Yo tengo una opinión muy fuerte sobre los moluscos.
Me encuentro, simplemente porque coincidimos de lugar, con usted, que aborrece los moluscos y, en cambio, prefiere los crustáceos.
La conversación gira en este momento en torno a las aves y su vuelo. Pero dentro de algunas horas el tema rotará hacia el mar y comenzaremos a hablar de crustáceos. Como usted aborrece los moluscos éstos saltarán a colación y -naturalmente- yo me veré forzado a expresar mi opinión. Mas usted, que siente una terrible animadversión por el objeto de mi deleite tratará de convencerme de lo contrario.
A este punto el grupo de discusión ya se ha reducido de 10 a 4 personas, dos de las cuales somos yo y usted.
La discusión comienza a elevar su tono y tanto yo como usted trataremos (ni siquiera de imponer) de manifestar nuestra opinión.
Hasta que la discusión revienta con usted desempeñando un sólido monólogo, en cuya mitad ninguno de nosotros ya escucha.
Cuando me tengo que ir me pregunto: Vale la pena?
Un poco de caldo de cabeza sobre las localidades, pensamientos y viajes por las localidades del Mapocho: Santiago, Peñaflor, Talagante y El Monte.
martes, 7 de junio de 2016
domingo, 5 de junio de 2016
La última chispa
Corría el 2012 y yo venía saliendo de un momento particularmente complicado de la existencia. Las cosas iban bien, tenía la capacidad de mantener todo en orden. No parecía que hubiese nada que me pudiera vencer por esos días.
Llegó el invierno y ya no todo era tan colorido, pero mis ganas de vivir y de ir adelante no se habían esfumado. Ahí estaba yo, empezando a fumar producto de la inseguridad que tú me dabas, porque no sabía que hacer en las situaciones que tú me ponías.
Perdóname, y perdónenme aquellas que por ser buenas con la gente le caen pretendientes. Yo no pude evitar caer en ese juego que para ustedes puede sonar estúpido. No hay nada que se pueda hacer contra eso, yo no buscaba a nadie, pero tú apareciste y simplemente quisiste entablar una amistad. Congeniamos, hablamos mucho y mutuamente conocimos nuestros interiores. Perdón por soñar contigo.
Y después vino el desengaño, en gran parte orquestrado por mí mismo. Dejando entrever que soy un pelotudo inseguro tú quisiste alejarte de mí y ya no verme más. Años más tarde comprendí que eso es lo normal, y la cosa era que yo estaba equivocado.
Y tú.
Tú te quedaste conmigo, con lo mejor de mí, y no me dejaste nada, y de nada nunca hay restos. Yo soñaba con estar contigo, y nunca pude conocerte. Te llevaste mis ganas de vivir, mis ganas de pecar, mis ganas de soñar, mis ganas de sentir.
Después de eso me marchité, igual que las flores. Pero supongo que no como cualquiera que simplemente vuelve a renacer la próxima primavera, sino que como alguna que le toma años volver a florecer. Espero que mi interior reverdezca.
Y ojalá que sepas, que no te guardo ningún rencor.
Llegó el invierno y ya no todo era tan colorido, pero mis ganas de vivir y de ir adelante no se habían esfumado. Ahí estaba yo, empezando a fumar producto de la inseguridad que tú me dabas, porque no sabía que hacer en las situaciones que tú me ponías.
Perdóname, y perdónenme aquellas que por ser buenas con la gente le caen pretendientes. Yo no pude evitar caer en ese juego que para ustedes puede sonar estúpido. No hay nada que se pueda hacer contra eso, yo no buscaba a nadie, pero tú apareciste y simplemente quisiste entablar una amistad. Congeniamos, hablamos mucho y mutuamente conocimos nuestros interiores. Perdón por soñar contigo.
Y después vino el desengaño, en gran parte orquestrado por mí mismo. Dejando entrever que soy un pelotudo inseguro tú quisiste alejarte de mí y ya no verme más. Años más tarde comprendí que eso es lo normal, y la cosa era que yo estaba equivocado.
Y tú.
Tú te quedaste conmigo, con lo mejor de mí, y no me dejaste nada, y de nada nunca hay restos. Yo soñaba con estar contigo, y nunca pude conocerte. Te llevaste mis ganas de vivir, mis ganas de pecar, mis ganas de soñar, mis ganas de sentir.
Después de eso me marchité, igual que las flores. Pero supongo que no como cualquiera que simplemente vuelve a renacer la próxima primavera, sino que como alguna que le toma años volver a florecer. Espero que mi interior reverdezca.
Y ojalá que sepas, que no te guardo ningún rencor.
lunes, 30 de mayo de 2016
Mala suerte
Los que me conocen saben que no tengo mucha experiencia y siempre tiendo a decir que no sé nada. Al menos en la generalidad de temas que suelen salir, poco sé.
Y estoy yo aquí, en sequía, totalmente rendido frente a la posibilidad que cualquier cosa ocurra en mi vida. No necesariamente triste, y muchas veces sin siquiera deprimirme, sólo estoy yo y están mis amigos, y esa es la única verdad, porque de especulaciones no se llega a nada.
En fin, llegas tú y tengo la desgracia de conocerte, la mujer increíblemente más repulsiva que he conocido en mi vida. Tú representas todo aquello de lo que yo reniego, todo lo que yo no quiero ser en mi vida.
Yo hubiera esperado que la repulsión fuera mutua, pero desafortunadamente no fue así. Por alguna extraña razón tú no sientes animadversión hacia mí y, de hecho, yo sé que es todo lo contrario, sé que sientes curiosidad, que tienes ganas, y sé que cuando te curas te pones cargosa.
Y yo de tí no quiero absolutamente nada.
Y me da un poco de pena, porque tu pareja -que es un cabro que de huevón no tiene un pelo-, se da cuenta, y hasta te dice, y tú sigues con la cantinela estúpida. Como si para mí fuera importante el hecho de que tú no eres fea. Pero te falta, chiquita, saber que existimos algunos que actúan racionalmente.
Pero más que todo, lo que siento es que tengo mala suerte. Por qué carajo tenías que ser tú quien hiciera esto y no la que yo quería?
Y estoy yo aquí, en sequía, totalmente rendido frente a la posibilidad que cualquier cosa ocurra en mi vida. No necesariamente triste, y muchas veces sin siquiera deprimirme, sólo estoy yo y están mis amigos, y esa es la única verdad, porque de especulaciones no se llega a nada.
En fin, llegas tú y tengo la desgracia de conocerte, la mujer increíblemente más repulsiva que he conocido en mi vida. Tú representas todo aquello de lo que yo reniego, todo lo que yo no quiero ser en mi vida.
Yo hubiera esperado que la repulsión fuera mutua, pero desafortunadamente no fue así. Por alguna extraña razón tú no sientes animadversión hacia mí y, de hecho, yo sé que es todo lo contrario, sé que sientes curiosidad, que tienes ganas, y sé que cuando te curas te pones cargosa.
Y yo de tí no quiero absolutamente nada.
Y me da un poco de pena, porque tu pareja -que es un cabro que de huevón no tiene un pelo-, se da cuenta, y hasta te dice, y tú sigues con la cantinela estúpida. Como si para mí fuera importante el hecho de que tú no eres fea. Pero te falta, chiquita, saber que existimos algunos que actúan racionalmente.
Pero más que todo, lo que siento es que tengo mala suerte. Por qué carajo tenías que ser tú quien hiciera esto y no la que yo quería?
jueves, 12 de mayo de 2016
Influencia
No recuerdo exactamente el momento en que lo conocí. Lo veía algunas veces en el pan y otras veces caminando a la micro. Pocas veces tuve contacto con él, pero todos en el barrio lo conocían.
El momento en que empezamos a ser amigos sí que lo recuerdo. Yo andaba por la vida tratando de aprehender la mayor cantidad de cosas posibles, y algo de engreído había en mí, era de esos que creen que por estudiar algo y saber un poquito más cree que está por sobre el resto, de esos hijos de puta que te hablan en tono condescendiente, en tono patronal. En el más nefasto de los tonos en los que te pueden hablar.
Sí, hay pocas cosas que me desagradan de la gente, y tiendo más bien a tratar de ignorar este nefasto pensamiento, porque siento que me envenena. Pero no puedo soportar a los huevones que tratan a los demás (o a mí) en tono patronal, condescendiente, de ese modo que hace poco hizo surgir el término del inglés "mansplaining". Lo otro es esa actitud de los cuicos (se da más en las mujeres) en la que te tratan dulcemente en un tono obviamente falso, y más bien evitan hablarte con su frecuencia y tono natural de voz. Este -que sé que es difícil de notar-, es especialmente molesto cuando va acompañado de palabras como tierno o amoroso. Qué situación más nefasta, por la cresta!!
En fin, andaba en esa, cuando empecé a madurar mi capacidad de debate. Recuerdo que su primer gran aporte a mi vida fue cuando me dijo "oye, tienes una forma de discutir y de argumentación muy lógica". Yo creo que hasta el día de hoy R no sabe lo que significó eso en mí, la fuerza que me dio para nunca más quedarme callado cuando hay algo de lo que se está hablando. Es una cuestión difícil de explicar, porque todos cuando somos niños tendemos a discutir, tendemos a hablar sobre las cosas y a preguntar por éstas y por sus razones, y es sólo la retroalimentación positiva lo que nos hace que después nos sigamos preguntando y queramos seguir más allá. Dicho de otro modo, cuando tenemos respuestas, tenemos más preguntas.
