para estar juntos, que me deseaba lo mejor, que le dolía tener que hacer lo que hizo, pero que ya había tomado la decisión.

Eran las 16:15, o algo así, de una tarde de Noviembre. Yo me quedé mudo y ella se fue casi de inmediato, como si supiera de antemano que yo no iba a responder, que me iba a quedar mudo. Me quedé mirando el río hasta las 8 de la tarde y me fui caminando a mi casa. Llegué tarde y no quise hablar con nadie.

En los examenes de tercero medio me fue como el forro, no porque no supiera lo que me preguntaban, sino que porque me pasaba casi la mitad del tiempo de la prueba pensando en qué chucha fue lo que me dijo, por qué me quedé mudo, por qué no respondí nada, por qué terminó conmigo si yo pensaba que todo estaba bien.

En retrospectiva la Sofía tenía razón, pero fue sangre fría. Ni siquiera hay derecho a réplica?!

En fin. Entre el asunto del río y lo que siguió después no la busqué, porque tampoco tenía claro qué le iba a decir. Hasta que me decidí, y partí dos días antes de navidad a su casa, para preguntarle qué chucha. No había nadie.

Vacaciones.

Teléfono habría sido acobardarse, y las cartas no son mi estilo, así que sumido en el pensamiento de que había que esperar hasta Marzo desistí de la idea y caí en depresión.

En las vacaciones fuimos a Entre Lagos. Un lugar al interior de Osorno que recuerdo que era hermoso, pero me resulta difícil describirlo, porque honestamente el paisaje lo miré a la ligera. Me di cuenta que había cambiado, que prefería mi silencio a mi habla, empecé a darme cuenta de cómo me miraban raro, casi como si me tuvieran miedo. Como si supieran mi estado.

Tampoco es que alguien quisiese hablarme sobre eso, porque cómo se empieza ese tipo de conversaciones?

Hacia fines de Enero recibí la llamada de una ebria Sofía, que me trataba de decir que sus amigas estaban en lo correcto, y que yo era un flojo de mierda, o algo así. No entendí muy bien y corté yo antes de que lo hiciera ella, por dignidad, por respeto a mí mismo.

Bah...

Y me di cuenta que no tenía amigos. Así que partí a Puerto Montt, donde vive un tío y me dediqué a alcoholizarme casi a diario con mi primo, que tenía dos años más que yo. Pelluco era la mejor distracción para esta dolencia. Nunca pensé en mi primo, pero ahora me pregunto: Por qué habrá estado tan quebrado? Por qué alcoholizarse a diario? Irónico es, por decir lo menos, que nunca hayamos hablado del tema en un mes

Después volví a Talagante, y mis viejos me preguntaron qué me pasaba, que por qué estaba tan distinto, tan alejado, tan mudo. Y como buen cabro de 17, les dije que no pasaba nada. Quién no se ha hecho esa?

Pasé casi todo Marzo en silencio, hablando sólo lo justo y necesario, porque de cualquier manera no tenía amigos en el colegio por haber pasado tanto tiempo con la Sofía. Ella era más sociable, así que parecía que ella lo sobrellevaba de buena manera, no como yo.

Y un día en Abril hablamos, y me pidió perdón por haber terminado conmigo de manera tan abrupta, me habló de su verano, que Zapallar, que el litoral, que Viña, qué se yo. Ya no me importaba, porque había cambiado. Ahora era simplemente un muchacho silencioso que no hablaba nada. Le agradecí su conversación como políticamente se debe hacer y me puse a caminar. Me sentía con un nudo en la garganta apretado, quería llorar, no quería llegar a mi casa.

Se me hizo de noche y partí al ritual diario de ir a la Estación Central y esperar la Talagante que me llevaba a casa cuando tuve la epifanía.

No sé si toda la gente que viaja lo nota, pero cuando se toma esta micro en el terminal hay un montón de gente esperando en la cola para las micros. Los andenes marcan recorridos distintos, de manera que uno espera en la fila de la micro que corresponde. Finalmente casi todas llegan a Talagante o El Monte, incluso hasta El Paico, pero hay distintas formas de llegar, incluso hay recorridos que no van donde debiesen ir. Como la micro que va por Camino a Lonquén, por ejemplo.

Y mirando la fila, y la cantidad de gente que parte en la micro desde que comienza el recorrido no es difícil darse cuenta de que el recorrido "C. LONQUEN - ISLA DE MAIPO - CAPERANA" es lejos el que se lleva la mayor cantidad de pasajeros en la Talagante. De las Peñaflor no tengo idea, porque eso está muy cerca de Santiago.