Fue un momento particularmente especial, porque en ese momento yo me estaba dando por vencido, era el momento en el que me discutía una cuestión trascendental. Yo estaba decidiendo dejar de discutir por el resto de mi vida, por la cresta!
Pero R, sin quererlo, quizás, me enseñó que no, que a veces los malos estímulos no son tales, y lo que de verdad existe son malas interpretaciones.
Después de ello continué por la vida, sin mucho contacto, hasta que empecé a trabajar allá cerca del Club Hípico. Supe que R trabajaba cerca de la Peni, así que tomabamos la micro juntos, y en ese trayecto hablábamos mucho, a veces despues de la pega me invitaba a su casa y conversábamos con los invitados.
De él -y por influencia de otros, también, pero principalmente por R- saqué este extraño silencio que me invade cuando estoy en grupo, porque pese a que él era un excelente orador, entendía perfectamente el significado del silencio. Para mí ese silencio era, la mayoría de las veces, más significativo que cualquier palabra que esbozara en vez de callar.
Aprender eso significó un cambio radical en mi forma de actuar.
Querámoslo o no, y aunque a veces yo mismo lo niegue, todos necesitamos algún tipo de atención. Todos la buscamos. En esta nefasta era web 2.0 las selfies con comentarios son gritos desesperados de atención, pero como muchos ya saben, mi época de internet no es esta, sino una pasada (mi usuario de github @anachronic no es casual). En esta pasada época buscaba yo la atención de la forma nefasta en la que se hacía en ese tiempo, cambiando el nick del msn, reconectándome, poseando el género musical de moda, etc. Y me dí cuenta que funcionaba hasta que MSN se convirtió en una red social, y para infortunio mío, se acabó la atención. Porque la gente en esta era 2.0 habla con los que gustan, con los -digámoslo de una forma resentida- favorecidos.
Y yo no soy tal.
Comprendí que su silencio era una forma de llamar la atención, porque uno se pregunta qué hablará, que dirá, que pensará sobre el tema que se está hablando, y es una cuestión sutil, una cuestión que discrimina entre los que tienen la capacidad de participar y los que no. Era simplemente un método perfecto.
Después siguieron otras cosas, vino la cuestión más personal, qué se yo. Ya eramos amigos, ya la forma de vida estaba forjada y poco había que cambiar. Pero aprendí tanto que aquí no puedo detenerme en todo.
Al final me fui del barrio, pero a veces iba a la casa de R y, como siempre, ahí estábamos, en la mesa, con los que se podía hablar siempre, pero la frecuencia cada vez disminuyó más.
Hasta que un día perdí mi teléfono, su contacto y me volví a cambiar de casa, y no sé dónde está R, y el contacto se perdió, pero espero que allá donde sea que esté, R esté bien, y que aquellas promesas que nos hicimos, y las expectativas que teníamos el uno del otro se cumplan.
Porque es, a final de cuentas, una cuestión de lealtad.
miércoles, 14 de octubre de 2015
La importancia de la vejez
Cuando ya empezábamos a ser más viejos que jóvenes dentro de la U y nuestro pequeño grupito ya estaba consolidado -sobre todo después de lo de la Sierra-, empezó a ser natural que empezáramos a conocer a la familia de nuestros amigos, los viejos del Ra, los viejos de la Domi, mis viejos, nuestros abuelos, nuestros tíos, etcétera.
A estas alturas no me acuerdo si esta historia transcurre durante un verano, o semana santa, o a mediados de diciembre. Algo de calor hacía por esos días, eso sí.
En fin, con la Domi sabíamos que el Ra tenía sus demonios interiorizados, y que la época de desvelo e insomnio había pasado cuando empezamos a ser amigos. Ahora él seguía adelante persiguiendo la meta (sí, el Ra en ese momento perseguía más la meta que el sueño) de titularse y ser un abogado con todas sus letras. Yo también estaba cerca, pero la cuestión era más cuesta arriba, más difusa, o a lo mejor yo estaba distraído, o no me importaba tanto como a él, no me acuerdo. Así que veíamos bien al Ra, un poco más feliz que de costumbre y muy enfocado en su volada, incluso lo veíamos un poco menos, pero siempre había un tiempo, para fumar unos 333, o para tomar once, a veces nos íbamos en tren donde los viejos de la Domi por el día, para conversar y buscar otros puntos de vista en las problemáticas que teníamos.
Y nos pusimos de acuerdo para partir a Osorno, una ciudad que unos huevones dicen que es más fome que la cresta, pero se equivocan. La ciudad la hace la gente que vive en ella, y en ese sentido, Osorno es una ciudad muy distinta a Santiago.
Entiéndanme por favor, cuando afirmo que me cuesta mantener el foco al contar una historia.
Por esos días partimos a Osorno y resulta que la familia del Ra es una cuestión más loca que la cresta, y bien distinta a la mía (en ese sentido su familia se parece a la de la Domi). Hicieron algún animal al palo, no me acuerdo realmente cuál era (entre cordero y un cabrito era la cuestión, creo) y llegó casi toda la familia de mi amigo, muchos desde localidades cercanas. Sólo por decir algunas: Purranque, Entre Lagos, Río Bueno, Puerto Montt, Futrono, San José de La Mariquina, Futrono, Valdivia, entre otros. Un poco fácil entender por qué todos se juntan en Osorno después de decir eso.
Mi familia es buena para juntarse y bailar, hacer su asado loco a veces y tomar vino. Un clásico del valle en general, se habla poco de la inmortalidad del cangrejo y de asuntos que para otros no son importantes. La cuestión es bailar, pasarlo bien, conversar de la pega y las anécdotas del día a día.
La familia del Ra, en cambio, es lo más conversadora que existe, y en esta junta conversamos con un sinfín de gente de los temas más diversos imaginables. El baile es una cuestión de algunos, y se nota que lo más predominante entre ellos es la conversación, el compartir los pensamientos, la discusión. Y de un derepente entendí por qué el Ra era tan inteligente, por qué parecía que la U fuera tan fácil para él, la retórica, la discusión y el escuchar el punto de vista son cuestiones que -especialmente en el Derecho-, te curten y te forman para el desempeño tanto académico como laboral.
Y pasó el día, un día muy bonito, donde yo conversaba con algunos viejos, la Domi con algunas viejas, tías y qué se yo, hubo una mezcla muy grande de interlocutores que fue bonita. Yo creo que ese día fue uno de los que contribuyó a sellar nuestro andar. Las miradas y la complicidad que había entre los dos es una cuestión que no puedo explicar, no me exasperé al saber que ella no iba a estar conmigo todo el día, de hecho, ella siempre se ha valido por sí misma sin ningún problema, pero sólo recibir una simple mirada era suficiente para saber que estábamos juntos ahí, y que siempre íbamos a ir juntos, un al lado del otro, y al lado de nuestros amigos, caminando para vencer, para conquistar un mundo mejor.
Y cayó la noche casi junto con la ebriedad generalizada. Y me dio gusto que la cuestión fuera igualitaria, o sea, estábamos todos igual, los viejos, los jóvenes, los hombres, las mujeres.
Fue en ese momento que un tío que el Ra quiere mucho se puso a conversar con él, y le contó algunas anécdotas de vida, de esas que son difíciles de sonsacar a palabra simple, de las que la gente sin un copete jamás comentaría. Cosas de la vida de cuando vives en duda, en la incertidumbre, precisamente del proceso que se vive en la tercera década de la vida, del cuestionamiento interno y a veces externo. Al estar bien encaminado las cosas se van dando solas, no por arte de magia ni porque sí, sino porque hacer las cosas que hay que hacer te lleva a un estado de armonía, de tranquilidad, de una cuestión que es más bien inefable. Están los que no les gusta lo que hacen, los que los caminos de la vida los llevaron a hacer cuestiones que les son desagradables, y hay muchos otros casos más. Ahí entendimos que no todo estaba perdido, porque después de todo la Domi y el Ra aman lo que hacen, y ello en cierta manera hace su mundo. Allá en la cordillera eran ellos dos los que más conversaban de sus cuestiones, yo a veces también, pero no estoy seguro que las leyes y el derecho sean las materias que más me llenan como persona.
El reflejo que el viejo veía en su sobrino-nieto en cierta manera llegó a darle tranquilidad al Ramón, no esperanza, sino que tranquilidad. Él no era el único ni tampoco iba a ser el último con este tipo de dramas, que vienen desde hace mucho tiempo, aunque la globalización probablemente los ha hecho más agudos. El Ramón simplemente tenía que seguir haciendo lo que hacía: matar todos los ramos en la U, seguir yendo a los mismos lugares que iba, seguir subiendo cerros con nosotros, creer en sus convicciones. Después de todo, eso es lo que te define como persona.
Y estaba bien, y eso fue confirmado algunos meses después, cuando llegó la Lucía a nuestras vidas, probando que lo bueno trae más cosas buenas. De este tema nos acordamos allá en San Gabriel, y en el Embalse El Yeso, medios borrachos, medios llorones, porque la cuestión había llegado, y en ese momento habían otras preocupaciones. Como qué iba a pasar con nuestra amistad, por ejemplo.
Nueva York es otra historia. Y lo que pasó entre esta situación clave en Osorno y entre que llegó la Lucía también da harto de qué hablar, pero será para otro momento. Grande Ramón!
A estas alturas no me acuerdo si esta historia transcurre durante un verano, o semana santa, o a mediados de diciembre. Algo de calor hacía por esos días, eso sí.
En fin, con la Domi sabíamos que el Ra tenía sus demonios interiorizados, y que la época de desvelo e insomnio había pasado cuando empezamos a ser amigos. Ahora él seguía adelante persiguiendo la meta (sí, el Ra en ese momento perseguía más la meta que el sueño) de titularse y ser un abogado con todas sus letras. Yo también estaba cerca, pero la cuestión era más cuesta arriba, más difusa, o a lo mejor yo estaba distraído, o no me importaba tanto como a él, no me acuerdo. Así que veíamos bien al Ra, un poco más feliz que de costumbre y muy enfocado en su volada, incluso lo veíamos un poco menos, pero siempre había un tiempo, para fumar unos 333, o para tomar once, a veces nos íbamos en tren donde los viejos de la Domi por el día, para conversar y buscar otros puntos de vista en las problemáticas que teníamos.
Y nos pusimos de acuerdo para partir a Osorno, una ciudad que unos huevones dicen que es más fome que la cresta, pero se equivocan. La ciudad la hace la gente que vive en ella, y en ese sentido, Osorno es una ciudad muy distinta a Santiago.
Entiéndanme por favor, cuando afirmo que me cuesta mantener el foco al contar una historia.
Por esos días partimos a Osorno y resulta que la familia del Ra es una cuestión más loca que la cresta, y bien distinta a la mía (en ese sentido su familia se parece a la de la Domi). Hicieron algún animal al palo, no me acuerdo realmente cuál era (entre cordero y un cabrito era la cuestión, creo) y llegó casi toda la familia de mi amigo, muchos desde localidades cercanas. Sólo por decir algunas: Purranque, Entre Lagos, Río Bueno, Puerto Montt, Futrono, San José de La Mariquina, Futrono, Valdivia, entre otros. Un poco fácil entender por qué todos se juntan en Osorno después de decir eso.
Mi familia es buena para juntarse y bailar, hacer su asado loco a veces y tomar vino. Un clásico del valle en general, se habla poco de la inmortalidad del cangrejo y de asuntos que para otros no son importantes. La cuestión es bailar, pasarlo bien, conversar de la pega y las anécdotas del día a día.
La familia del Ra, en cambio, es lo más conversadora que existe, y en esta junta conversamos con un sinfín de gente de los temas más diversos imaginables. El baile es una cuestión de algunos, y se nota que lo más predominante entre ellos es la conversación, el compartir los pensamientos, la discusión. Y de un derepente entendí por qué el Ra era tan inteligente, por qué parecía que la U fuera tan fácil para él, la retórica, la discusión y el escuchar el punto de vista son cuestiones que -especialmente en el Derecho-, te curten y te forman para el desempeño tanto académico como laboral.
Y pasó el día, un día muy bonito, donde yo conversaba con algunos viejos, la Domi con algunas viejas, tías y qué se yo, hubo una mezcla muy grande de interlocutores que fue bonita. Yo creo que ese día fue uno de los que contribuyó a sellar nuestro andar. Las miradas y la complicidad que había entre los dos es una cuestión que no puedo explicar, no me exasperé al saber que ella no iba a estar conmigo todo el día, de hecho, ella siempre se ha valido por sí misma sin ningún problema, pero sólo recibir una simple mirada era suficiente para saber que estábamos juntos ahí, y que siempre íbamos a ir juntos, un al lado del otro, y al lado de nuestros amigos, caminando para vencer, para conquistar un mundo mejor.
Y cayó la noche casi junto con la ebriedad generalizada. Y me dio gusto que la cuestión fuera igualitaria, o sea, estábamos todos igual, los viejos, los jóvenes, los hombres, las mujeres.
Fue en ese momento que un tío que el Ra quiere mucho se puso a conversar con él, y le contó algunas anécdotas de vida, de esas que son difíciles de sonsacar a palabra simple, de las que la gente sin un copete jamás comentaría. Cosas de la vida de cuando vives en duda, en la incertidumbre, precisamente del proceso que se vive en la tercera década de la vida, del cuestionamiento interno y a veces externo. Al estar bien encaminado las cosas se van dando solas, no por arte de magia ni porque sí, sino porque hacer las cosas que hay que hacer te lleva a un estado de armonía, de tranquilidad, de una cuestión que es más bien inefable. Están los que no les gusta lo que hacen, los que los caminos de la vida los llevaron a hacer cuestiones que les son desagradables, y hay muchos otros casos más. Ahí entendimos que no todo estaba perdido, porque después de todo la Domi y el Ra aman lo que hacen, y ello en cierta manera hace su mundo. Allá en la cordillera eran ellos dos los que más conversaban de sus cuestiones, yo a veces también, pero no estoy seguro que las leyes y el derecho sean las materias que más me llenan como persona.
El reflejo que el viejo veía en su sobrino-nieto en cierta manera llegó a darle tranquilidad al Ramón, no esperanza, sino que tranquilidad. Él no era el único ni tampoco iba a ser el último con este tipo de dramas, que vienen desde hace mucho tiempo, aunque la globalización probablemente los ha hecho más agudos. El Ramón simplemente tenía que seguir haciendo lo que hacía: matar todos los ramos en la U, seguir yendo a los mismos lugares que iba, seguir subiendo cerros con nosotros, creer en sus convicciones. Después de todo, eso es lo que te define como persona.
Y estaba bien, y eso fue confirmado algunos meses después, cuando llegó la Lucía a nuestras vidas, probando que lo bueno trae más cosas buenas. De este tema nos acordamos allá en San Gabriel, y en el Embalse El Yeso, medios borrachos, medios llorones, porque la cuestión había llegado, y en ese momento habían otras preocupaciones. Como qué iba a pasar con nuestra amistad, por ejemplo.
Nueva York es otra historia. Y lo que pasó entre esta situación clave en Osorno y entre que llegó la Lucía también da harto de qué hablar, pero será para otro momento. Grande Ramón!
miércoles, 5 de agosto de 2015
Sierra con el Ramón
Cuando ya los tres éramos amigos inseparables decidimos ampliar nuestros recorridos de alpinismo. Nuestras aventuras habían sido bien intensas hasta el momento y de altas exigencias, empecé en primer año de U, cuando unos cabros nuevos del barrio allá por Solovera los pillé hablando del asunto e hicimos buenas migas. Subimos algunas veces hasta la cuesta Mallarauco y recorrimos los pseudo-senderos de la cumbre y me quedó gustando el asunto.
Después conocí al Ra que era experto en esta cuestión, pero hacía rutas un poco más exigentes. Así que empecé con los cabros de la Solovera a buscar nuevos desafíos. Con ellos subí el Provincia, recorrí el Cordón de los Españoles pasando por los cerros Conchalí y el Carpa. Incluso hicimos el Arqueado de Barrera. En otra ocasión subimos el Piuquenes por La Dehesa y ahí empecé a exigirme un poco más. Nos distanciamos un poco con los cabros del barrio, porque a ellos les gustaba caminar, pero no eran de acampar y hacer caminos de varios días.
Y con el Ramón empezó la travesía, escalamos juntos el Plomo y también recorrimos gran parte de Yerba Loca hacia el glaciar La Paloma y algunas otras rutas de trekking liviano.
Por su parte, la Domi se conocía el Chena al revés y al derecho, había sido parte de su vida desde su infancia, de manera que numerosas veces lo había subido por las distintas rutas que el majestuoso cerro ofrece. Además, también había subido el cerro Manquehue un par de veces. Hasta ahora no conozco este cerro, y me arrepiento un poco, porque es otro cerro que casi todo Santiaguino conoce, pero irónicamente, pocos saben cuál es y casi nadie conoce su nombre. Así llegó la gran idea de mi amigazo Ramón.
Ya habíamos subido el Plomo y de la Sierra conocíamos un poco de la quebrada de Macul y el Provincia. Pero esto era grande, al Ra se le ocurrió cruzar toda la Sierra de Ramón, desde el Provincia cruzando los cerros Tambor, de Ramón, Punta de Damas, bajando por el Minillas y llegando a los inicios del Cajón del Maipo cerca de las Vizcachas.
Corría el mes de Diciembre y los tres ya estabamos exentos de deberes académicos, haciendo ideal la excursión sabiendo que además de la libertad, había dejando caerse una de esas lluvias veraniegas 2 días antes del inicio de la excursión, por lo que contaríamos con agua durante el camino.
Lo que me emocionaba de este viaje -y también la razón por la que el Ramón nos convenció a mí y a la Domi- es que la Sierra de Ramón es un lugar que todo Santiaguino conoce, su majestuosa altura trasciende a cualquier discriminación que tanto existe en esta ciudad. Todo Santiaguino conoce esta Sierra viva donde viva, su nieve deleita a sus ciudadanos en los meses de invierno cuando toman desayuno. Los ricos viviendo a sus faldas y el resto de nosotros mirándola desde lejos, pero completa. Poder recorrer sus senderos y cumbres de seguro que iba a ser una experiencia muy bonita.