Y concluí que aunque tenía una inmensa rabia con la Sofía por haberme puesto en esta situación depresiva terrible, en algunas cosas tenía razón. Sobre todo en la de explorar cosas, así que decidí mostrarle que estaba equivocada, que yo sí podía explorar si me lo proponía.

Me dieron las 8 y media.

Asustado, me hice paso en la fila para la micro que va a Isla de Maipo. Y como siempre, hay gente que queda en la fila para irse sentada y después de eso las personas que llegan son libres de subirse o no. Me subí con una ansiedad que no había sentido nunca antes y me quedé parado en el pasillo porque no habían más asientos.

Debo haber tenido una expresión facial horrible porque una vieja me dió el asiento por ahí por Departamental con Pedro Aguirre Cerda. Me senté a la ventana y llorando iba mirando hacia afuera. Me sentía asustado y libre. No sabía dónde cresta iba a ir a parar. Mucho menos tenía mapa ni nada de esas cosas.

Pero no me importaba.

La oscuridad en Camino a Lonquén puede ser desesperante, pero yo calculaba que iba a ser más tiempo hasta Isla de Maipo que hasta Talagante, así que sabía más o menos cuánto me iba a demorar. Me pasé mil rollos de la situación en la que estaba la Sofía cuando me llamó. Música fuerte, gente gritando al lado del teléfono y ella borracha. Lo comparé con lo que hice después en Pelluco durante Febrero y seguí llorando otro rato más.

Por qué me parecía que yo estaba infinitamente sumido en la miseria y ella lo estaba pasando bien? Por qué cresta siempre se tiene que hacer este tipo de comparaciones después de terminar una relación?!!!!

La micro iba fuerte y derecho, muy rápido hasta que disminuyó su velocidad y dobló en una bifurcación. Pasamos por una especie de Iglesia y una Plaza. Estaba mal iluminado y bien oscuro.

Desde ahí me fui pensando que estaba loco, que toda esta basura no podía ser así, que si ella después me buscó para pedirme disculpas es porque simplemente buscaba una distracción durante el verano, igual que lo hice yo. Después de todo no eramos tan distintos.

Había tomado la micro con la intención de saber qué mierda era "Caperana", pero eran ya un cuarto para las 10 y decidí bajarme cuando se bajó un gran pelotón de gente en Isla de Maipo. Bueno, supongo que era Isla de Maipo. Me bajé muy calmado y me quedé viendo cómo se iba la micro a la distancia.

Hacía frío, pero ya estaba tranquilo, ya no tenía pena. Le pregunté a un viejo que iba caminando cómo podía irme a Talagante y me dió indicaciones que tomara la micro pal otro lado y que me bajara en Calera de Tango y ahí podía tomar una micro a Talagante.

No me importó que fuera tarde. Ya estaba calmado. Ya había olvidado a la Sofía. Ya se había acabado el tormento.

Llegué a la casa tarde y feliz.

jueves, 14 de mayo de 2015

Como conocí a la Lucía

Yo era amigo del Ramón ya hace cinco años. Una amistad honesta. Con la Domi habiamos empezado a compartir nuestras vidas hace hacía unos 3 años, o algo así.

Por esos días el clima político estaba denso, por decir lo menos. Se había empezado a discutir reformas educacionales con el gobierno, pero nada salía. Que diálogo, que mesa, que el GANE, que el FE, etcétera. Finalmente  por esos días todo estaba en desacuerdo entre nosotros (los estudiantes) y el Gobierno.

Todo esto sucedió en Agosto. Uno de los meses más agitados del conflicto. Pero déjenme retroceder un mes.

Estamos en Julio y en la Católica la cosa no era fácil. Yo era de esa izquierda que se mezcla a veces nomás, que se moja el potito, pero la mitad no más. El Ra tenía más convicción. O sea, le costaba involucrarse, pero cuando lo hacía, era todo o nada. Yo me acuerdo que sentía que estábamos acorralados entre tanto imbécil que ronda la U. Sobre todo en la Casa Central. Era un ambiente nefasto, porque salían palabras que odio, como "resentidos", "upelientos", "hippies" y algunas otras más, que no merecen mención.

Por su parte la Domi decidió irse a la toma de su U. Ahí conoció un sinfín de gente que por transitividad conocí yo. Muchos cabros súper preparados, y otros que se notaba que el entusiasmo era sólo para figurar, porque no tenían contenido.

Con el Ra discutimos varias veces sobre qué podíamos hacer nosotros a la interna e independientemente. Varias veces llegamos a que era buena idea formar un colectivo anónimo, pero nunca concretamos la idea.