Estaba decidido, partiríamos un jueves y volveríamos un sábado. La vieja de la Domi nos iría a dejar al puente Ñilhue y nos iría a buscar a Las Vizcachas.
Esta fue una de las tantas veces que seguí el Mapocho hacia su cara oriente. El viaje empezó siendo bonito desde el principio. La suegra hablaba de cómo era Santiago antes y a mi me gustaba escuchar las historias. Mientras avanzábamos todos veíamos el cambio del color de sus aguas, que en El Monte son color "neutro", en Santiago son de color café, y camino a La Ermita son de color turquesa. Con el Mapocho y sus aguas de color paraíso empezaba nuestro viaje.
Corrían las 7.20 de la mañana y estábamos en el puente Ñilhue dispuestos a empezar nuestra aventura. Los tres agradecimos a la mamá de la Domi y le deseamos un buen día en el trabajo.
Enfilamos el rumbo teniendo como meta llegar a la cumbre del Provincia entre las 3 y 4 de la tarde. Y siendo tan temprano teníamos mucho tiempo por delante, así que camino a la cumbre salieron de los más variados temas: sudor, dificultad de la subida, sed, calor, infancia, chistes, entre otros. El camino se hizo bastante agradable, porque íbamos más bien calmados y a ritmo regular de acuerdo al camino.
Naturalmente, yo era el más cansado de los tres, pero no porque me faltaran ganas. Simone dice que el hombre tiende a querer poseer, violar las cosas, y que en ese sentido hace de la mujer un objeto. De la misma manera que el hombre posee a una mujer, cuando el hombre alcanza una cumbre de un cerro, posee la montaña, o a fierro pelao', la viola.
Francamente, encontré por mucho tiempo que la vieja estaba equivocada cuando escribía estos textos, pero escalando la sierra hacia el Provincia me cambió la visión de lo que ella decía, nosotros íbamos con la ambición de cruzar la Sierra no sólo porque creíamos que era una posibilidad majestuosa que la cordillera nos brindaba, sino que también porque queríamos mirar el entreríos del Maipo y el Mapocho desde arriba, desde los lugares que de nuestras casas se ven a lo lejos (y bien a lo lejos, por la chucha). Metafóricamente, queríamos violar a Santiago admirándola desde la cumbre más alta que la ciudad ofrece para mirar, queríamos ser su monarquía, estar en el olimpo, en el lugar donde el poderoso debe estar y donde el indefenso debe subyugarse.
Más aún, si miramos la aventura fríamente, nos damos cuenta que esta aventura no es más que un pasatiempo de niñitos universitarios estresadamente aburridos. De pensar un poco en esta cuestión me dio un poco de vergüenza estar escalando el cerro. Sólo por estar aburridos, sólo porque podíamos, sólo por querer violar la sierra, sólo por querer mirar a todo Santiago desde arriba.
Irónicamente, la Domi discrepó de la idea y calificó a la vieja de loca, o algo así, pero me dijo que iba a leer el libro. El Ramón, por su parte, reafirmó un poco lo que yo pensaba.
Íbamos en esa conversación cuando llegamos a la cumbre del famoso Provincia. Desde ahí se veían majestuosos los cerros Del Medio, Alvarado, Manquehue, Calán, Apoquindo y quizás se me escapa alguno. Realmente es sublime la vista desde ese lugar. Se ve fundamentalmente la parte noreste de la capital, pero la vista es impagable.
En la tarde nos dedicamos a cocinar algo y a armar el campamento. Era tarde para poder seguir, porque el paso calmado de ascenso hizo que llegáramos un poco más tarde de lo pensado. Yo había estado en algunos lugares notables para relajarse y observar las cosas, pero ninguno tan especialmente bello como éste. Y lo mejor era que aun quedaba mucho más recorrido, porque sólo llevábamos cerca de un cuarto de la sierra, aquí soltamos la lengua y conversamos de algunas cosas profundas, como se hace en todo viaje.
De todas maneras, el pensamiento y la discusión con mis compañeros de viaje me había dejado medio mal. No por el tono, sino que por la significancia de lo que estábamos haciendo.
Al otro día fui sorpresivamente el primero en despertarme. Noté que era aún de noche y el reloj me marcaba un par de minutos antes de las 8 de la mañana. Me vestí rápidamente y salí a hervir agua y prepararme para ver el amanecer al otro lado de la cordillera. El ruido que hice, supongo, despertó al Ra, que me fue a acompañar en un espectáculo poco común para muchos.
Despertamos a la Domi, tomamos desayuno y partimos cerca de las 9 rumbo a la cumbre más alta: El Cerro de Ramón. En el camino seguimos dándole vuelta a la cuestión de ser unos cabritos estresados y etcétera.
La llegada al Morro del Tambor fue casi una sorpresa, el tiempo se me pasó volando, mayormente porque el camino es bastante cómodo, aunque corría un poco de viento. La conversa en este tramo fue silenciosa justamente porque corría el viento.
Aun así, la caminata fue muy agradable, el silencio es cómodo cuando hay algo que lo apacigua. De igual modo que el río puede emitir calma cuando el ánimo lo permite, el viento cordillerano puede hacer lo mismo con el viaje. En este momento que es de los mejores para la reflexión fue cuando dejé de sentir compasión por mí mismo: el ser humano necesita ocio y espacios para la distracción. Algunos van al parque, algunos van a la playa, algunos se toman chelas en el bella, algunos suben el San Cristóbal en bicicleta, algunos cruzan el Salar de Uyuni, y otros como nosotros cruzamos la Sierra de Ramón. Qué de malo puede haber en eso? Es condenable querer cruzar una sierra y querer admirar la mezcla naturaleza-hombre entre Santiago y sus cerros?
Es condenable querer ir a la altura y admirar el paisaje montañoso?
Eran como las doce y cuarto y estábamos en la cima del Tambor. Transmití mis reflexiones a mis compañeros montañistas y la Domi dió en el clavo: el asunto de la violación (en el sentido que en este texto he expuesto) no es del hombre, sino que del ser humano, todo aquello de lo que De Beauvoir habla no le es inherente al hombre. Probablemente es un hecho histórico que los hombres han sido así con la superioridad en general: el superior posee al inferior. Nosotros desde la montaña poseemos la ciudad de Santiago y su imponente Sierra. Empero, entre nosotros hay también una mujer, ella también está con nosotros, ella también está violando la montaña, ella también se hace dueña de todo lo que nosotros poseemos. No son sólo los hombres los que poseen a las mujeres en el acto sexual, sino que también es a la inversa. O al menos así debería ser.
Derretimos un poco de nieve para el camino al Ramón. La vista era buena, pero no excelente como en el Provincia, así que no nos quedamos mucho rato. Nos fumamos unos cigarros mirando el paisaje, después nos comimos unos pancitos y partimos rumbo al Ramón apertrechados de agua para el camino.
Hacia el Ramón el camino nos perdonó un poquito más, sin mucho viento y una temperatura agradable para la altura a la que estábamos, así que nos fuimos echando la talla y felices caminando por la "meseta" que hay en el tramo. Es raro en este tramo mirar hacia el sur y ver "el patio trasero" de Santiago, con su cordillera aún más imponente que lo que la Sierra ofrece a la ciudad.
Desde el Ramón la vista es francamente sobrecogedora, la disminución de esmog durante el verano hace la vista un poco mejor de lo que -supongo- sería en invierno sin lluvias. Alcanzamos a ver el cerro la Cruz desde donde estábamos, pero decidimos no ir, porque estábamos un poco atrasados debido al viento camino al Tambor.
En la cima les saqué una foto a la Domi con el Ramón. Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de esta famosa sierra, estábamos felices y llenos de energía, éramos jóvenes y teníamos toda la vida por delante. Un día el papá de la Domi nos contó que leyó un libro de un viejo que no recuerdo (Neruda, quizás?) que decía que si tuviera que cambiar algo de su vida, definitivamente haría más cosas por su vida y agotaría su juventud. Pues bien, nosotros estábamos construyendo nuestras vidas de modo que no tuviésemos este tipo de arrepentimientos, gastando nuestras energías, buscando nuevos rumbos y tratando de deleitar nuestros ojos con lo que Santiago nos ofrecía.
La Domi en esta foto sale muy bonita, la normal forma cóncava hacia abajo de su boca no se nota, el viento le echa su pelo relativamente largo hacia atrás y sonríe mientras abraza a mi mejor amigo que extrañamente también toma una buena foto, se le ve contento y feliz por estar ahí con nosotros.
Seguimos después camino al Punta de Damas. Este camino es como las huevas, lleno de rocas y con peligro de caidas debido a las pendientes que el filo forma. No hubo mucho tiempo para conversar ni reflexionar, pues naturalmente la conciencia la tienes puesta en no sacarte la mierda y salir vivo de ese lugar. Mientras avanzábamos por el implacable camino el sol se iba acercando al oeste y formó una imagen maravillosa: El antecrepúsculo era ineluctable y el cielo lo anunciaba con su color rojo tendiendo a rosado. Tampoco es que hubiese mucho tiempo para admirar el asunto, porque había que llegar rápido al Punta de Damas para armar el campamento, así que seguimos, con el Ramón marcando el sendero, la Domi en medio y yo atrás.
Armamos el campamento, ya cansados de tanto caminar y nos dedicamos a conversar de temas académicos, a enseñar y aprender de Derecho y Medicina, y a proyectarnos como futuros profesionales. Al Ramón le gustaba el derecho penal, a mí el derecho laboral y a la Domi la endocrinología. Extraño tema para conversar en la noche cordillerana, pero así fue. Nos tomamos cada uno una lata de cerveza, nos fumamos un par de cigarros y nos fuimos a dormir.
Al otro día nos levantamos bien temprano casi los tres al mismo tiempo y aún de noche para iniciar lo que sería el día más largo de esta travesía. Desayunamos un par de pancitos y partimos camino al Minillas.
Iniciamos la caminata por un pseudo-sendero bien generoso comparado con el último tramo del día anterior sin saber que nos esperaba un día de melancolía y/o nostalgia extrema. Todo empezó al ver el amanecer camino a la última cumbre de esta expedición.
Corrían cuatro años desde que yo y el Ra entramos a estudiar derecho en la pontificia y cinco desde que la Domi entró a estudiar medicina en la casa de bello. Para armar un poco de contexto iré contando la historia de cada uno según tengo recuerdos de sus palabras e historias.
La Domi siempre ha sido una persona más bien extrovertida. De esas personas a las que a nadie puede caerle mal, de esas que no son el alma de la fiesta, pero deben estar, que son queridas. Hasta estos días todavía se junta con sus eternas amigas del colegio, con sus amigas médicas y aquellos que ha ido conociendo a lo largo de su vida. En el colegio siempre le fue bien, asunto que finalmente me atrajo de ella.
Sus días del colegio fueron bastante normales si se les compara con los míos. Es la misma historia vieja de los que estudian metódicamente para obtener logros académicos, recordaba ella sus días de tercero medio resolviendo ecuaciones cuadráticas y haciendo ejercicios de optimización por horas en el colegio mientras conversaba con cualquier compañero que estuviera cerca de la vida, o de lo que fuera. El tema no era tan difícil en ese entonces.
Al entrar a la U, en cambio, el asunto se pone cuesta arriba. El estudio requiere más tiempo de lo que exige un colegio, los temas pueden ser complicados y quizás requieren varias lecturas para poder digerir lo que las cosas significan. Existen ramos cortacabezas que te pueden llegar a dejar en un estado depresivo con facilidad y aprobarlos significa un alivio tremendo, atrás quedan los días en que se podía hacer deporte libremente, los días en que podías estudiar mientras hablabas con tus compañeros, los días en que la vida era fácil.
Ya habiendo pasado la mayoría de la carrera, sólo con un par de ramos y el internado por delante, la Domi había salido de los potenciales días de estrés de la universidad, estaba conmigo y ya el asunto académico era más cuesta abajo de lo que era cuesta arriba, y pasar por toda esa vorágine y llegar hasta este punto, donde podíamos ser libres y no tener mucho que perder por estar aquí era un logro. El arte de recordar depende mucho del estado anímico y de el entorno que te rodea. El estar cuesta abajo por sobre santiago supongo que la volvió romántica, o algo así, y la hizo acordarse de todo lo que ha pasado.
El Ramón, en cambio, era ese (no) estereotipo de persona que pocos hemos tenido la bendición de conocer. Es de esos que a los de afuera les parece que no les cuesta nada en la vida. Al contrario de la Domi, el Ra poco tiene de metódico y su proceso de estudio es más bien errático, aunque intenso.
Muchos proyectan sus dificultades y modo de vida sobre otros, pero pocas veces la gente se equivoca cuando dice que todos estamos cagados al menos en un aspecto de nuestras vidas. Si bien el Ramón es uno de los sujetos más impresionantemente inteligentes que conozco, durante este trayecto casi se desmorona. La búsqueda del amor es difícil para la mayoría, y mi amigo no es la excepción. Las cosas no son fáciles para los feos en los años de amores tempranos, y este es un asunto que puede llegar a traumar a cualquiera, porque todos llegamos a esta etapa en las (casi) mismas condiciones y en general con ninguna o pocas trabas en la mochila. Es el proceso de transformación de niño a hombre (también de niña-mujer) el que te puede aniquilar, el que te hace pensarte como un pelotudo, un incapaz, y cuántas otras cosas más.
Y la verdad es que el Ra era, aun con su escudo de persona antipática, una de las mejores personas que he conocido, porque los escudos finalmente cumplen la función de proteger de lo que hay atrás (que suele ser algo frágil). Camino abajo al Minillas nos contó la historia suya en el colegio, y no quiero, por respeto, contarla acá, pero quiero decir que me es difícil de entender, porque yo no sufro (ni sufrí) lo que él. Aunque eso es probablemente lo que explica su forma de ser.
Pero no olvidemos que el Ra finalmente conoció a la Lucía, una mujer que lo quiere más que la cresta, que lo siguió hasta el otro hemisferio del planeta.
Por último, con respecto a mí las cosas siempre fueron relativamente fáciles. No tenía muchos amigos del alma, pero no me faltaba la gente con quién conversar en el colegio. Mi sociabilidad siempre se vio mermada por el hecho de vivir en Talagante, de manera que pasaba gran tiempo de mis días viajando solo. Si no hubiese dedicado tanto tiempo diario a pensar no creo siquiera que habría entrado a la carrera, pero lo hice. El resto ustedes lo saben, la Sofía, la correspondencia, la sangre fría, el río, seguir viajando, el tren, la playa, el Plomo, etcétera.
Mi nostalgia en general es por la libertad de ir en el colegio. De la estabilidad que daba a mi vida, de lo difícil que era la U comparada con la época pingüina, de no sé. De mirar Santiago, de mirar el Maipo y sentir que me alejaba del Mapocho, de mirar a la Domi y al Ra y saber que los dos eran mis amigos del alma, que podíamos compartir momentos tan preciosos como el que vivíamos en el momento.
Al llegar al Minillas nos pusimos a llorar, pero estábamos felices, por tenernos en nuestras vidas, o qué se yo, la cosa terminó pareciendo final de teleserie con todos llorando. Miramos la zona sur de Santiago y nos emocionamos con las parcelas y fundos y divisiones de la tierra que se ven.
Seguimos más anímicamente calmados rumbo a la Hacienda el Peñón contando chistes gran parte del camino y agarrándonos pal hueveo, contando historias de patio de universidad y de barrio. Nos llegó el mediodía y tomamos un par de sopas que traíamos.
Finalmente seguimos por el tupido camino que nos lleva hacia la hacienda el peñón, aquí le sacamos algunas fotos a las aves del lugar. El camino fue más bien silencioso. La aventura llegaba a su final y estábamos cansados. Bueno, yo, al menos, porque no creo que la Domi y el Ra lo hayan estado tanto.
Llegamos a Las Vizcachas a eso de las 7 de la tarde de un Domingo. Llamamos a la mamá de la Domi y al poco tiempo llegó, nos invitó a tomar once en Las Vertientes, donde unos viejos que conocía, tomamos chocolate caliente y comimos kuchen, para reponer un poco el cansancio.
Después mi suegra nos llevó a mi casa por un camino bastante interesante. Nos fuimos por todo el Maipo, es decir, desde el Cajón del Maipo en dirección a Pirque-Alto Jahuel, de ahí a Buin en dirección a Maipo-Viluco, Cruzamos por Lonquén hacia Carampangue, pasamos Santa Ana de Trelbuco y finalmente nos llegamos al Mapocho en Talagante, para terminar en mi casa, allá en Solovera.
La mamá de la Domi siempre ha sido buena para hablar, y nos contaba de cómo era el sector de Buin-Maipo-Viluco antaño, y de la atrocidad de los hornos en Lonquén, del tren ahí en Carampangue y de que su mejor amiga de la vida vive ahí en Santa Ana de Trelbuco, y que iban a la playa, y tanto más que da para otra historia, porque esta me quedó larga.
Cuando llegamos a mi casa mis viejos nos recibieron bien, al otro día íbamos a ir a revelar las fotos. Después jugamos a las cartas por horas conversando de lo que el viaje significó, y de lo que había, y de que Santiago aquí y allá, etcétera.
Del Mapocho me crucé al Maipo, pero terminé volviendo al río que me ha visto desde chico y sin mentiras, el Mapocho.
Después conocí al Ra que era experto en esta cuestión, pero hacía rutas un poco más exigentes. Así que empecé con los cabros de la Solovera a buscar nuevos desafíos. Con ellos subí el Provincia, recorrí el Cordón de los Españoles pasando por los cerros Conchalí y el Carpa. Incluso hicimos el Arqueado de Barrera. En otra ocasión subimos el Piuquenes por La Dehesa y ahí empecé a exigirme un poco más. Nos distanciamos un poco con los cabros del barrio, porque a ellos les gustaba caminar, pero no eran de acampar y hacer caminos de varios días.
Y con el Ramón empezó la travesía, escalamos juntos el Plomo y también recorrimos gran parte de Yerba Loca hacia el glaciar La Paloma y algunas otras rutas de trekking liviano.
Por su parte, la Domi se conocía el Chena al revés y al derecho, había sido parte de su vida desde su infancia, de manera que numerosas veces lo había subido por las distintas rutas que el majestuoso cerro ofrece. Además, también había subido el cerro Manquehue un par de veces. Hasta ahora no conozco este cerro, y me arrepiento un poco, porque es otro cerro que casi todo Santiaguino conoce, pero irónicamente, pocos saben cuál es y casi nadie conoce su nombre. Así llegó la gran idea de mi amigazo Ramón.