El 4 de Agosto quedó la cagada. La Domi se fue presa, la pillaron en Bustamante y no pudo hacerlo. Puta que fue huevona. Con el Ra mirábamos atónitos lo que pasaba, era un ambiente casi surreal. Hasta el día de hoy no he visto algo parecido.

Yo pensaba que después de irse presa la Domi iba a ser más calmada, pero finalmente resultó lo contrario. Salió con más convicción que nunca. Me acuerdo que se veía bella todos esos días, supongo que por esos días fue cuando finalmente decidí que no quería estar con nadie más. Qué extraña es la vida.

Antes del Paro de la CUT la Domi me dijo que marcharía con sus amigos de la Toma, que no iban a marchar con sus facultades, así que le propuse que fueramos juntos, y que podía llevar algunos huevones de la Católica. Accedió.

Fuimos yo, el Pancho, el Ra, el Pedro Cox y el Damián Schwarze y ahí fue cuando conocimos a un grupo de cabros de La Chile. Con algunos de ellos mantuve contacto después, todos buena onda. Pero fue este día cuando yo y el Ra conocimos a la Lucía, quien sería su futura polola.

Nosotros ya estábamos grandes, íbamos en quinto, la Domi también. Nos acompañaban puros personajes desde primero a tercero, así que éramos como los papás del grupo. La Domi sabía más de las marchas y qué hacer, así que ella era como la mamá. La Lucía era de la misma onda, así que se hicieron buenas amigas. Qué raro que es hacerse amigo de alguien en una marcha, con toda la paranoia que invocaba en ese tiempo la marcha. Todos pensaban que todos eran sapos, así que siempre había que ir con alguien que por lo menos supiera quién eras. Tiempos difíciles, supongo.

Después de eso seguimos juntándonos con ellos, los 4 éramos siempre constantes: Yo, la Domi, el Ra y la Lucía. A veces venía el Damián, a veces el Pancho, a veces la Cata, o alguna combinación de ellos. Nos juntábamos a tomar Mate y conversar mientras jugábamos cartas o dados. Es lo mejor para pasar el frío, si me preguntan, conversa, ocio e interesantes brebajes, como Mate, Navegado, o incluso un Té.

Me acuerdo que no me gustaba la Lucía, porque siempre estaba agarrando pal hueveo al Ra, como si quisiera dejarlo en ridículo o algo así, pero tanto yo como la Domi sabíamos quién era nuestro amigo. Al Ra parecía que la cuestión no le afectara, era como si este huevón fuera de fierro. Nada lo sacaba de sus casillas. Bien por él.

El año siguiente en Mayo, o por ahí el Ra nos contó que estaba pololeando con la Lucía.

Nos quedamos perplejos. Supusimos que toda la supuesta hostilidad parece que no era tal. Quizás él ya sabía que a ella le gustaba?

Después de eso dejamos de ver tan seguido al Ra, y cuando tomábamos once ya no venía tanta gente a vernos. Recuerdo que nos sentíamos solos. Mala onda, porque ahora eramos dos parejas.

La Lucía era extraña, con alcohol era muy extrovertida, risueña y despreocupada, mientras que sobria era totalmente distinta: observadora, seria, introvertida, casi siempre parecía que estaba calculando o algo así. Yo no sé, los huevones de Beauchef siempre me han parecido raros, creo que por eso se pelean con los de Derecho en La Chile. En fin, me parecía rara, porque su carácter cambiaba radicalmente con el alcohol, aunque para darle justicia, a todos nos cambia un poco.

Después, cuando el Ra estaba estudiando para su examen de grado la Lucía fue con una lista para el Centro de Estudiantes, salió electa como encargada del Área de Comunicaciones. A mi me parecía raro que hubiesen elegido una persona naturalmente observadora e introvertida para el cargo, pero supongo que estaba feliz por ella, creo.

En fin, recuerdo muchas cosas que pasaron, la mayoría son una lata, porque casi todas son de crítica. La Domi me dijo un día que yo estaba celoso de ella porque acaparaba a mi amigo, y tenía razón, porque después (esto ya lo conté una vez) me invitó a tomar un café para contarme lo mismo que la Domi ya me había dicho.

Después de eso la cosa cambió, porque volvimos a vernos los tres, más que nunca, como ya saben, e incluso tuvimos la re-adición de la Lucía a nuestro pequeño grupo.

Todavía creo que la Lucía es un poco altanera y escaladora, pero me cae bien, porque después de eso mi amigo nunca se vio tan infeliz como yo lo conocía.