Ya habíamos subido el Plomo y de la Sierra conocíamos un poco de la quebrada de Macul y el Provincia. Pero esto era grande, al Ra se le ocurrió cruzar toda la Sierra de Ramón, desde el Provincia cruzando los cerros Tambor, de Ramón, Punta de Damas, bajando por el Minillas y llegando a los inicios del Cajón del Maipo cerca de las Vizcachas.
Corría el mes de Diciembre y los tres ya estabamos exentos de deberes académicos, haciendo ideal la excursión sabiendo que además de la libertad, había dejando caerse una de esas lluvias veraniegas 2 días antes del inicio de la excursión, por lo que contaríamos con agua durante el camino.
Lo que me emocionaba de este viaje -y también la razón por la que el Ramón nos convenció a mí y a la Domi- es que la Sierra de Ramón es un lugar que todo Santiaguino conoce, su majestuosa altura trasciende a cualquier discriminación que tanto existe en esta ciudad. Todo Santiaguino conoce esta Sierra viva donde viva, su nieve deleita a sus ciudadanos en los meses de invierno cuando toman desayuno. Los ricos viviendo a sus faldas y el resto de nosotros mirándola desde lejos, pero completa. Poder recorrer sus senderos y cumbres de seguro que iba a ser una experiencia muy bonita.
Estaba decidido, partiríamos un jueves y volveríamos un sábado. La vieja de la Domi nos iría a dejar al puente Ñilhue y nos iría a buscar a Las Vizcachas.
Esta fue una de las tantas veces que seguí el Mapocho hacia su cara oriente. El viaje empezó siendo bonito desde el principio. La suegra hablaba de cómo era Santiago antes y a mi me gustaba escuchar las historias. Mientras avanzábamos todos veíamos el cambio del color de sus aguas, que en El Monte son color "neutro", en Santiago son de color café, y camino a La Ermita son de color turquesa. Con el Mapocho y sus aguas de color paraíso empezaba nuestro viaje.
Corrían las 7.20 de la mañana y estábamos en el puente Ñilhue dispuestos a empezar nuestra aventura. Los tres agradecimos a la mamá de la Domi y le deseamos un buen día en el trabajo.
Enfilamos el rumbo teniendo como meta llegar a la cumbre del Provincia entre las 3 y 4 de la tarde. Y siendo tan temprano teníamos mucho tiempo por delante, así que camino a la cumbre salieron de los más variados temas: sudor, dificultad de la subida, sed, calor, infancia, chistes, entre otros. El camino se hizo bastante agradable, porque íbamos más bien calmados y a ritmo regular de acuerdo al camino.
Naturalmente, yo era el más cansado de los tres, pero no porque me faltaran ganas. Simone dice que el hombre tiende a querer poseer, violar las cosas, y que en ese sentido hace de la mujer un objeto. De la misma manera que el hombre posee a una mujer, cuando el hombre alcanza una cumbre de un cerro, posee la montaña, o a fierro pelao', la viola.
Francamente, encontré por mucho tiempo que la vieja estaba equivocada cuando escribía estos textos, pero escalando la sierra hacia el Provincia me cambió la visión de lo que ella decía, nosotros íbamos con la ambición de cruzar la Sierra no sólo porque creíamos que era una posibilidad majestuosa que la cordillera nos brindaba, sino que también porque queríamos mirar el entreríos del Maipo y el Mapocho desde arriba, desde los lugares que de nuestras casas se ven a lo lejos (y bien a lo lejos, por la chucha). Metafóricamente, queríamos violar a Santiago admirándola desde la cumbre más alta que la ciudad ofrece para mirar, queríamos ser su monarquía, estar en el olimpo, en el lugar donde el poderoso debe estar y donde el indefenso debe subyugarse.
Más aún, si miramos la aventura fríamente, nos damos cuenta que esta aventura no es más que un pasatiempo de niñitos universitarios estresadamente aburridos. De pensar un poco en esta cuestión me dio un poco de vergüenza estar escalando el cerro. Sólo por estar aburridos, sólo porque podíamos, sólo por querer violar la sierra, sólo por querer mirar a todo Santiago desde arriba.
Irónicamente, la Domi discrepó de la idea y calificó a la vieja de loca, o algo así, pero me dijo que iba a leer el libro. El Ramón, por su parte, reafirmó un poco lo que yo pensaba.
Íbamos en esa conversación cuando llegamos a la cumbre del famoso Provincia. Desde ahí se veían majestuosos los cerros Del Medio, Alvarado, Manquehue, Calán, Apoquindo y quizás se me escapa alguno. Realmente es sublime la vista desde ese lugar. Se ve fundamentalmente la parte noreste de la capital, pero la vista es impagable.
En la tarde nos dedicamos a cocinar algo y a armar el campamento. Era tarde para poder seguir, porque el paso calmado de ascenso hizo que llegáramos un poco más tarde de lo pensado. Yo había estado en algunos lugares notables para relajarse y observar las cosas, pero ninguno tan especialmente bello como éste. Y lo mejor era que aun quedaba mucho más recorrido, porque sólo llevábamos cerca de un cuarto de la sierra, aquí soltamos la lengua y conversamos de algunas cosas profundas, como se hace en todo viaje.
De todas maneras, el pensamiento y la discusión con mis compañeros de viaje me había dejado medio mal. No por el tono, sino que por la significancia de lo que estábamos haciendo.
Al otro día fui sorpresivamente el primero en despertarme. Noté que era aún de noche y el reloj me marcaba un par de minutos antes de las 8 de la mañana. Me vestí rápidamente y salí a hervir agua y prepararme para ver el amanecer al otro lado de la cordillera. El ruido que hice, supongo, despertó al Ra, que me fue a acompañar en un espectáculo poco común para muchos.
Despertamos a la Domi, tomamos desayuno y partimos cerca de las 9 rumbo a la cumbre más alta: El Cerro de Ramón. En el camino seguimos dándole vuelta a la cuestión de ser unos cabritos estresados y etcétera.
La llegada al Morro del Tambor fue casi una sorpresa, el tiempo se me pasó volando, mayormente porque el camino es bastante cómodo, aunque corría un poco de viento. La conversa en este tramo fue silenciosa justamente porque corría el viento.
Aun así, la caminata fue muy agradable, el silencio es cómodo cuando hay algo que lo apacigua. De igual modo que el río puede emitir calma cuando el ánimo lo permite, el viento cordillerano puede hacer lo mismo con el viaje. En este momento que es de los mejores para la reflexión fue cuando dejé de sentir compasión por mí mismo: el ser humano necesita ocio y espacios para la distracción. Algunos van al parque, algunos van a la playa, algunos se toman chelas en el bella, algunos suben el San Cristóbal en bicicleta, algunos cruzan el Salar de Uyuni, y otros como nosotros cruzamos la Sierra de Ramón. Qué de malo puede haber en eso? Es condenable querer cruzar una sierra y querer admirar la mezcla naturaleza-hombre entre Santiago y sus cerros?
Es condenable querer ir a la altura y admirar el paisaje montañoso?
Eran como las doce y cuarto y estábamos en la cima del Tambor. Transmití mis reflexiones a mis compañeros montañistas y la Domi dió en el clavo: el asunto de la violación (en el sentido que en este texto he expuesto) no es del hombre, sino que del ser humano, todo aquello de lo que De Beauvoir habla no le es inherente al hombre. Probablemente es un hecho histórico que los hombres han sido así con la superioridad en general: el superior posee al inferior. Nosotros desde la montaña poseemos la ciudad de Santiago y su imponente Sierra. Empero, entre nosotros hay también una mujer, ella también está con nosotros, ella también está violando la montaña, ella también se hace dueña de todo lo que nosotros poseemos. No son sólo los hombres los que poseen a las mujeres en el acto sexual, sino que también es a la inversa. O al menos así debería ser.
Derretimos un poco de nieve para el camino al Ramón. La vista era buena, pero no excelente como en el Provincia, así que no nos quedamos mucho rato. Nos fumamos unos cigarros mirando el paisaje, después nos comimos unos pancitos y partimos rumbo al Ramón apertrechados de agua para el camino.
Hacia el Ramón el camino nos perdonó un poquito más, sin mucho viento y una temperatura agradable para la altura a la que estábamos, así que nos fuimos echando la talla y felices caminando por la "meseta" que hay en el tramo. Es raro en este tramo mirar hacia el sur y ver "el patio trasero" de Santiago, con su cordillera aún más imponente que lo que la Sierra ofrece a la ciudad.
Desde el Ramón la vista es francamente sobrecogedora, la disminución de esmog durante el verano hace la vista un poco mejor de lo que -supongo- sería en invierno sin lluvias. Alcanzamos a ver el cerro la Cruz desde donde estábamos, pero decidimos no ir, porque estábamos un poco atrasados debido al viento camino al Tambor.
En la cima les saqué una foto a la Domi con el Ramón. Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de esta famosa sierra, estábamos felices y llenos de energía, éramos jóvenes y teníamos toda la vida por delante. Un día el papá de la Domi nos contó que leyó un libro de un viejo que no recuerdo (Neruda, quizás?) que decía que si tuviera que cambiar algo de su vida, definitivamente haría más cosas por su vida y agotaría su juventud. Pues bien, nosotros estábamos construyendo nuestras vidas de modo que no tuviésemos este tipo de arrepentimientos, gastando nuestras energías, buscando nuevos rumbos y tratando de deleitar nuestros ojos con lo que Santiago nos ofrecía.
La Domi en esta foto sale muy bonita, la normal forma cóncava hacia abajo de su boca no se nota, el viento le echa su pelo relativamente largo hacia atrás y sonríe mientras abraza a mi mejor amigo que extrañamente también toma una buena foto, se le ve contento y feliz por estar ahí con nosotros.
Seguimos después camino al Punta de Damas. Este camino es como las huevas, lleno de rocas y con peligro de caidas debido a las pendientes que el filo forma. No hubo mucho tiempo para conversar ni reflexionar, pues naturalmente la conciencia la tienes puesta en no sacarte la mierda y salir vivo de ese lugar. Mientras avanzábamos por el implacable camino el sol se iba acercando al oeste y formó una imagen maravillosa: El antecrepúsculo era ineluctable y el cielo lo anunciaba con su color rojo tendiendo a rosado. Tampoco es que hubiese mucho tiempo para admirar el asunto, porque había que llegar rápido al Punta de Damas para armar el campamento, así que seguimos, con el Ramón marcando el sendero, la Domi en medio y yo atrás.
Armamos el campamento, ya cansados de tanto caminar y nos dedicamos a conversar de temas académicos, a enseñar y aprender de Derecho y Medicina, y a proyectarnos como futuros profesionales. Al Ramón le gustaba el derecho penal, a mí el derecho laboral y a la Domi la endocrinología. Extraño tema para conversar en la noche cordillerana, pero así fue. Nos tomamos cada uno una lata de cerveza, nos fumamos un par de cigarros y nos fuimos a dormir.
Al otro día nos levantamos bien temprano casi los tres al mismo tiempo y aún de noche para iniciar lo que sería el día más largo de esta travesía. Desayunamos un par de pancitos y partimos camino al Minillas.
Iniciamos la caminata por un pseudo-sendero bien generoso comparado con el último tramo del día anterior sin saber que nos esperaba un día de melancolía y/o nostalgia extrema. Todo empezó al ver el amanecer camino a la última cumbre de esta expedición.
Corrían cuatro años desde que yo y el Ra entramos a estudiar derecho en la pontificia y cinco desde que la Domi entró a estudiar medicina en la casa de bello. Para armar un poco de contexto iré contando la historia de cada uno según tengo recuerdos de sus palabras e historias.
La Domi siempre ha sido una persona más bien extrovertida. De esas personas a las que a nadie puede caerle mal, de esas que no son el alma de la fiesta, pero deben estar, que son queridas. Hasta estos días todavía se junta con sus eternas amigas del colegio, con sus amigas médicas y aquellos que ha ido conociendo a lo largo de su vida. En el colegio siempre le fue bien, asunto que finalmente me atrajo de ella.
Sus días del colegio fueron bastante normales si se les compara con los míos. Es la misma historia vieja de los que estudian metódicamente para obtener logros académicos, recordaba ella sus días de tercero medio resolviendo ecuaciones cuadráticas y haciendo ejercicios de optimización por horas en el colegio mientras conversaba con cualquier compañero que estuviera cerca de la vida, o de lo que fuera. El tema no era tan difícil en ese entonces.
Al entrar a la U, en cambio, el asunto se pone cuesta arriba. El estudio requiere más tiempo de lo que exige un colegio, los temas pueden ser complicados y quizás requieren varias lecturas para poder digerir lo que las cosas significan. Existen ramos cortacabezas que te pueden llegar a dejar en un estado depresivo con facilidad y aprobarlos significa un alivio tremendo, atrás quedan los días en que se podía hacer deporte libremente, los días en que podías estudiar mientras hablabas con tus compañeros, los días en que la vida era fácil.
Ya habiendo pasado la mayoría de la carrera, sólo con un par de ramos y el internado por delante, la Domi había salido de los potenciales días de estrés de la universidad, estaba conmigo y ya el asunto académico era más cuesta abajo de lo que era cuesta arriba, y pasar por toda esa vorágine y llegar hasta este punto, donde podíamos ser libres y no tener mucho que perder por estar aquí era un logro. El arte de recordar depende mucho del estado anímico y de el entorno que te rodea. El estar cuesta abajo por sobre santiago supongo que la volvió romántica, o algo así, y la hizo acordarse de todo lo que ha pasado.
El Ramón, en cambio, era ese (no) estereotipo de persona que pocos hemos tenido la bendición de conocer. Es de esos que a los de afuera les parece que no les cuesta nada en la vida. Al contrario de la Domi, el Ra poco tiene de metódico y su proceso de estudio es más bien errático, aunque intenso.
Muchos proyectan sus dificultades y modo de vida sobre otros, pero pocas veces la gente se equivoca cuando dice que todos estamos cagados al menos en un aspecto de nuestras vidas. Si bien el Ramón es uno de los sujetos más impresionantemente inteligentes que conozco, durante este trayecto casi se desmorona. La búsqueda del amor es difícil para la mayoría, y mi amigo no es la excepción. Las cosas no son fáciles para los feos en los años de amores tempranos, y este es un asunto que puede llegar a traumar a cualquiera, porque todos llegamos a esta etapa en las (casi) mismas condiciones y en general con ninguna o pocas trabas en la mochila. Es el proceso de transformación de niño a hombre (también de niña-mujer) el que te puede aniquilar, el que te hace pensarte como un pelotudo, un incapaz, y cuántas otras cosas más.
Y la verdad es que el Ra era, aun con su escudo de persona antipática, una de las mejores personas que he conocido, porque los escudos finalmente cumplen la función de proteger de lo que hay atrás (que suele ser algo frágil). Camino abajo al Minillas nos contó la historia suya en el colegio, y no quiero, por respeto, contarla acá, pero quiero decir que me es difícil de entender, porque yo no sufro (ni sufrí) lo que él. Aunque eso es probablemente lo que explica su forma de ser.
Pero no olvidemos que el Ra finalmente conoció a la Lucía, una mujer que lo quiere más que la cresta, que lo siguió hasta el otro hemisferio del planeta.
Por último, con respecto a mí las cosas siempre fueron relativamente fáciles. No tenía muchos amigos del alma, pero no me faltaba la gente con quién conversar en el colegio. Mi sociabilidad siempre se vio mermada por el hecho de vivir en Talagante, de manera que pasaba gran tiempo de mis días viajando solo. Si no hubiese dedicado tanto tiempo diario a pensar no creo siquiera que habría entrado a la carrera, pero lo hice. El resto ustedes lo saben, la Sofía, la correspondencia, la sangre fría, el río, seguir viajando, el tren, la playa, el Plomo, etcétera.
Mi nostalgia en general es por la libertad de ir en el colegio. De la estabilidad que daba a mi vida, de lo difícil que era la U comparada con la época pingüina, de no sé. De mirar Santiago, de mirar el Maipo y sentir que me alejaba del Mapocho, de mirar a la Domi y al Ra y saber que los dos eran mis amigos del alma, que podíamos compartir momentos tan preciosos como el que vivíamos en el momento.
Al llegar al Minillas nos pusimos a llorar, pero estábamos felices, por tenernos en nuestras vidas, o qué se yo, la cosa terminó pareciendo final de teleserie con todos llorando. Miramos la zona sur de Santiago y nos emocionamos con las parcelas y fundos y divisiones de la tierra que se ven.
Seguimos más anímicamente calmados rumbo a la Hacienda el Peñón contando chistes gran parte del camino y agarrándonos pal hueveo, contando historias de patio de universidad y de barrio. Nos llegó el mediodía y tomamos un par de sopas que traíamos.
Finalmente seguimos por el tupido camino que nos lleva hacia la hacienda el peñón, aquí le sacamos algunas fotos a las aves del lugar. El camino fue más bien silencioso. La aventura llegaba a su final y estábamos cansados. Bueno, yo, al menos, porque no creo que la Domi y el Ra lo hayan estado tanto.
Llegamos a Las Vizcachas a eso de las 7 de la tarde de un Domingo. Llamamos a la mamá de la Domi y al poco tiempo llegó, nos invitó a tomar once en Las Vertientes, donde unos viejos que conocía, tomamos chocolate caliente y comimos kuchen, para reponer un poco el cansancio.
Después mi suegra nos llevó a mi casa por un camino bastante interesante. Nos fuimos por todo el Maipo, es decir, desde el Cajón del Maipo en dirección a Pirque-Alto Jahuel, de ahí a Buin en dirección a Maipo-Viluco, Cruzamos por Lonquén hacia Carampangue, pasamos Santa Ana de Trelbuco y finalmente nos llegamos al Mapocho en Talagante, para terminar en mi casa, allá en Solovera.
La mamá de la Domi siempre ha sido buena para hablar, y nos contaba de cómo era el sector de Buin-Maipo-Viluco antaño, y de la atrocidad de los hornos en Lonquén, del tren ahí en Carampangue y de que su mejor amiga de la vida vive ahí en Santa Ana de Trelbuco, y que iban a la playa, y tanto más que da para otra historia, porque esta me quedó larga.
Cuando llegamos a mi casa mis viejos nos recibieron bien, al otro día íbamos a ir a revelar las fotos. Después jugamos a las cartas por horas conversando de lo que el viaje significó, y de lo que había, y de que Santiago aquí y allá, etcétera.
Del Mapocho me crucé al Maipo, pero terminé volviendo al río que me ha visto desde chico y sin mentiras, el Mapocho.
sábado, 25 de julio de 2015
Divagando
La Sofía ya venía pasando a ser un capítulo anterior cuando me vino la necesidad de replantearme, de pensar en quién era yo, qué esperaba y para dónde iba con mi vida. Es en este período cuando empiezo a darme cuenta que el río siempre iba a formar parte de mí, parte de mi personalidad.
Siempre me ha parecido mágico el río, probablemente porque vivía cerca, así que siempre estaba escuchando su sonido. Es francamente increíble como ese ruido se adecúa al estado anímico de la persona que lo escucha. Si estás triste el río emite el sonido más lúgubre que jamás se pueda escuchar, Si estás alegre, el río te acompaña, es tu amigo, es la alegría. Si buscas silencio ni la cueva más recóndita se le compara al silencio que proporciona el río.
Así pasé mucho tiempo pensando en que el amor era complicado, esuché millones de historias entre mis compañeros de la U, me acordaba de la Sofía y, sobre todo, de esa cuando me llamó borracha. Por la chucha, que me dolió esa mierda. Por qué yo estaba hasta el carajo y ella no?
En fin, entre tanta meditación y tránsito entre Talagante y El Paico desde casi cualquier forma terrestre o anfibia (no alcancé a nadar, porque, bueno, no alcanza el nivel del río) empecé a replantearme el tema amoroso.
Lo primero era saber quién era yo mismo, y de lo tergiversado que puede llegar a ser, escribo el recuerdo de mis conclusiones.
Yo era un cabro bueno para levantarme temprano, desayunar y ducharme con calma en la mañana, amaba la lluvia y no me molestaba el frío del invierno. Me gustaban las bufandas, los gorros y los abrigos. En invierno me dedicaba la mayor parte de mi tiempo en tránsito desde mi vivienda hasta la capital en mirar los atuendos de la gente por la calle.
Por otro lado, no tenía mucha dificultad en conocer gente, pero tampoco facilidad, porque pasaba gran parte de mi tiempo solo viajando, o escuchando el río, o caminando por él, así que tenía bastante tiempo para pensar. Quizás era un muchacho racional, quizás no. Esta parte no la tengo muy clara, porque a pesar de que gastaba mucha parte de mi tiempo en pensar cosas, el contexto cambia cuando te enfrentas de verdad a las cosas sobre las que piensas. Así que era racional la mayor parte del tiempo. Por eso fue que lo de la Sofía me marcó y me destrozó en cierto modo. Yo casi pensaba lo mismo, pero mis emociones me traicionaron.
Después, tenía que saber qué buscaba yo del amor, qué quería, cómo imaginaba que iba a terminar.
Antes de empezar todo esto quiero enfatizar que yo era el cabro más platónico que pueda recordar. Todo el día imaginando cosas, pensando cómo iba a ser mi vida, pensando todo el tiempo, sin jamás mover siquiera una célula mía para que las cosas que yo quería pasaran.
Si me hubieran preguntado por mis expectativas, ellas eran casi inexistentes. Yo casi esperaba que la obligación de ver a alguien todos los días en la U o en el colegio me llevara a una relación inesperada con alguna desventurada a la que le llamara la atención. El asunto con la Sofía había sido parecido, fue ella la que me buscaba, la que generó mi primera movida. Sin esfuerzo llegué a esa relación, que no olvidemos que devino en infelicidad.
Y así esperé en vano en la U conocer a alguien. Pero la cuestión siempre es diferente a lo que uno piensa. La compañera de mis sueños nunca llegó, no hubo romance, no existió persecución de felicidad, no llegó la mujer fuerte y estudiosa que yo quería conocer. La realidad me aterrizó de una manera que inefable sería poco decir.
Si me hubieran preguntado por lo etéreo y efímero, hubiese preferido una morena alta con nombre español que supiera el valor del trabajo, que supiera lo que cuesta ganarse un poroto. Hubiese preferido saltarme el principio, y llegar al final, tener una relación rutinaria donde no me costara nada, donde no hubiese tenido la necesidad de gastar energía.
En esa parada estaba cuando partí en dirección al litoral buscando encontrarme conmigo mismo, cuando renuncié a toda la cantinela que acabo de describir. Decidí que toda esa basura no lleva a nada, y me la jugué, y quise hacer algo de mi mismo.
Lo que siguió fue una de las épocas más intensamente aterrorizantes que he vivido, y sospecho que para la Domi también lo fue, porque le notaba su voz temblorosa las primeras veces que hablábamos por teléfono, pero con el riesgo gigante que tomé, también vino un gran premio.
Después de eso paseamos los dos juntos por el Mapocho, y a veces también por el Maipo, que queda un poco más cerca de su casa. Y el río nos acompaña siempre. Tomando decisiones y pensando lo que la vida nos depara.
Siempre me ha parecido mágico el río, probablemente porque vivía cerca, así que siempre estaba escuchando su sonido. Es francamente increíble como ese ruido se adecúa al estado anímico de la persona que lo escucha. Si estás triste el río emite el sonido más lúgubre que jamás se pueda escuchar, Si estás alegre, el río te acompaña, es tu amigo, es la alegría. Si buscas silencio ni la cueva más recóndita se le compara al silencio que proporciona el río.
Así pasé mucho tiempo pensando en que el amor era complicado, esuché millones de historias entre mis compañeros de la U, me acordaba de la Sofía y, sobre todo, de esa cuando me llamó borracha. Por la chucha, que me dolió esa mierda. Por qué yo estaba hasta el carajo y ella no?
En fin, entre tanta meditación y tránsito entre Talagante y El Paico desde casi cualquier forma terrestre o anfibia (no alcancé a nadar, porque, bueno, no alcanza el nivel del río) empecé a replantearme el tema amoroso.
Lo primero era saber quién era yo mismo, y de lo tergiversado que puede llegar a ser, escribo el recuerdo de mis conclusiones.
Yo era un cabro bueno para levantarme temprano, desayunar y ducharme con calma en la mañana, amaba la lluvia y no me molestaba el frío del invierno. Me gustaban las bufandas, los gorros y los abrigos. En invierno me dedicaba la mayor parte de mi tiempo en tránsito desde mi vivienda hasta la capital en mirar los atuendos de la gente por la calle.
Por otro lado, no tenía mucha dificultad en conocer gente, pero tampoco facilidad, porque pasaba gran parte de mi tiempo solo viajando, o escuchando el río, o caminando por él, así que tenía bastante tiempo para pensar. Quizás era un muchacho racional, quizás no. Esta parte no la tengo muy clara, porque a pesar de que gastaba mucha parte de mi tiempo en pensar cosas, el contexto cambia cuando te enfrentas de verdad a las cosas sobre las que piensas. Así que era racional la mayor parte del tiempo. Por eso fue que lo de la Sofía me marcó y me destrozó en cierto modo. Yo casi pensaba lo mismo, pero mis emociones me traicionaron.
Después, tenía que saber qué buscaba yo del amor, qué quería, cómo imaginaba que iba a terminar.
Antes de empezar todo esto quiero enfatizar que yo era el cabro más platónico que pueda recordar. Todo el día imaginando cosas, pensando cómo iba a ser mi vida, pensando todo el tiempo, sin jamás mover siquiera una célula mía para que las cosas que yo quería pasaran.
Si me hubieran preguntado por mis expectativas, ellas eran casi inexistentes. Yo casi esperaba que la obligación de ver a alguien todos los días en la U o en el colegio me llevara a una relación inesperada con alguna desventurada a la que le llamara la atención. El asunto con la Sofía había sido parecido, fue ella la que me buscaba, la que generó mi primera movida. Sin esfuerzo llegué a esa relación, que no olvidemos que devino en infelicidad.
Y así esperé en vano en la U conocer a alguien. Pero la cuestión siempre es diferente a lo que uno piensa. La compañera de mis sueños nunca llegó, no hubo romance, no existió persecución de felicidad, no llegó la mujer fuerte y estudiosa que yo quería conocer. La realidad me aterrizó de una manera que inefable sería poco decir.
Si me hubieran preguntado por lo etéreo y efímero, hubiese preferido una morena alta con nombre español que supiera el valor del trabajo, que supiera lo que cuesta ganarse un poroto. Hubiese preferido saltarme el principio, y llegar al final, tener una relación rutinaria donde no me costara nada, donde no hubiese tenido la necesidad de gastar energía.
En esa parada estaba cuando partí en dirección al litoral buscando encontrarme conmigo mismo, cuando renuncié a toda la cantinela que acabo de describir. Decidí que toda esa basura no lleva a nada, y me la jugué, y quise hacer algo de mi mismo.
Lo que siguió fue una de las épocas más intensamente aterrorizantes que he vivido, y sospecho que para la Domi también lo fue, porque le notaba su voz temblorosa las primeras veces que hablábamos por teléfono, pero con el riesgo gigante que tomé, también vino un gran premio.
Después de eso paseamos los dos juntos por el Mapocho, y a veces también por el Maipo, que queda un poco más cerca de su casa. Y el río nos acompaña siempre. Tomando decisiones y pensando lo que la vida nos depara.
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